viernes, 22 de noviembre de 2013

EL TEMPLO DE LA VOZ

Esta historia va de chapuzas, de insultos, de ignorancia y de arrogancia. Y también de vergüenza. Como no podía ser de otro modo, incluyo la parte anecdótica y cómica. Es una escena que sufrí y presencié, también con toque berlanguiano. 

Pero primero una breve introducción que, admito, copio y pego sin apenas cambios de wikipedia:


El templo del que voy a hablar fue un regalo de Egipto a España en 1968 en compensación por la ayuda española tras el llamamiento internacional realizado por la UNESCO para salvar los templos de Nubia, principalmente el de Abu Simbel, en peligro de desaparición debido a la construcción de la presa de Asuán. Egipto donó cuatro de los templos salvados a distintas naciones colaboradoras: El templo de Dendur a los Estados Unidos (actualmente en el Metropolitan Museum de Nueva York), el de Ellesiya a Italia (Museo Egipcio de Turín), el de Taffa a Holanda (Rijksmuseum van Oudheden de Leiden) y el otro del que voy a hablar, a España (en ningún museo).

El de Taffa en Holanda y el de
Ellesiya en Italia.

Templo de Dendur en el Metropolitan Museum de New York.

Tienen una antigüedad de unos 2.200 años. Todos estos templos salvo el de Madrid están primorosamente conservados en sendos museos en salas climatizadas y lógicamente protegidas de la intemperie y del vandalismo. Spain is STILL different.
Y ahora otro breve fragmento también pegado (si bien algo resumido) de wikipwedia en cuanto al estado de conservación del monumento egipcio reubicado en Madrid:
"Desde su apertura al público la conservación del templo ha estado rodeada de polémica. El edificio fue usado de forma indiscriminada para pases de cine de verano, para representaciones teatrales, para anuncios publicitarios y para spots musicales. La contaminación y el clima de Madrid, así como el vandalismo, han dejado huellas profundas en el edificio. La voz de alarma la han dado los Congresos de Egiptología Ibérica y, recientemente, la UNESCO. Frente a ellos, la postura oficial de la entidad tutelar (el Ayuntamiento de Madrid, a través de Museos Municipales) ha sido, de forma sistemática, desmentir los motivos de alarma y realizar actuaciones de poca envergadura. Sin embargo, el templo se sigue degradando. El estado del monumento es una transgresión flagrante a lo que supone la conservación de un monumento histórico según la Carta de Venecia". 

Y aquí comienza mi historia.
Verano de 1996.















Nos han encargado la restauración del conocido templo egipcio ubicado en Madrid. Más concretamente la de los dos pilonos (puertas) que lo acompañan. Hasta antes del traslado a Madrid había tres pilonos. El tercero se debió perder. Básicamente se trata de limpiar los sillares de piedra arenisca (se ve en la fotografía la extrema diferencia entre la piedra limpia y la sucia de contaminación), de eliminar añadidos de hormigón, sellar grietas, adherir fragmentos a medio desprender, etc.


Un primer examen del estado de conservación nos deja impresionados por la notoria chapuza realizada tiempo atrás, bien cuando se intervino poco después de ser desmontado en Egipto, bien cuando se reconstruyó el templo en Madrid. Es algo que no puedo precisar. El caso es que el templo ha sufrido un variado tipo de agresiones, y no sólo las que conocemos como vandálicas. Y lo peor es que sigue sufriéndolas y seguirá. Los pilonos, el templo en general, sufre un estado de abandono extremo. Sillares reventados, grietas por doquier, fragmentos que amenazan desprenderse y causar graves daños a visitantes, musgo y líquenes por todas partes, grafittis, churretes de resina y de pintura, rejuntados y "reconstrucciones" de hormigón, manchas de hierro, excrementos de aves y crecimiento de herbáceas en la base, además de un notabilisimo ennegrecimiento general de la superficie de la piedra debido a la contaminación del aire. Por otro lado, un capitel que debió sobrar en la reconstrucción (no conozco su historia) yace a ras de suelo en el cruce de dos callecitas de tierra del parque, expuesto a todo y evidentemente muy deteriorado. Yo mismo de niño me subí allí cientos de veces y a buen seguro no sería el único en cuarenta años. Multipliquemos niños (y no tan niños) por días y años. Así está hoy.


En principio, el templo pasó de estar bajo el seco clima nubio a recibir la lluvia, la contaminación y las heladas de Madrid. Al ser construido, sus sillares fueron originalmente colocados "a hueso", es decir, sin la menor argamasa entre ellos. Sin embargo, un arquitecto egipcio, Al-Barsanti, decidió, incomprensiblemente ante nuestros ojos actuales, coser los sillares agrietados con enormes grapas de hierro sujetas con cemento. El resultado es absolutamente predecible. Las grapas se oxidan, se mineralizan, aumentan de tamaño y revientan la piedra desde dentro. En las fotografías podéis ver el estado en que nos encontramos muchos de los sillares debido a esta razón.



Es evidente que lo lógico sería desmontar el templo, retirar estos hierros nefastos y el omnipresente hormigón, consolidar los sillares y volverlo a levantar en un lugar protegido. El monumento se ha deteriorado más en los cuarenta años que lleva en España que en los más de dos mil que hace que se construyó. Hubo una propuesta de una conocida entidad bancaria para patrocinar y financiar unos trabajos globales más que necesarios, pero fue desestimada.
Supongo que por orgullo y arrogancia.

Volviendo al detalle y por si esto fuese poco, como el que rejunta una pared de ladrillo, los operarios, no sé si en Egipto o en España, si fue por iniciativa propia o por prescripción del arqueólogo al mando, rellenaron con cemento todo tipo de grietas y fisuras que encontraron. Pero además no lo hicieron con un mínimo cuidado sino que tiraron de llana y extendieron el cemento en lo que es la grieta y en lo que no lo es. Me quedo perplejo cuando compruebo que uno de los principales relieves que conserva el segundo pilono ha sido literalmente cubierto por una aplicación de cemento de la extensión de una pantalla de plasma. Yo pensé que dicho relieve estaría perdido, que a nadie se le habría ocurrido taparlo con una lechada de cemento, pero me picó el gusanillo y después de dedicar un día a retirar minuciosamente ese cemento compruebo indignado que se aplicó para tapar una fisura casi del grosor de un cabello y que el relieve se conservaba perfectamente. Siempre me lo preguntaré; por poca o nula idea que se tenga de Arqueología y de Restauración ¿Cómo puede alguien considerar que es mejor embadurnar de cemento unos relieves egipcios por una mínima fisura que dejarlos estar? Y más aún ¿Cómo pasaría semejante aberración por el visto bueno de arqueólogos, arquitectos y políticos?

Pero hay mucho más, querido/a lector/a. Veo un área cuadrada de cemento detrás de la cual deduzco por el sonido que debe haber un espacio hueco. Tras unos golpes de cincel la plancha de cemento cede. Lo que aparece ante mis ojos es una sorpresa muy desagradable. Es una manzana semipodrida que debió colocarse ahí por algún operario graciosillo. Me pongo guantes de látex y la retiro después de fotografiarla. Empiezo a odiar a aquel desconocido. Cerca de este orificio había otro idéntico. Todo igual salvo que en esta ocasión en lugar de manzana había una patata en similar estado. En sí, la presencia de estos frutos no supuso un atentado contra la conservación del templo, claro está, pero sí da una idea bastante aproximada del escaso nivel de rigor y vigilancia aplicado y del nulo respeto por lo que se tenía entre manos. 

