martes, 17 de septiembre de 2013

EN PARADERO DESCONOCIDO

Después de la entrada anterior, inevitablemente triste y quizás macabra para algunos, bienvenida sea ésta, esencialmente cómica y plagada de absurdo y de disparate. Y más breve.

He de decir que esta rocambolesca historia, pese a ser absolutamente real, nada tiene que ver con la capacidad y profesionalidad de las partes e instituciones implicadas. Es sólo algo que llamaría "confluencia espaciotemporal de dos asunciones erróneas convergentes con resultado imprevisible y potencialmente desastroso". También tiene que ver con la Arqueología, pero con un tinte muy diferente al de la historia anterior. Relata unos hechos que bien podrían haber sido parte del guión de una película de Luis García Berlanga o de Federico Fellini, pero son absolutamente ciertos como todo aquello que cuento en este blog. En éste y en cualquier otro que escribiese. La realidad puede ser tan imaginativa y caprichosa como la ficción. Y tiene el gran aliciente de que es eso, real. Lo que no es real, por contra, es el conjunto de imágenes que ilustran esta entrada. Lamentablemente no conservo fotografías de lo que estoy a punto de contaros. 

La acción se sitúa en un bello pueblo de Andalucía donde existe un yacimiento de época romana y su correspondiente museo. Para la exposición inaugural de dicho museo se nos encargó la restauración de una escultura en piedra caliza que representa a una deidad masculina. Una deidad romana; lógicamente no iba a ser un San Luis o La Violetera. La escultura, que se hallaba en unas dependencias municipales, había sido almacenada allí procedente del yacimiento hasta que se terminase de construir el museo. Y por fin había llegado la hora de su restauración y traslado.

El caso es que allí estábamos mi socia y yo, en la puerta de aquellos almacenes municipales a la espera de que llegasen unos empleados del pequeño ayuntamiento que nos ayudarían a transportar la pesada estatua hasta el museo, sito tan sólo a unos cientos de metros calle abajo.

Y aquí empieza lo bueno. Al cabo de unos minutos aparece una cuadrilla de hombres bajitos pero entusiastas, ataviados con monos de trabajo, aparentemente dirigidos por uno de ellos cuyo nombre era Nicolás. Nicolás nos acompaña hasta el lugar donde estaba almacenada la estatua. Tras protegerla, embalarla y programar los movimientos a llevar a cabo, procedemos entre todos a desmontarla y a cargarla en un transpallet. Los movimientos son lentos y estudiados, vigilados de cerca por varios pares de ojos y de oídos. Es una pieza única y cualquier medida para garantizar su seguridad es bienvenida. Nicolás y un par de peones empujan el carro lentamente hasta sacarlo de los almacenes y sin dudar continúan su prudente camino hasta la puerta trasera de una furgoneta blanca situada en doble fila en las inmediaciones. Detenemos la carga y Nicolás hace una pausa para encender un cigarro y preguntarnos unas cuantas cosas a cerca de la estatua.

- ¿Y a dónde hay que llevar la estatua ésta? 
- Al museo, allí abajo. Es un trayecto muy corto.
- Ah, pues muy bien. Así nos tomamos unas cervezas después. O antes.
- Pues venga -respondo yo.

Es pleno verano y hace un calor sofocante. Tras unas cuantas caladas, Nicolás tira el cigarro y abre de par en par la puerta de carga de la furgoneta.

Tras un primer vistazo al interior de la misma compruebo que está ya cargada, pero no con piezas arqueológicas sino con infinidad de cajas de pan, bollería industrial, tartas, pasteles, pan de molde, etc. En mi cara se dibuja una expresión de extrañeza pero no digo nada por no resultar entrometido. Total, que procedemos a cargar con extremo cuidado la estatua tras hacer sitio recolocando varias cajas de sobaos Martínez. Mantas, planchas de gomaespuma, pulpos, plastico blister (de burbujas), etc. Todo lo necesario para minimizar el riesgo del más mínimo deterioro de la estatua. Fotografías para documentar el traslado y poder testificar que se preparó el asunto lo más correctamente posible. Terminada la tarea, Nicolás, con evidente cara de satisfacción por la labor bien realizada, se sacude las manos y cierra las puertas de la furgoneta.

-Ea, ya está. Misión cumplida -dice mientras se retira el sudor de la frente con la manga de la camisa remangada.
-Sí señor, buen trabajo -respondo yo.
-Pues hala, para celebrarlo vamos a tomar unas cervezas -dice Nicolás mientras saca otro cigarro del paquete.

Yo habría tomado esas cervezas una vez acabado el porte de la estatua hasta el museo, pero accedo a la invitación. Entramos en el bar más cercano junto a los cinco empleados. Pedimos unos botellines y hablamos de esto y de lo otro. Al cabo del rato vuelve a salir a la conversación el tema de la estatua.

-¿Qué tenéis que hacer con la estatua? -pregunta Nicolás.
-Limpiarla, reconstruir zonas perdidas... dejarla lo más presentable para la exposición -resume mi socia.
-¡Qué paciencia! Eso debe ser trabajo de chinos (frase típica que solemos escuchar los restauradores)
-Bueno, estamos acostumbrados.

Seguimos charlando y apurando las cervezas. Sin prestar mucha atención, me fijo en un tipo que, vestido con ropa de trabajo, hace firmar unos albaranes al camarero que nos había servido las cervezas. Seguimos de charla mientras veo como el hombre de los albaranes se despide y sale por la puerta. Como es de suponer no presto más atención de la meramente casual a esta rutina cotidiana en un bar. Nicolás pide una nueva ronda de botellines. Yo miro a mi socia consultando sobre la conveniencia de seguir bebiendo antes de depositar nuestra valiosa carga en el museo. Su respuesta es una mueca de resignación como diciendo "qué le vamos a hacer". Estábamos terminando la segunda cerveza cuando vuelve el tema de la estatua en boca de Nicolás.

-Una cosa que no entiendo ¿Para qué lleváis en la furgoneta todo ese pan y todos esos bollos?
- !!!!!!!!!!!!!! 

Mi expresión refleja de repente la esencia del espanto. Sin mediar palabra miro a mi socia en una décima de segundo. Ella hace lo mismo en el acto. Sin decir una sola palabra salimos atropelladamente del bar y, para nuestro horror, comprobamos que la furgoneta donde habíamos depositado la valiosa escultura ya no estaba allí aparcada. Gritos, voces, reproches, carreras, angustia. Salimos corriendo en el sentido de la calle en busca de la furgoneta, que ya sabemos que es de reparto de alguna panadería. Afortunadamente la búsqueda y por tanto la zozobra y el deseo de morir son muy breves porque nada más dar la vuelta a la primera esquina aparece ante nuestros ávidos ojos la furgoneta aparcada. Y aquel hombre de los albaranes marcando las teclas de su teléfono móvil y una expresión de total desconcierto. Sin parar de correr llegamos hasta él y le explicamos la absurda confusión. El hombre nos relata su increíble sorpresa al ver la estatua en su furgoneta mientras nosotros respiramos con un alivio casi indescriptible. Dado que está allí la estatua cargada, consideramos que lo más lógico es hacer el traslado de la misma en la furgoneta de reparto, evitando así nuevos y ya innecesarios movimientos de la misma. Casi excitado por la imprevisible situación e, imagino, el deseo de contarlo a su señora y amigos, el conductor accede encantado. Volvemos corriendo al bar y exponemos el asunto a Nicolas y a los demás empleados que, algo desinhibidos por las cervezas, rompen a reír sonoramente.

