martes, 3 de marzo de 2015

DEL PATRIMONIO, EL OPORTUNISMO Y EL PARASITISMO

Hay gente que pasa por la vida saqueando todo aquello que puede. Y esta historia, real como la vida misma, está protagonizada por mí y por un tipo lamentable. No sé si yo seré lamentable también, pero a su lado soy un cúmulo de virtudes. Las situaciones kafkianas por las que me hizo pasar este sujeto son dignas de ser contadas para indignación del lector.

Hablo de estas personas que en la infancia se apropian de los pasteles ajenos o culpan a otros niños de sus fechorías. Pero los niños no nacen conociendo el corpus de normas y preceptos que, en mayor o menor medida, rigen las sociedades humanas. De ahí que se les eduque con unos valores, ya sea desde la religión o desde la ética, para que encajen lo mejor posible en una estructura normativa básica. Hay gente que no recibe esos valores, o que incluso recibe los opuestos, gente que no ha sido educada. Estos cuentan con el atenuante de que sus vidas han podido ser privadas de cualquier modelo. Sin embargo hay otros/as que, pese a "ser de buena familia" y haber recibido una educación desde la infancia, muestran en su edad adulta una continuidad total con aquellas actitudes de extremo egoísmo y ausencia total de escrúpulos propias de muchos niños/as en proceso de enculturación. Estos niñatos adultos, si cayeron en el caldo de cultivo apropiado, medrarán hasta donde puedan pisando cualquier cosa o persona que se interponga entre ellos y sus insoslayables deseos. Obviamente no digo nada que no sepamos. Quizás todos tengamos un poco o un mucho de eso, pero desde luego hay gente que no tiene límites ni los conoce.

Te preguntarás: ¿A qué viene todo esto? Pues a que me apetece desahogarme contra uno de estos numerosos y dañinos personajes que por desgracia se cruzó en mi camino (y no sólo en el mío). Bueno, quizás sea positivo conocer a estos sujetos a modo de vacuna.

Pensamos quizás que la mayoría de estos individuos/as ocupan altos cargos, han dado braguetazos y/o viven en la opulencia sin dar palo al agua. Pero nada más lejos de la realidad. El parásito dañino no entiende de clase socioeconómica; robará, expoliará y tomará el camino más rápido y energéticamente más económico para obtener sus fines, importándole un bledo los medios a emplear para lograrlo. Desde hace unos años tenemos noticia de toda una plétora de estos insectos chupópteros pillados in fraganti en sus sucias manipulaciones, pero también abundan los que actúan a pequeña escala. Parece que se trata de una faceta de la condición humana que muchos no logran o no quieren dominar. 

Hablaré de un individuo en concreto, restaurador como yo, para el que trabajé unos meses cuando era un recién titulado. Me contrató para restaurar dos mosaicos romanos, contrato que él había obtenido de la Junta de Castilla y León por su conocida amistad con el entonces director general de patrimonio. A la sazón, este "restaurador" fue el padrino de la hija del mandatario aludido. Total, adjudicaciones irregulares aparte, comencé a trabajar con el primero de los mosaicos. Eran los correspondientes a varias habitaciones de una villa romana en la provincia de Burgos, muy cerca de Aranda de Duero. Los mosaicos habían sido extraídos y vueltos a ubicar en su lugar original. Mi labor consistía en reconstruir las zonas perdidas (sólo aquellas en las que pudiera hacerse esto con un grado de certeza del 99%). 

Era pleno verano cuando empecé, e inicio del invierno al acabar. Todo fue bien, excepto que este tipo me retenía casi la mitad del sueldo en concepto de garantía o no recuerdo qué. Como eran casi mis primeros pasos laborales, tragué con aquello. Pero fue con los siguientes mosaicos cuando salió a la luz y ante mis ojos la verdadera naturaleza, la pasta de qué estaba hecho este sujeto. Una vez acabados los de Burgos, partí para Soria, lugar donde estaban los otros mosaicos. Y bueno, os parecerá un disparate pero me fui hasta allí en bicicleta, cargando con mi reducido equipaje en una mochila, acompañado por un amigo que se apuntó a la travesía. 

Este otro mosaico se hallaba en el museo numantino, en la capital. En una intervención anterior había recibido un soporte de hormigón armado. Mi labor sería la de eliminar dicho soporte y sustituirlo por otro mucho más ligero e inerte. No entraré en aspectos técnicos pero sí diré que se trataba de una labor meticulosa e inevitablemente lenta.