Relato ahora, por quitarle hierro al asunto (nunca mejor dicho también), la parte anecdótica y cómica de mi historia. Y digo cómica por no incidir en lo lamentable y casi patético del asunto. Un caluroso día llega la hora de comer. Yo aún estoy subido a uno de los pilonos, trabajando. Hay un sol de justicia. De repente oigo una voces muy airadas y ofensivas que provienen del borde del pequeño estanque que rodea los pilonos, triste remedo del Nilo que originalmente fluía junto al templo. Miro hacia abajo y veo a un tipo enorme y obeso ataviado con mono azul de trabajo, con la cremallera abierta hasta el ombligo y dejando a la vista su enorme barriga peluda. Sin razón aparente, me increpa. Lo transcribo literal (o lo que recuerdo) pese a las palabras malsonantes.

 -¡Eh!, ¡tú!, ¡hijo de puta! -grita aquel ser mirándome desde el suelo con expresión cercana a la del odio.
-¿Es a mí? -respondo yo con mucha flema y sabiendo a ciencia cierta que se dirigía a mí, que era el único en las alturas.
-Sí, a ti! ¿Para qué coño me encargas un camión de arena si no hay forma de entrar en el jodido parque éste con el camión?
-Yo no le he encargado ningún camión de arena. Ni a usted ni a nadie -respondo con sobriedad y educación.
-Entonces ¿Quién coño ha sido? No veo a nadie más trabajando por aquí. Me han dicho que lleve la arena al templo de la voz, o al templo de la boda... o al templo de su puta madre! Y aquí no hay quien meta el camión! (Queda claro que este buen hombre no conocía ni recordaba el nombre del templo y lo llamó de forma fonéticamente similar).
-Pregunte por ahí, yo no he sido -respondo sin lograr apenas contener la risa, si bien sentí la tentación de arrojarle un martillo que tenía a mano.

Desde mi atalaya observo las evoluciones de este caballero. Veo que el ogro se acerca con la misma actitud al policía municipal a cargo de la seguridad del templo. Escucho que hace la pregunta al agente, ya cercano a la jubilación, si bien a él no le insulta.

-Habrán sido aquellos dos los que te han pedido la arena -responde el policía señalando a dos obreros que dormían plácidamente desparramados en un banco del parque junto a dos botellas de litro de cerveza vacías.
-Mírales como duermen ese par de cabrones!
-Déjales, pobrecitos... ¿no ves que están cansados? -responde el agente con evidente sarcasmo.
-¡Con dos piedras les daba yo en los cojones! -exclama el caballero del mono azul mientras se encamina hacia los durmientes con actitud amenazante.

Lo que ocurrió a continuación fue un espectáculo que nunca olvidaré. Yo había parado de trabajar, observando la escena desde mi lugar privilegiado, estupefacto y brocha en mano. Aquel hombre llegó hasta el banco donde roncaban ambos peones, agarró de la solapa a cada uno con sendas manos, les levantó y les zarandeó mientras les gritaba y recriminaba por el asunto de la arena. El camionero debía pesar más que los dos peones juntos, pequeños y escuchimizados. El policía municipal reía de forma evidente mientras los dos peones, recién despiertos, trataban de articular palabra.

Esa misma mañana, o quizás otra, habíamos recibido la visita de un "técnico" del ayuntamiento, un señor maduro, de esos de esclava y uña del meñique muy larga para urgarse en cualquier momento en las orejas y en la nariz. Debe ser muy práctico, la verdad. Iba acompañado de un exiguo séquito de funcionarios anodinos que no abrieron la boca durante toda la visita. El "técnico", como quien no quiere la cosa y con evidente desinterés nos hizo algunas preguntas triviales sobre los trabajos. Al final, aburrido, encontró la ocasión para hacer un chiste al fijarse en una inscripción, lógicamente jeroglífica, conservada en uno de los sillares.

-¿Y aquí qué pone?, ¿"tonto el que lo lea" en egipcio?

Yo miré al suelo, sumido en la risa y la profunda decepción, con la sensación cierta de que esta ciudad, o al menos sus representantes, no merece albergar algo así. 

Otra tropelía que padeció el templo de Madrid fue la "extraña desaparición" de un sillar durante el viaje desde Egipto. Casualmente el sillar desaparecido conservaba los relieves que representan a deidades egipcias, obviamente mucho más valiosos que aquellos otros mondos y lirondos. Este sillar sí que estará en paradero desconocido.

Finalmente citar una bonita y enorme pintada realizada con impunidad este mismo año por algún fundamentalista religioso que decía textualmente "Menos logias y más capillas. Cristo = Libertad. Masones asesinos".

En suma, lejos de querer alimentar gratuitamente nuestra leyenda negra, la evidencia habla por sí sola, de forma palmaría e incontrovertible. Así era y es parte del trasfondo de Madrid, amigos. Passion for life, bocadillo de calamares, pichis, excelencia y relajantes tazas de café con leche en la plaza mayor, con sus calles "olimpiadas" o no limpiadas, pero embotelladas siempre. No me sorprendería excesivamente que viéramos un día este templo rebautizado como Templo de Bodafone o algo parecido. 

Aunque no tenga nada que ver, no puedo evitar pensar en la gestión de la reciente huelga de barrenderos y en el estado de las calles de la ciudad y relacionarlo con la presencia de más desperdicios semiputrefactos en un lugar tan insospechado como unos orificios originales de un templo egipcio tapados torpemente con cemento. Y es que es así; a nuestra ciudad le vienen grandes muchas cosas. Cuatro gigantescas y ostentosas torres quieren hablar de la pujanza de la ciudad, mientras por otro lado, un sencillo y modesto, aunque bellísimo y evocador monumento de más de dos mil años agoniza adulterado y olvidado. Algo, o mucho, está equivocado. Y claro está, sólo estoy hablando de lo que más a fondo conozco.

Para finalizar, decir que yo iba de niño a jugar por la zona y sigo corriendo allí por la noche dando vueltas al parque. Es un lugar especial para mí. Para colmo acabé trabajando un tiempo en él. Tenía que contarlo.

ACTUALIZACIÓN 2020

El egiptólogo Zahi Hawass ha visitado el Templo de Debod y no le ha gustado nada lo que ha visto. Su decepción e indignación ante el descuido evidente que sufre el monumento ha salpicado las páginas de los periódicos. Hawass pide que España devuelva el templo a Egipto si no tiene intención de preservarlo en condiciones. Tímidos intentos de salir al paso de esta cada vez más frecuente denuncia aún parecen lejos de concretarse.

Curiosamente, Hawass dijo exactamente lo mismo que yo hace 24 años en este blog, que el templo ha sufrido mucho más en unas décadas en Madrid que durante dos milenios en su lugar original. Es una auténtica vergüenza la que a muchos nos hace sufrir el consistorio madrileño, una vergüenza provocada por 
la más absoluta negligencia y que raya en lo que podríamos llamar un "vandalismo pasivo". 

miércoles, 30 de octubre de 2013

ROMA, RÉPLICAS, ÉXODO Y FARALAES

Continuaré exprimiendo lo que atesora mi memoria en cuanto a anécdotas y curiosidades relacionadas con mi trabajo de restaurador de arqueología, una vez más teñido de absurdo. Esta vez los hechos tuvieron lugar en una capital de provincia andaluza. Se trataba de restaurar varios mosaicos de época romana. Eran los suelos, los pavimentos de varias habitaciones de una antigua y lujosa villa que hoy día se ubica en plena ciudad. Los suelos que pisaron gentes pudientes de la Hispania, vinculadas a Roma y que quizás estén en nuestra ascendencia. 