Al dios PAN le daba lo mismo 8 que 80.
Aclarado el entuerto, llevamos finalmente la estatua a su destino sin el menor contratiempo. Una vez detenida la furgoneta frente a la puerta del museo, reparo en que puede leerse un rótulo serigrafiado en un lateral de la misma: "Panadería y bollería Jacinto". Es en este momento cuando la tensión amaina totalmente y sale de mis entrañas una carcajada casi histriónica que se contagia de inmediato a los presentes ante la mirada perpleja del personal del museo. Siguiendo con la risa nerviosa e incontrolada, se me ocurrió que la deidad romana representada en la estatua podría ser, para más inri, la del dios PAN. Pero lamentablemente no era así; esto habría sido ya el colmo. Era Apolo.

Como veis, una historia real digna de Fellini o Berlanga. Como curiosidad, decir que el dios Pan da nombre a la palabra "pánico", que viene del griego "panikos". De hecho lo correcto sería decir, por ejemplo, "sentí terror pánico". Por lo visto este semidiosecillo  con cuernos y patas de cabra gustaba de asustar a los pastores y a sus rebaños en los cruces de caminos del bosque montando algaradas, haciendo sonar su flauta con su miembro erecto buscando penetrar a cualquier ser de cualquier sexo, humano o caprino.

Y bueno, terror pánico es lo que sentí al pensar que podría desaparecer la estatua.

El trabajo acabaría resultando de lo más estimulante e interesante. Salió todo a la perfección y fuimos felicitados por nuestra intervención. A veces damos las cosas por sentadas sin el menor examen ni comprobación; sencillamente ni nos planteamos la posibilidad de que estemos cometiendo un error de bulto; tanto Nicolás como nosotros pensamos que la furgoneta donde estábamos metiendo la estatua era la del otro. ¡Incluso después de ver que estaba llena de pan y derivados, cosa absurda, nadie dijo nada y dio por supuesto que esa era la furgoneta en la que se habría de transportar la estatua!

Desde entonces y ante cosas de importancia o gravedad prefiero cerciorarme las veces que haga falta de que no la estoy liando parda. Fue inolvidable, en buena parte también por aquella confusión que podría haber tenido un final nefasto. La estatua podría haber acabado "en paNadero desconocido".

Estaría encantado de conocer historias parecidas. Eso sí, reales como esta.


sábado, 31 de agosto de 2013

DE LAS VIDAS DE LOS MUERTOS

Una de las cosas que más me estimulan de mi trabajo es la imprevisible variedad de las cosas con las que entro en contacto por ser objeto de restauración y conservación. Muchas no tienen apenas misterio, pero otras son el testigo material de una historia curiosa. A veces terrible, otras cómica, y otras maravillosa. Esta vez hablaré de algo que para ciertos arqueólogos y restauradores de arqueología puede resultar más o menos habitual, y quizás por ello pierdan/perdamos la capacidad de sorprenderse o de imaginar la historia que yace detrás y la oportunidad de aprender o desaprender de ella.

Hace algo más de un lustro (un lustro equivale a cinco años para quién no lo sepa), nos contrataron a mi socia Bianca y a mí para recuperar los restos humanos de tres personas que murieron hace algo más de 3.000 años. La jerga arqueológica parece huir de connotaciones emocionales. Es decir, en lugar de decir "fueron enterradas tres personas, dos adultos y un niño, posiblemente una familia", opta por algo más aséptico como "inhumación triple decúbito lateral de dos individuos adultos y otro infantil o subadulto".   Se trataba de la excavación de urgencia de un yacimiento de la Edad del Bronce en la Comunidad de Madrid. Un área poblada de silos, es decir, huecos de contorno circular excavados en la tierra que sirvieron como almacenes de grano, a veces reaprovechados como vertederos y otras, tal que este caso, como fosa funeraria. Cuando digo que era una excavación arqueológica de urgencia me refiero a que las propias labores de excavación arqueológica supusieron para los constructores una indeseada interrupción en la marcha de sus trabajos y por tanto resultó que les urgía la liberación del terreno para ser arrasado y querían que el trabajo de los arqueólogos y restauradores se llevase a cabo en un plazo no muy holgado.

Resultó que en uno de aquellos silos, en uno de esos agujeros en la tierra y cientos de generaciones atrás, fueron enterrados tres seres humanos: una mujer, un hombre y un niño. Me permito la licencia de bautizarles como Aken, Yuna y Ninit. Son nombres totalmente inventados que podrían ser propios de la lengua desconocida que hablasen estos agricultores conocedores de la incipiente metalurgia. Dadas las reducidas dimensiones de la fosa circular, los cuerpos de los adultos fueron depositados con brazos y piernas flexionados. 

Primero fue inhumado el cuerpo del hombre, fallecido a una edad aproximada de cuarenta años; después el de la mujer, algo más joven, en una dirección perpendicular a la de aquel. Finalmente el cuerpo del niño, quizás de unos 9 ó 10 años, alineado con el borde circular de la fosa. La cabeza del adolescente debió quedar en contacto con la del hombre. Los tres esqueletos aparecieron en conexión anatómica y completos a excepción de los huesos de uno de los pies del hombre que faltaban totalmente. Entremezclados con los restos óseos había una tosca vasija rota y una pesa de telar, quizás la que usase Yuna para confeccionar ropa. Los cadáveres fueron cubiertos con varios durmientes de molino, lajas de piedra de tamaño mediano. Finalmente fueron cubiertos de tierra. Los tejidos blandos de los cadáveres se descompusieron y desaparecieron, mientras que los huesos permanecieron casi inertes y ocultos, sumidos en el olvido. Tres vidas muertas, tres historias irrecuperables, tres mentes perdidas en la inmensidad del tiempo. Según la perspectiva de Luis Prosper, ellos siguen vivos en su tiempo, quizás en otros mundos paralelos. 

Más de 3.000 años después de aquel aparentemente sencillo acto funerario, cuando el suelo que pisaron los dueños de aquellos restos había sido cubierto por cerca de un metro de sedimentos, otros seres humanos con una organización social mucho más compleja deciden construir en esa zona un gigantesco estanque de tormentas. Las excavadoras comienzan a trabajar día a día comiéndose el suelo a bocados hasta que un individuo ataviado con casco y chaleco reflectante hace detener las máquinas. La razón es que el movimiento de tierra deja a la vista vestigios de un poblado y restos arqueológicos desperdigados. Un grupo de individuos especializados comienza inmediatamente y a contrarreloj a documentar y excavar lo que parece ser un campo de silos de una población agrícola y ganadera de la Edad del Bronce. Lo hacen con prisa pero también con rigor y método. Toman fotografías, anotan distancias y profundidades y guardan en cajas sigladas todos aquellos objetos y fragmentos que se hallan tras ser contextualizados. En la mayoría de los silos hallan restos de grano; en otros, convertidos en vertederos de la época, una gran acumulación de vasos cerámicos fragmentados, huesos de animales y algún objeto metálico. Y en uno de esos silos, sólo en uno, encuentran restos humanos. Los huesos de Aken, Yuna y Ninit son liberados de la tierra que les cobijó durante tres milenios. Paletines y brochas van poco a poco dejando a la vista las osamentas. Los esqueletos, en sus posturas congeladas, despiertan emociones dispares. Para algunos son básicamente fuentes de información arqueológica. Otros sienten el escalofrío de rozar y asistir a una imagen de su propio destino. Otros sienten empatía con los dueños desposeídos de esos huesos e imaginan su historia. No pueden evitar cierta conmiseración e incluso una injustificada culpabilidad por no respetar el "sueño eterno" de estos tres desconocidos. Me sitúo entre estos últimos aunque soy plenamente consciente de que son sólo huesos, matería orgánica inanimada que un día fue el soporte físico de una entidad viva y pensante. ¿Cómo reaccionarías tú?

Aken, Yuna y Ninit podrían haber sido una familia nuclear, la estructura familiar básica. Probablemente lo fuesen. Vivieron en una pequeña población de agricultores cercana al curso del río Manzanares en un tiempo en el que las vidas debieron sucederse de forma lenta y sin apenas cambio. La economía basada en la agricultura y la ganadería vendría generando desde hacía unos siglos o quizás milenios una serie de excedentes de producción que serían controlados por élites con poder y riqueza. Los conflictos habrían alcanzado proporciones cuasibélicas. La última innovación, la fabricación y uso de utensilios de metal, básicamente aleaciones de cobre, llegó recientemente, quizás sólo unos siglos antes, desde un origen en Mesopotamía tres o cuatro milenios antes. Quizás Aken, un hombre maduro y robusto de 1,75 m., supiera tratar el metal y comerciase con poblaciones vecinas. Yuna, delgada, gracil y  pequeña (1,55 m), recolectaría frutos salvajes y la cosecha y tejería ropas. Molería el grano arrodillada; de ello son testimonio la artritis y las hernias discales que la antropóloga física detectó en sus vertebras lumbares. Mientras, Ninit ayudaría en las labores y jugaría en el río. Un mal día, Aken sufriría una grave herida en su pie izquierdo. La herida se gangrenaría hasta que el brujo o chamán del grupo decidiera cercenarlo. Desde entonces Aken quedaría tullido y necesitaría la ayuda de unas rudimentarias muletas para desplazarse. También debió sufrir por una rotura en las falanges de su mano izquierda y en una costilla del lado derecho. Yuna y Ninit tendrían que ocuparse de las labores que hasta entonces desempeñase el padre. Un conflicto, o más probablemente una enfermedad infecciosa mortal acabaría con sus vidas de forma más o menos simultánea. Los supervivientes inhumarían sus cuerpos en uno de los silos vacíos. Flexionarían sus miembros para adaptarlos a la exigua fosa. Después colocarían junto a los cuerpos una pesa de telar y una vasija, quizás con agua y alimentos para su viaje. Finalmente los cubrirían con las piedras de molino y después con tierra. Quien o quienes llevaran a cabo el enterramiento no parecieron dedicar mucha energía para deshacerse de los cuerpos. ¿Para qué excavar una fosa si hay unos cuantos almacenes de grano vacíos que no han sido aún utilizados como vertedero? Quizás fuese la enfermedad o la desolación tras el ataque. O quizás el rango social de Aken y Yuna fuese bajo y no se consideró que mereciesen exequias elaboradas. Quizás se les enterrase desnudos; ningún adorno personal o complemento fabricado en materiales no perecederos fue recuperado de la improvisada fosa. Finalmente el poblado quedó abandonado y sepultado paulatinamente por sedimentos.

A modo de ejemplo paralelo, diré que en 2005 se constató por primera vez mediante técnicas genéticas el parentesco de un grupo de personas enterradas juntas hace 4.600 años en un poblado neolítico en Alemania, grosso modo un milenio anterior al que nos ocupa. Una de las tumbas contenía los restos de un hombre adulto, una mujer, y dos niños de cuatro y de ocho años. Parecía lógico pensar que formaban una familia y el ADN lo confirmó. Lo terrible es que los arqueólogos comprobaron que todos ellos murieron tras una fuerte oleada de violencia. El cuerpo de uno de los varones adultos presentaba varias fracturas en el cráneo y signos de haber sido atacado por hachas y armas de piedra en su espalda.

Además, mostraba varias fracturas en los antebrazos y en las manos que dan idea de que intentó defenderse. La mujer albergaba un proyectil de silex entre sus vértebras. Los niños debieron ser tarea más fácil, ya que no muestran tanta brutalidad. En esta ocasión, el cuidado que se puso en el entierro sugiere que los supervivientes debieron regresar al lugar de la matanza para enterrar a sus muertos. Esta sepultura y otras del yacimiento presentaban a los cadáveres enterrados cara a cara o con los brazos entrelazados, lo que también sugiere fuertes lazos familiares en vida.

Algo diametralmente opuesto y curiosamente de más o menos el mismo período procede de Mantua, Italia, donde en 2007 se hallaron los esqueletos de dos jóvenes unidos en un abrazo que por capricho del destino se harían conocidos a nivel mundial. Se les conocen como "los amantes de Valdaro". La directora de las excavaciones declaró que es un caso extraordinario. No hay precedentes de un entierro de dos personas abrazándose; y éstos se están abrazando de verdad. Los miembros del equipo admitieron que cuando los descubrieron no pudieron contener sus lágrimas. La directora que, pese a haber estado trabajando en esto durante 25 años, incluso con las terribles evidencias de Pompeya, dijo no haberse sentido nunca tan conmovida. Pese a que se halló una punta de sílex a la altura de las cervicales del esqueleto masculino y un cuchillo en el costado de la mujer a la altura de sus muslos, los exámenes realizados no revelan ninguna evidencia de muerte violenta por lo que estos instrumentos podrían formar parte de un ajuar funerario. Quizás muriesen a causa de una enfermedad de forma más o menos sincrónica. Me inclino a pensar que quizás alguien que supiese de sus profundos sentimientos quisiese enterrarles de este modo. Es fácil que la violencia y la atrocidad dejen su huella arqueológica. Sin embargo es enormemente más complicado que lo hagan el amor y la ternura. Y ese es justo el legado que transmiten estos Romeo y Julieta de hace 5.000 años. Curiosamente, Mantua está a sólo 40 kilómetros al sur de Verona, la ciudad en la que Shakespeare situó la historia.

Volviendo a nuestro caso, no puedo evitar imaginar como habrían reaccionado Aken o Yuna si alguien llegado desde el futuro les dijese que más de 3.000 años después de su muerte, unos individuos especializados en estudiar el pasado remoto desenterrarían sus huesos y los de su hijo para analizarlos, conocer su edad, su sexo, la causa de su muerte, su etnia, su posible relación de parentesco, su dieta, sus enfermedades y algo de la historia de su vida. Y que todo se habría de hacer con urgencia para salvarlo de la acción de unas terribles máquinas que comen la tierra para hacer un gigantesco socavón en el suelo para albergar agua de lluvia. Y que a esos individuos que tocarían sus huesos y los de su familia les tomarían muestras de sangre para contrastar su seña única de identidad (ADN) con el suyo propio para distinguir posibles contaminaciones. Y que sus fracturadas osamentas serían restauradas y exhibidas en un museo, colocadas exactamente en la misma postura en la que quedaron sus cuerpos al ser enterrados. Probablemente no habrían entendido nada y, de lo contrario, posiblemente se habrían sentido horrorizados. Me dice mi compañera al leer esto que a ella le encantaría saber que sus huesos fueran a ser objeto de estudio en un lejano futuro. Siento lo mismo que ella. ¿Y tú?

Por si alguien siente curiosidad, la frontera que separa legalmente excavación arqueológica de profanación estriba en los 100 años contados hacia atrás  a partir del momento de la exhumación. 

La excavadora avanza inexorable y ciega. Su rugido es cada vez más fuerte y cercano Nada le importa lo que destruya su potente e indolente brazo. Los deteriorados esqueletos yacen inertes como testigos mudos de tiempos pretéritos. Más de tres milenios separan la inhumación de la exhumación y del arrasamiento.

En el taller los huesos son limpiados, consolidados y reconstruidos. La deformación confiere a los cráneos un aspecto grotesco y terrible. A veces imagino que me miran atónitos con sus cuencas vacías desde el pasado, desde un mundo desaparecido, y me cuentan su historia. Sostengo en mis manos el cráneo de Ninit, el niño. ¿Cómo sería su diminuto mundo? Su calavera albergó un día un cerebro, una mente quizás brillante; hoy el espacio que habitaron sus ideas, sus recuerdos, sus juegos y sus neuronas está ocupado por un kilogramo de tierra inerte y yerma.