Fue descubierta al realizarse las obras de excavación para la cimentación de un edificio de viviendas. Tras proteger, consolidar y entelar los tres mosaicos, unos 40 metros cuadrados en total, se extrajeron del suelo para ser trasladados a unas naves abandonadas que antes habían sido caballerizas del ejército. Allí los restauraríamos, les pondríamos sobre un nuevo soporte y los volveríamos a instalar en su lugar original, ya inmerso en un enorme sótano musealizado junto al garaje del gran edificio. Estuvimos medio año con ello. Recurriendo al tópico, un trabajo de chinos. Bueno, los chinos, entre otras cosas menos elogiables, se caracterizan por su capacidad para imitar casi todo con gran calidad. Y en ese sentido, como veréis en breve, fue enteramente un trabajo de chinos.

Los mosaicos una vez extraídos en piezas de tamaño manejable, son un conjunto de lo que podríamos llamar "alfombras teselares", es decir, miles de teselas (para quien no lo sepa, piedrecitas de forma cúbica) sujetas entre sí por  varias telas que se han adherido a ellas antes de la extracción.

Resumiendo, los pegamos por su reverso a unos paneles ultraligeros, lo limpiamos, lo consolidamos, reconstruimos parcialmente las zonas perdidas y  volvimos a colocar los mosaicos en su lugar original, entre los cimientos de los muros de las habitaciones de las cuales fueron sus suelos. Todo se hizo de forma metódica y modélica, pero algo vino a perturbar el proceso. Resultó que uno de los pilares de sustentación del edificio vino a situarse en el área que antes ocupaba uno de los mosaicos, lo cual hacia literalmente imposible volver a colocarlo sin mutilarlo practicándole un agujero circular. Obviamente, dicha opción era poco menos que una herejía por lo cuál ni siquiera llego a plantearse. La única salida viable a dicha contingencia fue la de llevar ese mosaico al museo arqueológico de la ciudad y colocar una réplica, una copia exacta de dicho mosaico en su lugar original. Y como imaginaréis es en este momento cuando puedo hablar realmente de trabajo de chinos. Centenas de miles de teselas tendrían que emplearse para dicha labor, por lo que recurrimos a un procedimiento distinto y más rápido que no puedo revelar pero que proporcionó resultados inmejorables.

Tras esta introducción técnica y por no aburrir, me centro ahora en el matiz berlanguiano, rematadamente absurdo, cómico y trágico a la vez, de algo que ocurrió el día que transportamos este mosaico desde las naves de las caballerizas hasta el museo. Me refiero al mosaico que copiamos y que no se pudo poner en su lugar original a causa de la presencia de la columna y que por tanto se llevó al museo arqueológico de la ciudad. Eran cerca de 30 metros cuadrados de pavimento divididos en 12 paneles de considerable tamaño. Los mayores requerían la participación de 4 personas para moverlos. Pues bien, llamamos a un transportista que, según nos aseguró, vendría acompañado de un par de operarios que colaborarían en la carga y descarga de los paneles. Sin embargo apareció él solo, aduciendo que ambos ayudantes habían sufrido una súbita indisposición, lo cual no nos resultó muy creíble, pero callamos. Total, que necesitábamos imperiosamente la ayuda de una cuarta persona. Entonces el transportista, de nombre Rafael, tuvo una idea que pasó a poner en práctica inmediatamente. El diálogo fue algo muy similar a esto:

- ¿Y ahora qué hacemos? Necesitamos un par de brazos más.-expuse yo.
- Na! Esto lo solucionó yo en un periquete. Esperarse aquí que vengo en un rato con alguien que nos ayude -responde Rafael.
- Ah, bueno... pero que sea alguien de confianza, por favor -apunto yo.
- No preocuparse -apostilla el transportista mientras sale de la nave.

Cerca de media hora después se oyen pasos de dos personas acercándose y la voz del transportista hablando sin parar en una especie de monólogo. Abren la puerta de la nave y entran. Me quedo estupefacto. La persona a la que el transportista ha logrado convencer para echarnos una mano es un hombre de raza negra, muy corpulento y con perilla. Todo normal de no ser porque aquel hombre va ataviado con un llamativo y vistoso vestido de faralaes puesto encima de su ropa habitual. Con tirantes, el vestido es de color azul prúsia moteado con lunares de color naranja. El hombre, serio, hierático e inexpresivo, se muestra como la antítesis de la gracia y el desparpajo que se le supone a una bailarina flamenca. Inmediatamente me viene a la mente, por el dicho popular, una imagen de San Antonio portando un cinturón de balas y un par de pistolas en su cintura. Parece no entender una sola palabra de lo que dice Rafael, que no para de parlotear ni un momento.

- Me he traído a este moreno grandullón. Es de los que se ponen ahí en la rotonda a vender "clines". Y se ponen el vestido para llamar la atención y que la gente les compre -explica Rafael.
- Ah, pues vale... estupendo -digo yo extendiendo mi mano al recién llegado.

El hombre de piel negra me mira con ojos fríos y dignos durante unos cinco segundos y extiende también su brazo. No habla ni sonríe ni gesticula. Se limita a hacer lo que de forma gestual y con palabras incomprensibles se le ha indicado. Inmediatamente empiezo a pensar en el efecto que producirá en la dirección del museo la colaboración en el porte de los mosaicos de un inmigrante subsahariano disfrazado de folklórica andaluza y concluyo que no es una buena idea que aquel hombre fuera de esa guisa, que daría impresión de poca seriedad. Finalmente lo pienso mejor y le pido con gestos que por favor se quite el vestido antes de salir hacia el museo. Parece entenderme y sin modificar un ápice su inexpresividad facial se desprende de su indumentaria, la dobla cuidadosamente y la deja sobre el asiento de la furgoneta. Empezamos a cargar las piezas del mosaico en la misma. Terminamos la tarea y nos subimos los tres al vehículo. Rafael lo pone en marcha en dirección al museo. Una vez allí descargamos diligentemente los mosaicos. En media hora la labor estaba concluida. Entonces veo que Rafael se me acerca para que le pague la cantidad estipulada.

- ¿Cuanto le vas a dar? -pregunto yo.
- 5 euros y va que se mata.
- ¿Cómo? ¿5 euros? Eso es insultante, hombre. Quizás habría sacado más vendiendo "clines" en este par de horas.
- Anda! Si estos hacen lo que sea por lo que les des.

Entonces veo que el transportista se acerca al negro y le extiende el billete junto a una palmadita en el hombro. El grandullón lo coge sin rechistar y lo guarda en su bolsillo. Después me mira con la misma expresión (o falta de expresión). Yo lo interpreto como una despedida. Tras titubear me acerco a él y le doy los 10 euros que me quedaban en el bolsillo tras pagar a Rafael. Éste me mira con mala cara. Le extiendo al africano de nuevo mi mano y le digo gracias. Él vuelve a mirarme unos segundos y aprieta mi mano. Esta vez creo notar algo en su mirada. Quiero pensar que me ha dado las gracias también, destilando a la vez un esfuerzo por mantener su dignidad. Ambos se suben a la furgoneta. Rafael le dejaría de nuevo en el cruce donde le recogió.