Ante los cráneos dislocados y los huesos destrozados es difícil escapar a varias reflexiones. Sobre la fragilidad de nuestras estructuras, lo efímero de nuestras existencias, la contingencia de la muerte prematura o incluso la nimiedad de nuestro propio ser. El cráneo de Yuna, aún sujeto a las vertebras que un día lo mantuvieron erguido, yace en mi mesa como único testimonio de la existencia de aquella mujer. Una vida más, una entre miles de millones que ya se apagaron, anónima y desconocida. Ella, igual que Aken y su hijo Ninit, resucitan de algún modo a través de este relato, que quiere ser también un homenaje póstumo a estos tres humanos que quiero representen a todos aquellos muertos anónimos privados de sus vidas por otros humanos de forma prematura, violenta o a causa de enfermedades.

Tras la excavación arqueológica lo remanente del poblado queda vacío, como si hubiese sido expoliado. Sólo permanecen a la vista una docena de agujeros circulares vacíos en el suelo. Se pasa página en el casi infinito libro del pasado, escrito en un lenguaje ambiguo y abstruso del que sólo conocemos algunas palabras. Su letra es diminuta y borrosa.

Es el momento ansiado por las excavadoras que con los dientes de sus palas arrasan en unas horas lo que otrora fuese el escenario de las vidas de un grupo humano. Quién sabe si alguno de ellos fue un lejanísimo antepasado tuyo. 

Esos silos que cuando dejan de guardar grano pasan a ser vertederos, almacenes definitivos de lo que ya no sirve para nada, de lo que sobra, de lo que se nutrirán las bacterias, de lo que ya ha sido usado y se convertirá en polvo. 


Odio y amor, violencia y ternura quedan y permanecen congelados en las posturas que conservan las carcasas de los cuerpos de unas gentes que vivían casi exclusivamente de lo que tomaban de la tierra para, tras la muerte, devolverle esa materia orgánica ofreciendo lo único que queda de ellos, sus cuerpos inanes. Materia orgánica que deviene en trasunto de lo que fue, transmutando y dando vida a anélidos y herbáceas. Cerebros de reptil, agresivos y territoriales, cubiertos por una corteza neuronal de mamífero donde reside lo que llamamos sentimiento. Fosas de amor y de atrocidad. Capaces y autores de lo sublime y de lo brutal, pero todos perecederos e iguales tras la muerte. 

Los esqueletos de Aken, Yuna y Ninit yacen hoy en un museo, colocados en la misma disposición en que fueron depositados sus cuerpos al ser enterrados. En sentido figurado nos muestran las vidas de los muertos, las peculiares vidas de estos tres muertos y un vistazo fugaz de lo que fueron sus vidas perdidas en el tiempo.



















miércoles, 31 de julio de 2013

ALGUIEN PUBLICÓ EN MI MURO... HACE 257 AÑOS.

 
Imagen del monasterio de el paular en invierno.
El título de esta entrada seguro que causa sorpresa y, como no podría ser de otro modo, escepticismo. Dicho título tiene algo de ambiguo y algo de cierto a la vez. De rigurosamente cierto. Me explicaré. Pero antes permitidme que haga una necesaria introducción. 

Hay gente que me conoce como arqueólogo, que suena muy bien y muy peliculero. Es cierto, pero lo que me ha dado hasta ahora de comer es la conservación de bienes culturales. Soy restaurador. Nada que ver con la cocina, faceta en la cual soy un perfecto inútil. Estoy especializado en bienes y piezas arqueológicas, pero no es lo único que he restaurado. En esta ocasión, la que corresponde a la curiosa historia que voy a contar, se trataba de una enorme librería de madera de nogal. 

Corría el año 1996. No recuerdo si acababa de ganar Aznar las elecciones o estaba a punto de hacerlo. Esto es irrelevante. Yo tenía, y aún tengo pese a todo, una empresa dedicada a la restauración de bienes culturales. Nos habían adjudicado (limpiamente y sin donaciones, claro) un contrato que consistía en la restauración de la librería de la biblioteca de un conocido monasterio de la comunidad de Madrid.



Nos encargamos de ello tres personas, mi socia, un contratado, y yo. Se trataba de una enorme librería realizada en madera de nogal y pino que recorría los cuatro muros de la biblioteca, de 12 x 6 metros. El techo era abovedado y mostraba las típicas imágenes de santos y angelotes que ya habíamos restaurado el año anterior. La librería constaba de 22 módulos de 4 metros de altura coronados por frisos, pináculos y crestería. Todo muy barroco, claro. Nuestro trabajo consistía en desmontar la librería, sanear los muros donde apoyaba, restaurar la librería en sí y volverla a colocar en su sitio. Un trabajo ímprobo.
 
Decidimos utilizar una polea diferencial acoplada a una estructura de andamio con ruedas para ir desmontando (previo desclavado) cada uno de los 22 módulos de unos 400 kilos cada uno. El trabajo era minucioso y lento para minimizar el riesgo de accidentes o graves deterioros. Y había que emplear mucha fuerza para desplazar el andamio con su pesada carga por un suelo bastante irregular.

Una mañana de junio yo estaba subido a la propia librería desclavando estructuras para su desmontaje mientras mi socia limpiaba las traseras de algunos módulos ya desmontados. Tenían hongos, telarañas y polvo de siglos. Se trabajaba muy a gusto allí. Se escuchaba de fondo el canto gregoriano de los monjes así como el de los pájaros en el jardín y el claustro. La fragancia de la madera inundaba la estancia. Todo parecía estar en perfecto orden. De repente y sin previo aviso mi socia empieza a gritar.

-Carlos! Baja! Corre! Baja ahora mismo!
-¿Pero qué pasa? ¿Estás bien?
-Sï! Pero baja a ver esto! 


Yo, intrigadísimo, bajé inmediatamente del andamio y corrí hasta donde estaba mi socia que permanecía con cara de perplejidad mirando la trasera de madera de pino de uno de los módulos. Tenía en la mano una brocha y hasta hacía un momento estaba retirando el polvo y los hongos de la madera.

-¿Qué pasa? ¿Qué has visto?
-Mira!

Donde primero puse mi vista fue en un clavo. Un clavo muy grande de forja, de sección cuadrada. Estaba clavado en un nudo de la madera. Para quien no lo sepa, a veces es complicado insertar un clavo en un nudo por la dureza de éste, doblándose la punta del clavo. Otras veces el golpe hace que se escupa el nudo debido a la diferencia de dureza entre éste y el resto de la madera. Pero no, el clavo estaba perfectamente clavado. Hasta ahí podría parecer una mera curiosidad. Pero junto al clavo había algo escrito. Era una letra historiada, barroca, hecha con grafito y con una caligrafía esmerada aunque algo torpe. Estaba muy desvaída por lo que en un principio no logramos entender lo que ponía. Pero probamos a pulverizar alcohol para saturar el tono y hacer alguna fotografía de detalle. Entonces no existía la fotografía digital, por lo que habría que esperar a revelar el carrete. Y la curiosidad nos podía, así que decidimos dedicar la mañana íntegra a descifrar lo que allí se había escrito. Nos costó cerca de una hora pero al final lo conseguimos. El resultado nos dejó impresionados, casi extasiados. Teníamos la sensación de estar viviendo algo único, algo que sólo pasa una vez en la vida. O no pasa jamás, claro. Lo que allí se escribió, concretamente en el año del señor de 1739, estaba inequívocamente dirigido a nosotros dos. Sin la menor duda ni posibilidad de error. Parece un acertijo para que intentéis cuadrar el relato, para que penséis: ¿Qué es lo que allí ponía? ¿Quién lo escribió?. Pero no es así, es totalmente cierto y real, sin la menor tergiversación o exageración. 
















Se leía lo siguiente, transcrito tal cual: 


"Este clabo púsolo aquí Zeledonio Marín el año de 1739 a 20 de abril que puede ser que algunos de los que desarmen la librería les puede hacer falta"

Y los que desarmaban la librería 257 años después de ser construida éramos precisamente nosotros. Era una broma que aquel ingenioso carpintero nos enviaba a través del tiempo. Desde que lo escribió hasta que llegó a sus destinatarios tuvieron lugar la revolución francesa, la rusa, las dos guerras mundiales, la civil española y la llegada del ser humano a la luna. Y, por los pelos, la llegada de Aznar al poder. Pero el mensaje llegó, alto y claro. Recuerdo que inmediatamente después de descifrarlo se me pasó por la cabeza la estúpida y peregrina idea de contestar al carpintero. La idea duró unas centésimas de segundo y lógicamente no escapó de entre mis neuronas. 


Intentamos imaginar el aspecto de Zeledonio, vestido a la usanza del siglo XVIII. Investigamos por la recién aparecida Internet pero nada hallamos como era de esperar. Sólo llegamos a la conclusión de que Zeledonio sería probablemente gallego. Por su apellido, Marín, y por lo de "púsolo". 


Debajo del escrito de Zeledonio yo escribí algo, pero no os voy a contar qué puse. Será secreto hasta que alguien vuelva a desmontar la librería si es que esto ocurre.

Días después encontramos muchas más cosas al retirar los muebles. En casa siempre aparece algo al retirar alguno: cualquier cosa que los gatos hayan usado como juguete. Pues imaginemos que no habría aparecido tras 257 años. Entre lo hallado estaba el compás y la parte metálica del martillo de Zeledonio. Se le debieron caer por detrás de la librería ya medio ensamblada. 


Durante la ocupación napoleónica, la librería funcionó como frutería, por lo que aparecieron numerosos "huesos" de frutas, cascaras de nuez, etc. También algunas hojas de los libros que se utilizaban para envolver la mercancía. Además apareció un hisopo de bronce, un chisme acabado en una bola con agujeritos con el cual los obispos echaban gotas de agua "bendita" donde se les antojaba. También apareció una bala de la guerra civil y numerosos cadáveres de golondrina. Las pobres aves entraban por la puerta que daba al jardín e intentaban salir por las troneras de la bóveda que los monjes mantenían cerradas. Terminaban exhaustas y morían. Nosotros abrimos esas ventanas para que las nuevas que entrasen tuvieran una escapatoria.


En fin, la nave Voyager 1 sigue viajando desde 1976 y hoy día está saliendo del sistema solar. Lleva un disco de platino con saludos en múltiples idiomas de la Tierra y en lenguaje matemático por si llegara a caer en manos de alguna otra especie inteligente. Quizás jamás ningún ser acceda a ese disco. Cuantos mensajes lanzados en el tiempo se habrán perdido irremisiblemente. Yo recuperé uno y envié otro. Por así decirlo, aquella trasera de la librería era el tablón de mensajes de aquel carpintero, su muro o biografía en términos de facebook. El mensaje fue un tanto trivial, una mera broma, pero hizo que el vello de mis brazos se erizase dolorosamente. Incluso ahora que lo rememoro siento un vértigo temporal y un no sé que en el estómago.
Esto ocurría hace un cuarto de milenio, y no en Cuarto Milenio, aunque quizás les interesase esta historia añadiéndole un poco de misterio.



 


viernes, 12 de julio de 2013

VIAJE A LOS CONFINES CONOCIDOS DEL COSMOS. 1.- LA LUNA. La belleza de la realidad.

Mientras lees sobre la Luna, quizás te apetezca escuchar el adagio de la Sonata del claro del luna de Beethoven.  (Ábrelo en ventana o pestaña nueva)

La Luna. Primera etapa de mi viaje mental en cualquier dirección y sentido del espacio. Tras despegar y atravesar la atmósfera y adentrarme en el falso vacío interplanetario me acerco al único satélite natural de la Tierra, una roca esférica a la que llamamos Luna. Escribiré sobre "ella" tratando de contagiar la admiración por la belleza que rezuma de la realidad que vamos desvelando poco a poco, derribando mitos y creencias falsas.

Suponemos que los humanos somos los únicos seres sobre la Tierra que tenemos algún tipo de consciencia sobre la Luna, aunque esta creencia podría ser errónea. Quizás un delfín se cuestione de algún modo sobre la esfera iluminada que probablemente vea cada noche durante sus suaves y silenciosas acrobacias. Lo cierto es que, al menos entre los seres terrestres, los primates parecemos ser los únicos que miramos al cielo. Y con certeza lo venimos haciendo desde hace miles de años. No podía ser de otro modo; la Luna y el Sol están presentes de una manera u otra en todas y cada una de las culturas, cosmogonías, filosofías, religiones, mitos y cultos habidos. Está presente en la literatura, la poesía, la música, la pintura, la fotografía y el cine. Y como no, en la ciencia. Los seres que poblamos la Tierra somos y vivimos así, mediatizados por muchos factores de toda índole. Y uno de ellos es la presencia de la Luna, por lo que sin ella no podríamos vivir y, de no haber existido, la evolución de la vida en la Tierra habría sido impredecible y, con certeza, diferente. Está claro que en mayor o menor medida, todos los seres humanos nos sentimos vinculados a nuestro vecino planetario. Y ese sentimiento de vinculación está plenamente justificado por el papel crucial de la Luna en la concatenación de hitos que ha llevado a nuestra mera existencia.

Empezaré hablando sobre su origen. ¿Qué es la Luna realmente? Mucha gente respondería que es un satélite que da vueltas alrededor de la Tierra y ahí se detendría. Quizás tú respondieras así. Otras personas recurrirían inmediatamente a la mitología para describirla. Pero está claro que hay muchas más cuestiones que tratar al respecto.  Comencemos con su nacimiento. Básicamente, hay tres hipótesis serias. Una de ellas considera la posibilidad de que la Luna fuese capturada por la gravedad terrestre y quedase atrapada en su órbita (como nos ocurre a veces a los humanos cuando caemos en el campo de atracción de otra persona y orbitamos en torno a ella sin poder escapar) . Pero la masa de la luna, la mayor de entre los satélites del sistema solar en relación al planeta al que orbita, es demasiado elevada para que se produjese esta captura; la luna seguiría su camino tras sólo una leve distorsión de su trayectoria, tan pichi. Otra hipótesis es que cuando la Tierra era poco más que una esfera de roca fundida rotando a gran velocidad, una porción de dicha roca se desgajase de la Tierra (como un pegote de mahonesa saliendo disparado de la batidora) y finalmente se enfriase y solidificase independizada de la Tierra y orbitándola. Pero físicamente resulta muy poco plausible.

La tercera hipótesis es la más sólida y la que configura el paradigma actual. En una etapa relativamente temprana de la formación del sistema solar, incontables planetesimales unidos entre sí por acreción irían colisionando entre sí formando planetas y planetoides orbitando al sol y recibiendo incontables colisiones de elementos rocosos de menor tamaño (como una manifestación a la que se van agregando personas según avanza). La hipótesis supone que un planetoide del tamaño de Marte (en torno a la mitad del de la Tierra) colisionaría con nuestro planeta a una velocidad de 11 kilómetros por segundo. El colosal impacto acabaría con el planetoide (llamado Thea u Orpheus, o como nos de la gana llamarlo). La Tierra sobrevivió. 