Amadou, que quizás así se llamase, volvería a enfundarse el vestido de faralaes y a ofrecer paquetes de "clines" a los conductores, probablemente impertérrito y con el mismo semblante mudo. Quizás no se tenga nada que decir ni que expresar si uno se ve totalmente solo y convertido en una especie de bufón en una tierra extraña haciendo cualquier cosa por unas monedas. 

Otro día vuelvo a verle a lo lejos. Me acerco a él. Una mujer de etnia gitana le increpa al pasar. Él la mira indiferente sin comprender una palabra. Está como imaginaba, con aquel vestido en el que apenas cabe, esperando a que llegue la siguiente hornada de coches. A unos metros de él hay otro inmigrante con similar indumentaria. Éste, más esbelto y animoso, adorna su intento de venta de "clines" con un remedo de baile español que resulta tan cómico como triste. Amadou sin embargo se acerca lentamente a un coche extendiendo su brazo con un paquete de pañuelos en su mano. La conductora, riendo, hace un gesto negativo. Impasible se acerca a otro vehículo con el mismo resultado. Y otro. El semáforo se pone en verde y Amadou se retira a la sombra de un árbol en el centro de la rotonda. Su compañero hace lo propio. Él ha logrado vender un paquete. Otra manada de coches y el resultado es el mismo. Quizás ambos, Amadou y su compañero, tuvieran que darle un porcentaje de lo obtenido a algún pícaro que hubiese ideado una oportunidad de negocio facilitándoles los vestidos. Entonces pienso que yo estaba equivocado. Puede que los 5 euros que le dio Rafael fuesen más de lo que puede obtener en dos horas de venta de "clines", y además libre de ese ridículo atuendo con el que apenas puede moverse.. Pensar esto me hizo sentir bien por unos segundos, pero sólo por unos segundos.

Pasa el tiempo y, lógicamente, me olvido de Amadou y me centro en los mosaicos. Hoy le recuerdo. Guardo su mirada limpia y su dignidad a prueba de faralaes.





martes, 1 de octubre de 2013

TAN CERCA Y TAN LEJOS A LA VEZ.

Esta vez me apetece contar una de las experiencias más excitantes que he tenido a nivel profesional, casi comparable a la del clavo de Zeledonio. También está marcada por una coincidencia enorme que incluso a mí, escéptico empedernido, me ha hecho varias veces tambalear en dicho escepticismo. Y también me estimuló a pensar en la proximidad y la lejanía, en el espacio y en el tiempo.

Es primavera del año 2005. Hace casi exactamente un año del horror del 11-M. Recibo una llamada. Me cuentan que en una zona en la que se está trabajando en la remodelación de la M30 parece que han aparecido unos huesos indeterminados. Me dicen que acuda con urgencia para evaluarlo y ver la posibilidad de extraerlos. Cojo lo necesario y salgo para allá a toda prisa. Me planto allí en unos minutos. Es un punto a escasos 50 metros del pirulí (la torre de telecomunicaciones así conocida). Compruebo que justo en el punto donde habían aparecido los huesos, dos días antes me había parado yo para descansar un rato al pasar por allí en bicicleta. Aún asombrado por la casualidad, me muestran algo que parece hueso semifosilizado asomando bajo tierra, en el interior de lo que era una cata arqueológica. Abro mi caja de herramientas y saco bisturí, espátula, brocha, gasa, adhesivos, cámara fotográfica (ya digital), etc. y me pongo a retirar tierra y a excavar a la vez que voy consolidando y engasando lo que va a apareciendo. Continúo despacio y con método, pero sin mucha pausa ya que es todo urgente; la M30 no espera. 

Después de varias horas he conseguido delimitar un bloque de sedimento fuera del cuál ya no aparecen restos óseos. Sean lo que sean esos huesos, están dentro de ese bloque. Los arqueólogos encargados se marchan a comer mientras yo me quedo trabajando, animado por la expectación y por la incipiente sospecha de que puede haber algo interesante allí dentro. Ya por la tarde, la paleontóloga, quizás algo novata entonces, se asusta y me pide que deje de trabajar. Es su responsabilidad también y prefiere ser muy cauta. No me conoce y no se fía del todo de mí.. Yo le digo que no se preocupe por nada, que sé perfectamente lo que estoy haciendo y que sea lo que sea está en buenas manos. 

El caso es que se va todo el mundo a las 5 de la tarde, salvo yo que me quedo trabajando, haciendo caso omiso a lo que me pidió la prudente paleontóloga. El bloque ya ha sido protegido y rodeado de espuma de poliuretano. Y ha sido extraído del terreno y colocado con grúa junto a las casetas de obra. Yo estoy retirando más tierra del bloque y consolidando según veo aparecer superficie ósea. Continúo y continúo mientras mi emoción va in crescendo según veo que lo que hay allí dentro no es ni mucho menos un amasijo de fragmentos de hueso como podría haber parecido en un principio. Empiezo a ponerme nervioso y a ser invadido por una euforia prudente.

Sigo trabajando. Decido hacer una cata cuadrada en la tierra del bloque hasta llegar a donde hubiera que llegar. Por fin toco hueso. Y tiene muy buena pinta lo que veo a través de la ventanita que he hecho en la tierra. Parece el splacnocráneo (cráneo facial) de un animal bastante grande.

Y por fin, tras largos minutos, se resuelve el rompezabezas en mi mente. De repente sé perfectamente lo que tengo entre manos; sólo hay que retirar unos 50 kilos más de tierra. Me detengo, hago mil fotos y pienso en llamar a todo el mundo para que venga a verlo. Estoy eufórico andando de aquí para allá. Sin embargo cambio de opinión y decido proseguir hasta dejar todo el hueso a la vista. Algo comprimido, deformado y fracturado, pero el hueso está bien conservado. No cabe duda, es un majestuoso cráneo completo de Bos primigenius, también conocido como Uro. Es un bóvido gigantesco de la altura de un caballo y de más de una tonelada de peso.

Por la posterior datación se supo que el especimen, al que estúpidamente bauticé como Tomasín, debió morir hace algo más de 10.000 años, al principio del Holoceno o al final del Pleistoceno Superior, por lo que quizás fuese uno de los últimos ejemplares antes de extinguirse la especie. Empiezo a deambular, nervioso y excitado. ¿Qué hago? ¿Llamo a los arqueólogos? ¿Lo cubro con tierra de nuevo y me voy? Miro la hora y ya es tarde para llamar a nadie, así que lo cubro y lo rodeo de bolsas con escombro para dar a entender que no se encontraría allí otra cosa que no fuese tierra o cascotes. 

Al día siguiente estoy allí el primero. Al poco tiempo lo ven los arqueólogos. La noticia corre como la pólvora entre aparejadores, constructores, jefes de obra etc. Todos quieren verlo. 

La paleontóloga, emocionada, se disculpa por su desconfianza y me abraza. Se produce una singular catarsis y todos los reunidos ríen tontamente durante unos minutos sin retirar su mirada del imponente cráneo que parecía mirarles desde la noche de los tiempos. 



Llevé el cráneo al taller. Allí terminé de reforzarlo, consolidarlo y limpiarlo. Durante ese tiempo, una semana o dos, me quedé allí a dormir por no separarme de él. Suena absurdo, pero me encantaba quedarme dormido mientras lo observaba desde el improvisado dormitorio. Imaginaba su impresionante corpulencia pastando y bebiendo en el río. Me apasionó este trabajo y me sentí muy afortunado. Una vez acabado lo embalé y lo llevé a un importante museo arqueológico donde actualmente se exhibe.


A quien no le llamen la atención estos temas puede parecerle exagerada mi euforia solitaria ante lo que había conseguido recuperar aquella tarde.

Sin embargo, creo que  mucha gente lo entenderá y, de haber estado allí, habría sentido un escalofrío si se le dice que a tiro de piedra (literalmente) del pirulí y dos metros bajo sus pies, yace el cráneo de un gigantesco animal que nació, vivió y murió hace 10.000 años, poco antes de que se conociese la agricultura y la ganadería en la península. 

Y es así, cuando deambulamos por la calle o por el campo, puede que a unos metros por debajo de la suela de nuestro calzado yazcan los restos de seres que vivieron en tiempos que ni intuimos. Tan cerca y tan lejos, tan lejos y tan cerca a la vez.


Y de repente, por mero azar muchas veces, por algo tan prosaico como la decisión de soterrar una autovía, el pasado remoto salta al presente en un instante. Hace unos 10.000 años, un enorme uro muere cerca de un río por razones que no podemos conocer. Su cuerpo es comido y se descompone. La cabeza es arrastrada por el río hasta quedar semioculta en una zona fangosa. El viento y la propia remodelación natural del paisaje la cubren de sedimentos año tras año. El río cambia su curso. Los tejidos blandos desaparecen totalmente y el cráneo de tan soberbio animal queda sepultado para la eternidad. Sin embargo, diez milenios después, los descendientes de aquellos humanos que convivieron con él, viven en ciudades y se desplazan, casi todos, en automóviles que recorrer pistas de asfalto, cuyo rediseño implica un inevitable movimiento de tierra que, de forma totalmente azarosa, pone al descubierto de nuevo los restos de aquel bóvido esplendido que duplica la talla de su primo actual. Tan cerca y tan lejos, tan lejos y tan cerca a la vez.

Es posible que los huesos que hoy sostienen tu cuerpo, o quizás estas palabras que yo ahora escribo, o la música que compone un desconocido o una carta de amor perdida, en general cualquier legado material que podamos dejar tras nuestra muerte y no perezca, pueda, por accidente, ser hallado y después estudiado por vete a saber quién en otros 10.000 años. Quizás algo de nosotros, tras la muerte, esté alejadísimo en el tiempo de esos seres que hallen fortuitamente ese "algo", pero quizás esté también a escasos metros de ellos. Y quizás también esos seres se pregunten a quién pertenecieron tus huesos, o intenten descifrar mis palabras o interpretar la música de ese desconocido o las palabras de esa carta. Tan cerca y tan lejos, tan lejos y tan cerca a la vez.

Así que me parece interesante dejar algo para que sea, quizás, recuperado en un lejano futuro, tal y como hizo Zeledonio con su clavo. Quizás alguien lo halle y hable de ti en un blog o en algo que ni imaginemos. Obviamente, o eso creo, nada nos importará en ese momento ya que llevaremos largo tiempo siendo polvo. Pero puede que consigamos que alguien sienta ese escalofrío dentro de cientos o miles de años. ¿Para qué? Para eso, nada más que para eso, para regalarle algo a un desconocido/a del futuro y jugar a imaginar su reacción.




martes, 17 de septiembre de 2013

EN PARADERO DESCONOCIDO

Después de la entrada anterior, inevitablemente triste y quizás macabra para algunos, bienvenida sea ésta, esencialmente cómica y plagada de absurdo y de disparate. Y más breve.

He de decir que esta rocambolesca historia, pese a ser absolutamente real, nada tiene que ver con la capacidad y profesionalidad de las partes e instituciones implicadas. Es sólo algo que llamaría "confluencia espaciotemporal de dos asunciones erróneas convergentes con resultado imprevisible y potencialmente desastroso". También tiene que ver con la Arqueología, pero con un tinte muy diferente al de la historia anterior. Relata unos hechos que bien podrían haber sido parte del guión de una película de Luis García Berlanga o de Federico Fellini, pero son absolutamente ciertos como todo aquello que cuento en este blog. En éste y en cualquier otro que escribiese. La realidad puede ser tan imaginativa y caprichosa como la ficción. Y tiene el gran aliciente de que es eso, real. Lo que no es real, por contra, es el conjunto de imágenes que ilustran esta entrada. Lamentablemente no conservo fotografías de lo que estoy a punto de contaros. 

La acción se sitúa en un bello pueblo de Andalucía donde existe un yacimiento de época romana y su correspondiente museo. Para la exposición inaugural de dicho museo se nos encargó la restauración de una escultura en piedra caliza que representa a una deidad masculina. Una deidad romana; lógicamente no iba a ser un San Luis o La Violetera. La escultura, que se hallaba en unas dependencias municipales, había sido almacenada allí procedente del yacimiento hasta que se terminase de construir el museo. Y por fin había llegado la hora de su restauración y traslado.

El caso es que allí estábamos mi socia y yo, en la puerta de aquellos almacenes municipales a la espera de que llegasen unos empleados del pequeño ayuntamiento que nos ayudarían a transportar la pesada estatua hasta el museo, sito tan sólo a unos cientos de metros calle abajo.

Y aquí empieza lo bueno. Al cabo de unos minutos aparece una cuadrilla de hombres bajitos pero entusiastas, ataviados con monos de trabajo, aparentemente dirigidos por uno de ellos cuyo nombre era Nicolás. Nicolás nos acompaña hasta el lugar donde estaba almacenada la estatua. Tras protegerla, embalarla y programar los movimientos a llevar a cabo, procedemos entre todos a desmontarla y a cargarla en un transpallet. Los movimientos son lentos y estudiados, vigilados de cerca por varios pares de ojos y de oídos. Es una pieza única y cualquier medida para garantizar su seguridad es bienvenida. Nicolás y un par de peones empujan el carro lentamente hasta sacarlo de los almacenes y sin dudar continúan su prudente camino hasta la puerta trasera de una furgoneta blanca situada en doble fila en las inmediaciones. Detenemos la carga y Nicolás hace una pausa para encender un cigarro y preguntarnos unas cuantas cosas a cerca de la estatua.

- ¿Y a dónde hay que llevar la estatua ésta? 
- Al museo, allí abajo. Es un trayecto muy corto.
- Ah, pues muy bien. Así nos tomamos unas cervezas después. O antes.
- Pues venga -respondo yo.

Es pleno verano y hace un calor sofocante. Tras unas cuantas caladas, Nicolás tira el cigarro y abre de par en par la puerta de carga de la furgoneta.

Tras un primer vistazo al interior de la misma compruebo que está ya cargada, pero no con piezas arqueológicas sino con infinidad de cajas de pan, bollería industrial, tartas, pasteles, pan de molde, etc. En mi cara se dibuja una expresión de extrañeza pero no digo nada por no resultar entrometido. Total, que procedemos a cargar con extremo cuidado la estatua tras hacer sitio recolocando varias cajas de sobaos Martínez. Mantas, planchas de gomaespuma, pulpos, plastico blister (de burbujas), etc. Todo lo necesario para minimizar el riesgo del más mínimo deterioro de la estatua. Fotografías para documentar el traslado y poder testificar que se preparó el asunto lo más correctamente posible. Terminada la tarea, Nicolás, con evidente cara de satisfacción por la labor bien realizada, se sacude las manos y cierra las puertas de la furgoneta.