Puede verse en este vídeo una hipnótica recreación del impacto. Con música de John Murphy.

El impacto provocó la eyección al espacio de ingentes cantidades de roca fundida que quedarían en órbita colisionando entre sí y conformando poco a poco una sola gran esfera. El impacto hubo de producirse con un ángulo muy oblicuo para que se pudiese formar la luna. De haber sido frontal, los materiales eyectados habrían quedado formando un anillo muy cercano a la Tierra y ésta se los habría "tragado". Probablemente se tratase de un doble impacto: una primera colisión tangencial seguida de otra frontal de los materiales eyectados ya en proceso de acreción. El proceso duraría solamente un fin de semana mientras que la Luna se enfriaría y se consolidaría en unos 100 años.  La incipiente vida en la Tierra se puso a cero y recomenzó, iniciándose lo que podríamos llamar Tierra 2.o. En un principio la Luna quedaría orbitando a la Tierra a una distancia muchísimo menor que la actual. Si alguien hubiera podido estar sobre la Tierra en aquel momento, habría visto una Luna gigantesca, casi 20 veces más grande de lo que la vemos hoy día. La Tierra giraría sobre sí misma mucho más rápido de lo que lo hace hoy en día. Un día duraría entonces sólo 4 horas (¡no daría tiempo a nada!) y el influjo gravitatorio de la Luna sobre la Tierra sería 4.000 veces superior al actual. Este influjo gravitatorio de la Luna provoca deformaciones en las masas de agua de la Tierra, protuberancias que se desplazan al paso de la Luna. Pero la Tierra al rotar empuja estas protuberancias de marea generando un efecto sobre la luna conocido como torque. Las consecuencias son la aceleración de la velocidad orbital de la Luna y la ralentización de la rotación terrestre.  Resumiendo y para que se entienda bien, es un hecho constatado que la Luna se aleja progresivamente de la Tierra a un ritmo de 4 centímetros al año. Tras su formación la Luna estaría a unos 21.000 kilómetros y en la actualidad casi a 385.000.  Esto hace que los días sean cada vez más largos y que el  efecto estabilizador que ejerce la Luna sobre el eje de la Tierra sea cada vez menor. En un lejanísimo futuro, la Luna terminaría escapando del tirón gravitatorio de la Tierra, pero parece ser el Sol consumiría antes su combustible de hidrógeno y calcinaría todo a su paso al convertirse en una gigante roja.

Cabe preguntarse qué ocurriría si la Luna desapareciese repentinamente. Sería catastrófico. La Luna estabiliza el eje de rotación de la Tierra.  Si desapareciese, la Tierra comenzaría a rotar de forma caótica, lo que a su vez generaría unos cambios climáticos dramáticos e impredecibles, alterando drástica y azarosamente  la duración de los días y de las estaciones, destruyendo lo que llamamos civilización y causando extinciones masivas.


Ahora bien, si bien es cierto que la existencia de la Luna ha sido esencial para nuestro desarrollo, los humanos hemos venido dando rienda suelta a nuestra imaginación desde hace miles de años generando mitos y creencias falsos y en ocasiones absurdas sobre el influjo del satélite. Locura, epilepsia, agresividad, menstruación, insomnio, crecimiento capilar, variación en el éxito de la cosecha además de un sin fin de supersticiones. Citaré brevemente, a modo de ejemplo, una que resulta tan absurda que raya en la comicidad. Popular en tiempos en la Galicia interior, aseguraba que se podía conocer el sexo de una criatura antes de su nacimiento haciendo una pregunta a la madre. Cuando se la observase despistada, se le haría la siguiente pregunta repentinamente: "¿Qué llevas en la mano?". La futura madre, como cualquier otra persona, mirará una de sus manos instintivamente. Si mira su mano derecha, alumbraría a un varón, y una mujer si mira su mano izquierda. Pero esta pregunta había de realizarse forzosamente habiendo luna creciente para que tuviese validez.  Muchísimas personas consideran que el estado de la luna en el momento del nacimiento de una persona marca de forma indeleble su personalidad e incluso su destino.


Pero centrándonos en las creencias más extendidas, una de ellas cree encontrar apoyo en el hecho constatado de las mareas. Mucha gente argumenta que al estar nuestro organismo compuesto principalmente por agua, la luna debe afectarnos igual que lo hace con el agua de los océanos. Hay varias líneas de evidencia que desmontan totalmente esta asunción. En primer lugar, la marea es algo que ocurre a gran escala y se basa en la diferencia en cuanto a la fuerza del efecto gravitatorio que sufre la zona más cercana a la masa (en este caso la Luna) y la zona más alejada. Así, en la zona oceánica más cercana a la Luna se produce un abombamiento en dirección a ésta.  En los tiempos en los que la Luna acababa de formarse y estaba tan solo a 21.000 kilómetros de la Tierra, las mareas podrían haber llegado hasta 3 kilómetros en el nivel del océano, cuando en la actualidad no pasa de 3 metros. Si aplicamos este principio al cuerpo humano, tendríamos que suponer algo tan peregrino como que el agua de nuestra cabeza es atraída hacia la Luna con más fuerza que el agua que compone nuestros pies. !Por estar tan solo separados 1,80 metros de media! Y eso sólo cuando permanecemos de pie. Y ya para rematar el asunto, el agua que nos compone no es agua libre, sino integrada en los tejidos, por lo que no se comportaría jamás como un líquido (como el mar) sino como un sólido.  Por otro lado, las mareas en lagos o ríos no existen o son prácticamente nulas.


Por lo que se refiere a la influencia de la Luna en la menstruación, cabe decir que el ciclo menstrual de la mujer en realidad varía en longitud y sincronismo, muchísimo en algunos casos, con respecto a la media de 28 días, mientras que el ciclo lunar está más cerca de los 29,5 días. Hay un estudio realizado tan solo  con 312 mujeres de un tal Cutler, en 1980, publicado en American Journal of Obstetrics & Gynecology. Este estudio afirma una conexión al encontrar que el 40% de las participantes tenían la llegada de la menstruación en un plazo de 2 semanas alrededor de la Luna llena (¡lo que significa que el restante 60% por ciento no!). Es obvio que este estudio, citado muy a menudo, no  demuestra absolutamente nada. Curiosamente hasta la fecha nadie ha publicado nada serio que apoye estas supuestas conclusiones.

En cuanto a la locura, la epilepsia, la agresividad, etc., etc, supuestamente propiciada por la Luna llena, está claro que los medios de iluminación eléctrica y las persianas han eliminado en gran parte la única fuente plausible de estos hipotéticos trastornos, es decir, la mayor luz solar reflejada por la Luna. A la hora de preguntarnos la razón de que subsistan estos mitos, podemos aplicar lo mismo que para desbaratar la astrología, que nuestras expectativas influyen en nuestras percepciones  y que tendemos a buscar "pruebas" que "confirmen" nuestras creencias. Cuando suceden cosas extrañas durante la Luna llena, mucha gente asocia ambos hechos y se asombra. Cuando ocurren durante el resto del mes no se vinculan a ningún evento cósmico. Así de sencillo. Y finalmente un argumento devastador. Las mareas más altas no tienen lugar sólo en la Luna llena, sino también en la Luna nueva, cuando la Luna está, invisible para nosotros, entre la Tierra y el Sol, y nuestro planeta siente el efecto gravitatorio combinado de estos dos astros.  Y que yo sepa nadie ha asociado nada a esta fase lunar.