-Ea, ya está. Misión cumplida -dice mientras se retira el sudor de la frente con la manga de la camisa remangada.
-Sí señor, buen trabajo -respondo yo.
-Pues hala, para celebrarlo vamos a tomar unas cervezas -dice Nicolás mientras saca otro cigarro del paquete.

Yo habría tomado esas cervezas una vez acabado el porte de la estatua hasta el museo, pero accedo a la invitación. Entramos en el bar más cercano junto a los cinco empleados. Pedimos unos botellines y hablamos de esto y de lo otro. Al cabo del rato vuelve a salir a la conversación el tema de la estatua.

-¿Qué tenéis que hacer con la estatua? -pregunta Nicolás.
-Limpiarla, reconstruir zonas perdidas... dejarla lo más presentable para la exposición -resume mi socia.
-¡Qué paciencia! Eso debe ser trabajo de chinos (frase típica que solemos escuchar los restauradores)
-Bueno, estamos acostumbrados.

Seguimos charlando y apurando las cervezas. Sin prestar mucha atención, me fijo en un tipo que, vestido con ropa de trabajo, hace firmar unos albaranes al camarero que nos había servido las cervezas. Seguimos de charla mientras veo como el hombre de los albaranes se despide y sale por la puerta. Como es de suponer no presto más atención de la meramente casual a esta rutina cotidiana en un bar. Nicolás pide una nueva ronda de botellines. Yo miro a mi socia consultando sobre la conveniencia de seguir bebiendo antes de depositar nuestra valiosa carga en el museo. Su respuesta es una mueca de resignación como diciendo "qué le vamos a hacer". Estábamos terminando la segunda cerveza cuando vuelve el tema de la estatua en boca de Nicolás.

-Una cosa que no entiendo ¿Para qué lleváis en la furgoneta todo ese pan y todos esos bollos?
- !!!!!!!!!!!!!! 

Mi expresión refleja de repente la esencia del espanto. Sin mediar palabra miro a mi socia en una décima de segundo. Ella hace lo mismo en el acto. Sin decir una sola palabra salimos atropelladamente del bar y, para nuestro horror, comprobamos que la furgoneta donde habíamos depositado la valiosa escultura ya no estaba allí aparcada. Gritos, voces, reproches, carreras, angustia. Salimos corriendo en el sentido de la calle en busca de la furgoneta, que ya sabemos que es de reparto de alguna panadería. Afortunadamente la búsqueda y por tanto la zozobra y el deseo de morir son muy breves porque nada más dar la vuelta a la primera esquina aparece ante nuestros ávidos ojos la furgoneta aparcada. Y aquel hombre de los albaranes marcando las teclas de su teléfono móvil y una expresión de total desconcierto. Sin parar de correr llegamos hasta él y le explicamos la absurda confusión. El hombre nos relata su increíble sorpresa al ver la estatua en su furgoneta mientras nosotros respiramos con un alivio casi indescriptible. Dado que está allí la estatua cargada, consideramos que lo más lógico es hacer el traslado de la misma en la furgoneta de reparto, evitando así nuevos y ya innecesarios movimientos de la misma. Casi excitado por la imprevisible situación e, imagino, el deseo de contarlo a su señora y amigos, el conductor accede encantado. Volvemos corriendo al bar y exponemos el asunto a Nicolas y a los demás empleados que, algo desinhibidos por las cervezas, rompen a reír sonoramente.

Al dios PAN le daba lo mismo 8 que 80.
Aclarado el entuerto, llevamos finalmente la estatua a su destino sin el menor contratiempo. Una vez detenida la furgoneta frente a la puerta del museo, reparo en que puede leerse un rótulo serigrafiado en un lateral de la misma: "Panadería y bollería Jacinto". Es en este momento cuando la tensión amaina totalmente y sale de mis entrañas una carcajada casi histriónica que se contagia de inmediato a los presentes ante la mirada perpleja del personal del museo. Siguiendo con la risa nerviosa e incontrolada, se me ocurrió que la deidad romana representada en la estatua podría ser, para más inri, la del dios PAN. Pero lamentablemente no era así; esto habría sido ya el colmo. Era Apolo.

Como veis, una historia real digna de Fellini o Berlanga. Como curiosidad, decir que el dios Pan da nombre a la palabra "pánico", que viene del griego "panikos". De hecho lo correcto sería decir, por ejemplo, "sentí terror pánico". Por lo visto este semidiosecillo  con cuernos y patas de cabra gustaba de asustar a los pastores y a sus rebaños en los cruces de caminos del bosque montando algaradas, haciendo sonar su flauta con su miembro erecto buscando penetrar a cualquier ser de cualquier sexo, humano o caprino.

Y bueno, terror pánico es lo que sentí al pensar que podría desaparecer la estatua.

El trabajo acabaría resultando de lo más estimulante e interesante. Salió todo a la perfección y fuimos felicitados por nuestra intervención. A veces damos las cosas por sentadas sin el menor examen ni comprobación; sencillamente ni nos planteamos la posibilidad de que estemos cometiendo un error de bulto; tanto Nicolás como nosotros pensamos que la furgoneta donde estábamos metiendo la estatua era la del otro. ¡Incluso después de ver que estaba llena de pan y derivados, cosa absurda, nadie dijo nada y dio por supuesto que esa era la furgoneta en la que se habría de transportar la estatua!

Desde entonces y ante cosas de importancia o gravedad prefiero cerciorarme las veces que haga falta de que no la estoy liando parda. Fue inolvidable, en buena parte también por aquella confusión que podría haber tenido un final nefasto. La estatua podría haber acabado "en paNadero desconocido".

Estaría encantado de conocer historias parecidas. Eso sí, reales como esta.


sábado, 31 de agosto de 2013

DE LAS VIDAS DE LOS MUERTOS

Una de las cosas que más me estimulan de mi trabajo es la imprevisible variedad de las cosas con las que entro en contacto por ser objeto de restauración y conservación. Muchas no tienen apenas misterio, pero otras son el testigo material de una historia curiosa. A veces terrible, otras cómica, y otras maravillosa. Esta vez hablaré de algo que para ciertos arqueólogos y restauradores de arqueología puede resultar más o menos habitual, y quizás por ello pierdan/perdamos la capacidad de sorprenderse o de imaginar la historia que yace detrás y la oportunidad de aprender o desaprender de ella.

Hace algo más de un lustro (un lustro equivale a cinco años para quién no lo sepa), nos contrataron a mi socia Bianca y a mí para recuperar los restos humanos de tres personas que murieron hace algo más de 3.000 años. La jerga arqueológica parece huir de connotaciones emocionales. Es decir, en lugar de decir "fueron enterradas tres personas, dos adultos y un niño, posiblemente una familia", opta por algo más aséptico como "inhumación triple decúbito lateral de dos individuos adultos y otro infantil o subadulto".   Se trataba de la excavación de urgencia de un yacimiento de la Edad del Bronce en la Comunidad de Madrid. Un área poblada de silos, es decir, huecos de contorno circular excavados en la tierra que sirvieron como almacenes de grano, a veces reaprovechados como vertederos y otras, tal que este caso, como fosa funeraria. Cuando digo que era una excavación arqueológica de urgencia me refiero a que las propias labores de excavación arqueológica supusieron para los constructores una indeseada interrupción en la marcha de sus trabajos y por tanto resultó que les urgía la liberación del terreno para ser arrasado y querían que el trabajo de los arqueólogos y restauradores se llevase a cabo en un plazo no muy holgado.