Mucho más interesante es la influencia de la Luna en las artes. Quizás la literatura y la poesía sean las que más han recogido su presencia en nuestras vidas, aunque también ha inspirado a músicos de muy diversos estilos y a cineastas.  En cualquier caso, está en el imaginario colectivo como símbolo de la noche, del silencio, del sueño y del descanso. Evoca emociones positivas, es protagonista de incontables metáforas y se exalta su belleza desde la infancia. He aquí un vídeo que he montado con una interpretación de Daniel Baremboim de una de las obras musicales más bellas jamás escrita, inspirada en la Luna.

Y es aquí donde quiero llegar. En ocasiones he sido criticado (igual que más personas, imagino) por, según dicen, quitarle la magia a la Luna. Por hablar de su realidad, de lo que es básicamente. Y sobre todo por desmontar todos esos mitos y creencias esotéricas que no hacen otra cosa que fomentar y perpetuar la ignorancia al respecto. Y yo creo que hay mucha más belleza y "magia" en la Luna (y en cualquier otro astro) de la que perciben esas personas que me tachan de quitársela. Pienso en su origen, en su naturaleza, en su influjo REAL en la Tierra, en la fuente de conocimiento que supone, en las ventajas que ofrece para la exploración del sistema solar y más allá, en la inspiración que regala a nuestras emociones y, sobre todo, en su papel clave para el devenir de la vida en la Tierra y para la preservación de nuestras propias vidas. Me parece todo esto mucho más bello, evocador y estimulante que el conjunto de mitos y patrañas  que emborronan la realidad.


Ha sido mi intención en este texto la de arrojar un poco de luz sobre esas oscuras creencias medievales que perduran, la bella luz del conocimiento que me limito a recoger y transmitir.  La misma luz solar que refleja la Luna llena e inunda de penunbra plateada las noches de la Tierra.

sábado, 15 de junio de 2013

Ciclos vitales, azar y destino.

En esta entrada me salgo un poco de la línea marcada, pero me apetece hablar de esto.

El título puede sonar ambiguo. Y lo es. Va a ser un intento de poner en palabras una sensación que a veces me asalta y me fascina. Dado que me resulta casi imposible definir, diré que tiene algo que ver con el deja-vu, con los sueños, con la realidad y la irrealidad, con la contingencia, con la probabilidad, con el destino, con la memoria, con el caos, con la determinación, con los deseos, con la energía, con la intuición, con el tiempo, con la adicción, con la empatía y con el azar. Esa sensación, que imagino será compartida en mayor o menor medida por casi todos los humanos, no deja de ser una ilusión, un especie de espejismo perceptual, una suerte de broma de mi propia mente. Igual que puedo contemplar una rotunda escultura de Bernini desde todos sus ángulos y perspectivas, dicha ilusión me permite en ocasiones contemplar una vivencia, una escena, desde el pasado y desde el futuro. Insisto en que hablo de ello como una ilusión, no como una experiencia real. O quizás sí la pueda llamar real en tanto en cuanto la percibo como tal. Pues bien, este artículo hablará de una de esas ocasiones en que he percibido la ilusión descrita. Desde hace muy pocos días puedo contemplar desde el futuro la experiencia que paso a narrar.

  En torno a las 24:00 horas de un día cualquiera de la         primavera de 1983. Madrid. Sala Rockola. Etapa histórica conocida como Transición. Yo estoy bailando en la pista de la sala después de haber visto un concierto de B-Movie. Magín y  Pepo Perandones están en la cabina poniendo música. Suena "The wheel" de Spear of destiny. Termina el tema y un breve silencio antecede a las palabras de uno de ellos mientras empiezan a sonar las primeras notas de "The Walk" de The Cure: "El próximo viernes 28 y sábado 29 de mayo estarán Bauhaus en directo en Rockola". Un escalofrío recorre mi espina dorsal mientras me detengo a observar las expresiones de la gente ante la noticia. Es, junto a Joy Division, la banda que con más intensidad deseo ver en directo. Continúo moviendo mis 17 años en la pista de baile, imaginando y soñando. A unos metros de mí, también baila mi compañero de colegio Julio de la Cruz. Hace unos días me ha mostrado un comic que está dibujando a plumilla en el que imagina a Peter Murphy como un ser extraterrestre que llega a la Tierra para conocer la música de sus habitantes. Meses después ganaría un concurso de carteles organizado por Rockola y cuyo premio fue un viaje a Londres con todos los gastos pagados de una semana. Entre el público distingo una cara masculina conocida, no sólo de Rockola sino de algo más. Me resulta muy familiar, pero no logro ubicarla. Lleva una cresta mohicana rubia y una camiseta de rejilla. Tiene mi edad y los ojos claros. Creo que toca la guitarra en algún grupo; un día de estos le saludo y le pregunto. Continúo bailando. Suena "Modern love" de David Bowie, "Never stop" de Echo and the Bunnymen, "Isolation" de Joy Division, etc, etc. Son las 4 de la madrugada y vuelvo andando a casa junto a mi amigo Julio. Hablamos de la gente que hemos conocido, de los exámenes que tenemos a la vista y de alguna que otra chica. Llego a casa. Mi madre se despierta de su cabezada en el sillón mientras me espera. Me recrimina la hora de llegada y se acuesta. Yo, bastante cansado, hago lo mismo. Comienzo a soñar. Estoy en los camerinos de una sala, muy parecida a Rockola. Por allí están los miembros de Bauhaus, preparándose para salir a escena. Peter Murphy se maquilla. Sin saber ni como ni porque, tengo la certeza de que yo también voy a salir al escenario. Estoy nervioso. Los componentes de mi grupo, caras completamente desconocidas parecen estar más tranquilos. Es nuestro momento, vamos a salir. Salimos al escenario. Mi sueño se difumina en imágenes aleatorias y confusas. A la mañana siguiente y con un café en la mano recuerdo el sueño y sonrío.


Mañana de domingo de 1989. Han pasado algo más de 6 años desde el anuncio de aquel concierto que nunca llegó a celebrarse. Me acabo de despertar desorientado en una casa ajena. Hace calor. Me incorporo y miro a mí alrededor, me ubico. Estoy en casa de Mario. Es aquel tipo cuya cara me sonaba en Rockola. Habíamos estado la noche anterior tomando algo por la zona de las Vistillas. Mientras me desperezo deambulo por el salón. Veo cuadros, libros, y figuritas. Lo típico. Me detengo en un diploma enmarcado y leo algo que me hace despertar repentinamente. En el diploma figura el nombre de Mario y, lógicamente, su apellido. En una fracción de segundo relaciono al amigo que aún duerme en su habitación con el tipo de la cresta de Rockola y, sobre todo, ahí está la sorpresa, con un compañero de colegio. Vienen a mi mente flashes de mi infancia como instantáneas neuronales, imágenes en las que aparece Mario siendo niño y que por azar mi cerebro archivó. Sobrecogido por la coincidencia acudo a su dormitorio y le despierto. Meses después haríamos un viaje a las islas Cíes.

Mario es guitarrista y compositor en "La Red". Ensayan en un local de la calle Pelayo de Madrid. Estoy allí con ellos tomándome una cerveza. Tita toma fotografías de las guitarras y de detalles que le llaman la atención en el local. Yo veo una guitarra acústica y sin dudarlo me pongo a tocar improvisando sobre lo que hacían ellos. Siento que me apetece seguir tocando e imagino que quizás un día sea realidad. Son muy buenos. Sé que pueden triunfar. Tienen todo lo necesario. Quién sabe, quizás algún día.

Una tarde de otoño de 2011. Han pasado más de 20 años. Me dirijo en bicicleta a casa de Mario. Atravieso la casa de campo. Tengo una buena intuición aunque no sé exactamente sobre qué. Desde hace un tiempo él lleva reuniéndose con Javier, el que fuera bajista de La Red, para tocar y componer. Yo voy a escuchar lo que hacen. Empiezan a tocar algo. Bajo y guitarra sobre una base programada. Me gusta. Suena  bastante a Siouxsie and the Banshees, a The Cure o a Joy Division.