Resultó que en uno de aquellos silos, en uno de esos agujeros en la tierra y cientos de generaciones atrás, fueron enterrados tres seres humanos: una mujer, un hombre y un niño. Me permito la licencia de bautizarles como Aken, Yuna y Ninit. Son nombres totalmente inventados que podrían ser propios de la lengua desconocida que hablasen estos agricultores conocedores de la incipiente metalurgia. Dadas las reducidas dimensiones de la fosa circular, los cuerpos de los adultos fueron depositados con brazos y piernas flexionados. 

Primero fue inhumado el cuerpo del hombre, fallecido a una edad aproximada de cuarenta años; después el de la mujer, algo más joven, en una dirección perpendicular a la de aquel. Finalmente el cuerpo del niño, quizás de unos 9 ó 10 años, alineado con el borde circular de la fosa. La cabeza del adolescente debió quedar en contacto con la del hombre. Los tres esqueletos aparecieron en conexión anatómica y completos a excepción de los huesos de uno de los pies del hombre que faltaban totalmente. Entremezclados con los restos óseos había una tosca vasija rota y una pesa de telar, quizás la que usase Yuna para confeccionar ropa. Los cadáveres fueron cubiertos con varios durmientes de molino, lajas de piedra de tamaño mediano. Finalmente fueron cubiertos de tierra. Los tejidos blandos de los cadáveres se descompusieron y desaparecieron, mientras que los huesos permanecieron casi inertes y ocultos, sumidos en el olvido. Tres vidas muertas, tres historias irrecuperables, tres mentes perdidas en la inmensidad del tiempo. Según la perspectiva de Luis Prosper, ellos siguen vivos en su tiempo, quizás en otros mundos paralelos. 

Más de 3.000 años después de aquel aparentemente sencillo acto funerario, cuando el suelo que pisaron los dueños de aquellos restos había sido cubierto por cerca de un metro de sedimentos, otros seres humanos con una organización social mucho más compleja deciden construir en esa zona un gigantesco estanque de tormentas. Las excavadoras comienzan a trabajar día a día comiéndose el suelo a bocados hasta que un individuo ataviado con casco y chaleco reflectante hace detener las máquinas. La razón es que el movimiento de tierra deja a la vista vestigios de un poblado y restos arqueológicos desperdigados. Un grupo de individuos especializados comienza inmediatamente y a contrarreloj a documentar y excavar lo que parece ser un campo de silos de una población agrícola y ganadera de la Edad del Bronce. Lo hacen con prisa pero también con rigor y método. Toman fotografías, anotan distancias y profundidades y guardan en cajas sigladas todos aquellos objetos y fragmentos que se hallan tras ser contextualizados. En la mayoría de los silos hallan restos de grano; en otros, convertidos en vertederos de la época, una gran acumulación de vasos cerámicos fragmentados, huesos de animales y algún objeto metálico. Y en uno de esos silos, sólo en uno, encuentran restos humanos. Los huesos de Aken, Yuna y Ninit son liberados de la tierra que les cobijó durante tres milenios. Paletines y brochas van poco a poco dejando a la vista las osamentas. Los esqueletos, en sus posturas congeladas, despiertan emociones dispares. Para algunos son básicamente fuentes de información arqueológica. Otros sienten el escalofrío de rozar y asistir a una imagen de su propio destino. Otros sienten empatía con los dueños desposeídos de esos huesos e imaginan su historia. No pueden evitar cierta conmiseración e incluso una injustificada culpabilidad por no respetar el "sueño eterno" de estos tres desconocidos. Me sitúo entre estos últimos aunque soy plenamente consciente de que son sólo huesos, matería orgánica inanimada que un día fue el soporte físico de una entidad viva y pensante. ¿Cómo reaccionarías tú?

Aken, Yuna y Ninit podrían haber sido una familia nuclear, la estructura familiar básica. Probablemente lo fuesen. Vivieron en una pequeña población de agricultores cercana al curso del río Manzanares en un tiempo en el que las vidas debieron sucederse de forma lenta y sin apenas cambio. La economía basada en la agricultura y la ganadería vendría generando desde hacía unos siglos o quizás milenios una serie de excedentes de producción que serían controlados por élites con poder y riqueza. Los conflictos habrían alcanzado proporciones cuasibélicas. La última innovación, la fabricación y uso de utensilios de metal, básicamente aleaciones de cobre, llegó recientemente, quizás sólo unos siglos antes, desde un origen en Mesopotamía tres o cuatro milenios antes. Quizás Aken, un hombre maduro y robusto de 1,75 m., supiera tratar el metal y comerciase con poblaciones vecinas. Yuna, delgada, gracil y  pequeña (1,55 m), recolectaría frutos salvajes y la cosecha y tejería ropas. Molería el grano arrodillada; de ello son testimonio la artritis y las hernias discales que la antropóloga física detectó en sus vertebras lumbares. Mientras, Ninit ayudaría en las labores y jugaría en el río. Un mal día, Aken sufriría una grave herida en su pie izquierdo. La herida se gangrenaría hasta que el brujo o chamán del grupo decidiera cercenarlo. Desde entonces Aken quedaría tullido y necesitaría la ayuda de unas rudimentarias muletas para desplazarse. También debió sufrir por una rotura en las falanges de su mano izquierda y en una costilla del lado derecho. Yuna y Ninit tendrían que ocuparse de las labores que hasta entonces desempeñase el padre. Un conflicto, o más probablemente una enfermedad infecciosa mortal acabaría con sus vidas de forma más o menos simultánea. Los supervivientes inhumarían sus cuerpos en uno de los silos vacíos. Flexionarían sus miembros para adaptarlos a la exigua fosa. Después colocarían junto a los cuerpos una pesa de telar y una vasija, quizás con agua y alimentos para su viaje. Finalmente los cubrirían con las piedras de molino y después con tierra. Quien o quienes llevaran a cabo el enterramiento no parecieron dedicar mucha energía para deshacerse de los cuerpos. ¿Para qué excavar una fosa si hay unos cuantos almacenes de grano vacíos que no han sido aún utilizados como vertedero? Quizás fuese la enfermedad o la desolación tras el ataque. O quizás el rango social de Aken y Yuna fuese bajo y no se consideró que mereciesen exequias elaboradas. Quizás se les enterrase desnudos; ningún adorno personal o complemento fabricado en materiales no perecederos fue recuperado de la improvisada fosa. Finalmente el poblado quedó abandonado y sepultado paulatinamente por sedimentos.

A modo de ejemplo paralelo, diré que en 2005 se constató por primera vez mediante técnicas genéticas el parentesco de un grupo de personas enterradas juntas hace 4.600 años en un poblado neolítico en Alemania, grosso modo un milenio anterior al que nos ocupa. Una de las tumbas contenía los restos de un hombre adulto, una mujer, y dos niños de cuatro y de ocho años. Parecía lógico pensar que formaban una familia y el ADN lo confirmó. Lo terrible es que los arqueólogos comprobaron que todos ellos murieron tras una fuerte oleada de violencia. El cuerpo de uno de los varones adultos presentaba varias fracturas en el cráneo y signos de haber sido atacado por hachas y armas de piedra en su espalda.

Además, mostraba varias fracturas en los antebrazos y en las manos que dan idea de que intentó defenderse. La mujer albergaba un proyectil de silex entre sus vértebras. Los niños debieron ser tarea más fácil, ya que no muestran tanta brutalidad. En esta ocasión, el cuidado que se puso en el entierro sugiere que los supervivientes debieron regresar al lugar de la matanza para enterrar a sus muertos. Esta sepultura y otras del yacimiento presentaban a los cadáveres enterrados cara a cara o con los brazos entrelazados, lo que también sugiere fuertes lazos familiares en vida.

Algo diametralmente opuesto y curiosamente de más o menos el mismo período procede de Mantua, Italia, donde en 2007 se hallaron los esqueletos de dos jóvenes unidos en un abrazo que por capricho del destino se harían conocidos a nivel mundial. Se les conocen como "los amantes de Valdaro". La directora de las excavaciones declaró que es un caso extraordinario. No hay precedentes de un entierro de dos personas abrazándose; y éstos se están abrazando de verdad. Los miembros del equipo admitieron que cuando los descubrieron no pudieron contener sus lágrimas. La directora que, pese a haber estado trabajando en esto durante 25 años, incluso con las terribles evidencias de Pompeya, dijo no haberse sentido nunca tan conmovida. Pese a que se halló una punta de sílex a la altura de las cervicales del esqueleto masculino y un cuchillo en el costado de la mujer a la altura de sus muslos, los exámenes realizados no revelan ninguna evidencia de muerte violenta por lo que estos instrumentos podrían formar parte de un ajuar funerario. Quizás muriesen a causa de una enfermedad de forma más o menos sincrónica. Me inclino a pensar que quizás alguien que supiese de sus profundos sentimientos quisiese enterrarles de este modo. Es fácil que la violencia y la atrocidad dejen su huella arqueológica. Sin embargo es enormemente más complicado que lo hagan el amor y la ternura. Y ese es justo el legado que transmiten estos Romeo y Julieta de hace 5.000 años. Curiosamente, Mantua está a sólo 40 kilómetros al sur de Verona, la ciudad en la que Shakespeare situó la historia.

Volviendo a nuestro caso, no puedo evitar imaginar como habrían reaccionado Aken o Yuna si alguien llegado desde el futuro les dijese que más de 3.000 años después de su muerte, unos individuos especializados en estudiar el pasado remoto desenterrarían sus huesos y los de su hijo para analizarlos, conocer su edad, su sexo, la causa de su muerte, su etnia, su posible relación de parentesco, su dieta, sus enfermedades y algo de la historia de su vida. Y que todo se habría de hacer con urgencia para salvarlo de la acción de unas terribles máquinas que comen la tierra para hacer un gigantesco socavón en el suelo para albergar agua de lluvia. Y que a esos individuos que tocarían sus huesos y los de su familia les tomarían muestras de sangre para contrastar su seña única de identidad (ADN) con el suyo propio para distinguir posibles contaminaciones. Y que sus fracturadas osamentas serían restauradas y exhibidas en un museo, colocadas exactamente en la misma postura en la que quedaron sus cuerpos al ser enterrados. Probablemente no habrían entendido nada y, de lo contrario, posiblemente se habrían sentido horrorizados. Me dice mi compañera al leer esto que a ella le encantaría saber que sus huesos fueran a ser objeto de estudio en un lejano futuro. Siento lo mismo que ella. ¿Y tú?

Por si alguien siente curiosidad, la frontera que separa legalmente excavación arqueológica de profanación estriba en los 100 años contados hacia atrás  a partir del momento de la exhumación. 

La excavadora avanza inexorable y ciega. Su rugido es cada vez más fuerte y cercano Nada le importa lo que destruya su potente e indolente brazo. Los deteriorados esqueletos yacen inertes como testigos mudos de tiempos pretéritos. Más de tres milenios separan la inhumación de la exhumación y del arrasamiento.

En el taller los huesos son limpiados, consolidados y reconstruidos. La deformación confiere a los cráneos un aspecto grotesco y terrible. A veces imagino que me miran atónitos con sus cuencas vacías desde el pasado, desde un mundo desaparecido, y me cuentan su historia. Sostengo en mis manos el cráneo de Ninit, el niño. ¿Cómo sería su diminuto mundo? Su calavera albergó un día un cerebro, una mente quizás brillante; hoy el espacio que habitaron sus ideas, sus recuerdos, sus juegos y sus neuronas está ocupado por un kilogramo de tierra inerte y yerma.

Ante los cráneos dislocados y los huesos destrozados es difícil escapar a varias reflexiones. Sobre la fragilidad de nuestras estructuras, lo efímero de nuestras existencias, la contingencia de la muerte prematura o incluso la nimiedad de nuestro propio ser. El cráneo de Yuna, aún sujeto a las vertebras que un día lo mantuvieron erguido, yace en mi mesa como único testimonio de la existencia de aquella mujer. Una vida más, una entre miles de millones que ya se apagaron, anónima y desconocida. Ella, igual que Aken y su hijo Ninit, resucitan de algún modo a través de este relato, que quiere ser también un homenaje póstumo a estos tres humanos que quiero representen a todos aquellos muertos anónimos privados de sus vidas por otros humanos de forma prematura, violenta o a causa de enfermedades.

Tras la excavación arqueológica lo remanente del poblado queda vacío, como si hubiese sido expoliado. Sólo permanecen a la vista una docena de agujeros circulares vacíos en el suelo. Se pasa página en el casi infinito libro del pasado, escrito en un lenguaje ambiguo y abstruso del que sólo conocemos algunas palabras. Su letra es diminuta y borrosa.

Es el momento ansiado por las excavadoras que con los dientes de sus palas arrasan en unas horas lo que otrora fuese el escenario de las vidas de un grupo humano. Quién sabe si alguno de ellos fue un lejanísimo antepasado tuyo. 

Esos silos que cuando dejan de guardar grano pasan a ser vertederos, almacenes definitivos de lo que ya no sirve para nada, de lo que sobra, de lo que se nutrirán las bacterias, de lo que ya ha sido usado y se convertirá en polvo. 


Odio y amor, violencia y ternura quedan y permanecen congelados en las posturas que conservan las carcasas de los cuerpos de unas gentes que vivían casi exclusivamente de lo que tomaban de la tierra para, tras la muerte, devolverle esa materia orgánica ofreciendo lo único que queda de ellos, sus cuerpos inanes. Materia orgánica que deviene en trasunto de lo que fue, transmutando y dando vida a anélidos y herbáceas. Cerebros de reptil, agresivos y territoriales, cubiertos por una corteza neuronal de mamífero donde reside lo que llamamos sentimiento. Fosas de amor y de atrocidad. Capaces y autores de lo sublime y de lo brutal, pero todos perecederos e iguales tras la muerte. 

Los esqueletos de Aken, Yuna y Ninit yacen hoy en un museo, colocados en la misma disposición en que fueron depositados sus cuerpos al ser enterrados. En sentido figurado nos muestran las vidas de los muertos, las peculiares vidas de estos tres muertos y un vistazo fugaz de lo que fueron sus vidas perdidas en el tiempo.