Repiten la canción varias veces. Yo escucho y voy tarareando melodías.Para entenderse entre ellos, a dicha protocanción la llaman "Evolution". Le pido a Mario un micrófono y me pongo a canturrerar en inglés sobre la música. Empieza a surgir algo. Parece que hay sinergia. Mario saca una cámara de un cajón y hace algunas fotografías. Después coloca la cámara con un pequeño trípode y graba en vídeo mientras la repetimos. Subo de nuevo a mi bicicleta y vuelvo a casa. Intuyo que eso no va a quedar ahí. Un mosquito nos ha picado a los tres y nos ha inoculado algo. Pedaleo con energía mientras recuerdo aquellos ensayos de La Red de hace dos décadas y me digo: "mira, al final puede que acabes haciendo música con ellos". Nos llamaríamos RADAR.

Es 3 de marzo de 2013. Se viene rumoreando que Peter Murhy, cantante de Bauhaus, va a hacer una gran gira con repertorio antiguo, el que tenía hasta el año 1983. Año éste en el que estaba anunciado su concierto en Rockola que no llegó a hacerse realidad por la disolución del grupo. Veo en facebook anunciados sus próximos conciertos en Madrid y en Barcelona. En la cartel puede leerse: "Peter Murphy. Mr. Moonlight tour + Artista invitado". El concierto en Madrid será en la sala Arena donde casualmente trabaja Pepo Perandones como programador de conciertos. Sí, casualmente el mismo que en 1983 anunciaba en Rockola el inminente concierto de Bauhaus. Escribo al bueno de Pepo y le comento, por si suena la flauta, que me encantaría que RADAR fuese ese artista invitado. Me pone en contacto con la agencia promotora. Envío muestras de nuestra música, y a esperar.

Es 20 de mayo. Como cualquier día, abro mi correo electrónico, Hay un mensaje del promotor del concierto. Una intuición me hierve en el cerebro. Es afirmativo, RADAR vamos a tocar junto a Peter Murphy en 9 días. Una especie de fiesta surge en mi mente; fluyen planes, ideas, y recuerdos. Y sí, también esa ilusión de contemplar una experiencia desde el pasado. Viene a mi mente el sueño que tuve aquella noche del 83, precisamente la noche que supe que Bauhaus vendrían a Madrid, ese sueño en el que yo saldría al mismo escenario que ellos. Si nada lo impedía, ese sueño (en el sentido literal; sueño inconsciente) iba a hacerse realidad.

Es 29 de mayo de 2013. Ha terminado nuestro concierto y también el de Peter Murphy. El público abandona la sala. Nosotros recogemos nuestro equipo. Yo he traído de casa el comic que dibujó mi amigo Julio en 1983, el comic sobre bauhaus, con la intención de que Peter Murphy lo firme. No es posible, pero al final lo que firma es la guitarra de Mario, como ya he dicho, también compañero de colegio.

Los ciclos se van cerrando. Ciclos de 30 años casi exactos, con los mismos personajes, los mismos sueños y deseos. No es mero azar porque hay una querencia, una predisposición mía que empuja a que las cosas salgan de una determinada manera. Pero ese empuje no suele bastar. Hay gente que me diría que es la magia. O quizás me digan que estaba escrito y que yo lo he visto todo realmente desde el futuro porque de algún modo podemos viajar en el tiempo y que cuando yo soñé en 1983, lo que hice fue viajar hasta 2013 y ver lo que ocurría. Sea como fuere, tengo la percepción de que ha sido todo muy especial.Visualizo realmente un círculo que comienza a delinearse en 1983 y que se cierra 30 años después, hace unos días. Unas coincidencias asombrosas que por unos instantes me hacen dudar en mi a menudo inflexible racionalismo.

Publico esto el día de mi cumpleaños. Es mi propio regalo. En él hay también muchos agradecimientos implícitos. Decidme; lo de aquí abajo ¿ha sido real o lo he soñado otra vez?



sábado, 20 de abril de 2013

Lots of questions.


Bienvenidos/as al blog QUESTIONS de Carlos Burguete. 

Tomando el título de una de las canciones de mi grupo, RADAR, me planteo mostrar las cosas por las que me he preguntado desde niño, las que me pregunto ahora y las que intuyo me preguntaré antes de morir. Empezaré con la primera pregunta que recuerdo me asaltase. Tendría siete u ocho años e, inevitablemente y pese al ateísmo de mi padre, me crié en la noción de que el ser humano y resto de especies animales y vegetales tuvo su origen en alguna fecha no demasiado lejana en el tiempo; la creación en siete días, Adán y Eva, etc etc. En mi ignorancia infantil, asociaba la "creación de Adán y Eva" con el nacimiento de "Jesucristo". Un día de verano, mientras comíamos, mi padre dijo algo sobre la Grecia Clásica y me dijo que los griegos de aquella época vivieron antes de que naciese el citado mesías. Mi perplejidad fue enorme y recuerdo perfectamente como me corrió un escalofrío por la nuca al comenzar a imaginar como serían aquellos seres humanos previos a la creación de "Jesucristo" y, por tanto y en mi desconocimiento, previos a la misma creación de la humanidad. La contradicción estaba servida. ¿Cómo podría haber seres humanos antes de la creación de los seres humanos? Algo fallaba de forma obvia. Al poco tiempo, mi padre nos regalaba una colección de libros llamada "Vida íntima de los animales", con unas maravillosas ilustraciones de Zdenek Burian. Devoré los más de veinte volúmenes, especialmente el dedicado a la "Prehistoria" (entrecomillo Prehistoria dado que me parece totalmente inadecuado utilizar este término, que alude al devenir humano antes de las primeras fuentes escritas, para situar en el tiempo a animales, humanos incluidos, que han vivido desde hace 4.500 millones de años hasta la reciente aparición de la escritura). En ese libro se hablaba de los primeros peces, anfibios, reptiles, dinosaurios, mamíferos y aves. Cada página aludía a una especie. La enorme calidad de los dibujos de Burian me sobrecogió e imaginé un mundo fantástico poblado por criaturas casi impensables. La última página del libro estaba dedicada al "Pitecántropo" (hombre-mono). Aludía a lo que hoy conocemos como Homo Erectus (otro nombre obsoleto e inaproiado) de Java o China. En la breve descripción que se hacía del pitecántropo, se leía "en él se encendió la chispa divina" o algo similar. El autor del libro situaba en este punto de la evolución la mediación de algún ser supremo, dotando al linaje humano de todo aquello que le caracteriza.

Sea como fuere, la chispa que realmente se encendió fue la de mi curiosidad absoluta por el tema, que se fue ampliando a todas las formas de vida y sus orígenes, y hoy a especulaciones sobre vida en otros planetas. Veinticinco años después iniciaba una Tesis Doctoral sobre las capacidades cognitivas de los neanderthales. Adjunto una de las imágenes de Zdenek Burian que ilustraban aquel libro que aún conservo. Sirva esta primera entrada en QUESTIONS como introducción y como anuncio de los temas sobre los que escribiré y profundizaré, que son básicamente los que me apasionan:




  • Paleoantropología 
  • Paleontología
  • Geología
  • Arqueología
  • Biología
  • Cosmología
  • Astrofísica
  • Física de partículas
  • Matemáticas
  • Música



Anuncio que mi posicionamiento es científico y positivista, pero estaré encantado de sumirme en encarnizados debates sobre el tema que sea. Eso sí, soy duro de roer, aviso ;-)
Os dejo el vídeo de la canción que da nombre a este blog "Questions", de RADAR, mi grupo junto a Mario Paje y Javier Sánchez.