Un mal día llega P.Y. (sus iniciales) y se queja de que el trabajo no va lo bastante rápido, a sabiendas de que es imposible acelerarlo a menos que contratase a alguien más, cosa que no estaba dispuesto a hacer. Ante mi negativa a la pregunta de si puedo ir más rápido, ocurrió algo que me dejó atónito. Cogió un mazo y comenzó a golpear brutalmente el hormigón con el fin de separarlo del mosaico a lo bestia. Consecuencia inevitable; las teselas empiezan a saltar por doquier. Yo intento detenerle pero él, mazo en mano, se zafa y sigue con su destrucción. 

-¡Esto tiene que ir más deprisa! -dijo según asía un mazo.
-Es imposible. La única forma de acelerar es que contrates a alguien más -respondí.
-¡Claro! Y dejarme las pasta, ¿no? (siempre hablaba de pasta al referirse al dinero)
-Lo mismo te da tener a una persona 4 meses que a dos personas 2 meses -dije yo.
-Esto lo acabas tú en dos meses, ¡pero sin mariconadas! dijo en el momento de dar el primer mazazo.
-¿Pero qué haces? No, no hagas eso! Noooo!

Me ignora y da unos 20 mazazos más por toda la superficie del mosaico.
Tras su agresión, despotrica y se va. 


Hice fotos del estado en que lo dejó y después me puse con toda la paciencia a tratar de reparar en lo posible las consecuencias. Tragándome el orgullo y los insultos que debí haberle dirigido, hice lo que debía hacer, pero desde luego ya sabía a quién tenía enfrente. 

Unas semanas después llegó la siguiente fase de la "restauración". Se trataba de aplicar un mortero muy ligero que sustituiría al hormigón que acababa de retirar. P.Y, por ahorrarse unos miles de pesetas (entonces no había euros), se trajo desde Burgos el mortero que sobró allí, mortero que por otro lado había pasado todo el invierno a la intemperie y se había congelado, perdiendo todas sus propiedades, circunstancia ésta de la cual fue avisado por el fabricante. 


Haciendo caso omiso y para ahorrarse un poco de pasta, decidió emplear dicho mortero en mal estado. Más exactamente me lo hizo emplear a mí. En fin, saltándome pasos para no aburrir, el caso es que al final las teselas del mosaico se hundían en el mortero como los pies en la arena de la orilla del mar. P.Y. no estaba en Soria, así que me dirigí a la dirección del museo para comunicar la situación. Vinieron el director y la conservadora, les expliqué lo que ocurría y llamaron a P.Y al móvil (uno de los primeros que hubo en España, un trasto del tamaño de un bocadillo). Cuando llegó y vio lo que ocurría, yo disfruté en silencio contemplando su humillación; el director le cogió de una oreja y le arrastró varios metros, como si fuese un niño malcriado y le echó una bronca monumental. Le dijo que o arreglaba ese desaguisado en 3 días o se iba a enterar de lo que valía un peine. Acojonado, se puso a pensar. Era imprescindible engasar los mosaicos, es decir, pegarles varias capas de gasa para mantener todas las teselas unidas entre sí  (las que quedaban en su sitio) y volver a reproducir todo el proceso. Encontrar 20 metros cuadrados de gasa de algodón en Soria un viernes a las 7 de la tarde no parecía tarea fácil. Con estás, P.Y. optó por pegar unas sábanas. Fuimos a comprarlas a una tienda y el muy miserable empezó a regatear con la anciana dueña del comercio, tratando de que se las vendiese por la mitad de precio, que eran muy feas. No recuerdo si lo consiguió o no, pero desde luego aquello fue impresentable. Hacía falta algo más, unos plásticos, así que cogió el coche y fuimos hasta un polígono industrial. Como ya estaban cerradas todas las naves, optó por saltar la verja de uno de ellos para robar los plásticos. Yo me negué en rotundo a acompañarle e incluso a protegerle ante la posible aparición de policía. Desde la verja pude ver como P.Y. forzaba una puerta y salía al rato con un montón de plásticos enrollados. Al día siguiente pegó las sábanas a los mosaicos, los envolvió en los plásticos, los metió en un almacén del museo y se lavó las manos. Antes de irse, mientras tomábamos un café, me dice en un patético intento de lavar su imagen:

-Bueno, hasta al mejor médico se le muere algún paciente, ¿no?
-.... - mi silencio mirándole fijamente a los ojos y mordiéndome la lengua dado que me debía bastante "pasta".

Se largó de allí y me dejó a deber casi 300.000 pesetas de la época que nunca vi, dinero que no podía reclamar por no sé que chanchullo que había hecho. Para los mosaicos de Burgos había contratado a dos chicas albañilas del pueblo a las que también dejó sin pagar casi todo. 

Volviendo al mosaico de Burgos, diré que tristemente no ha corrido mejor suerte; esta vez debido a un robo/expolio. Como veis en las fotografías, alguien entró en el recinto con nocturnidad y martillos para llevarse una de las escenas principales de uno de los mosaicos causando un destrozo irreparable (o casi). 





Nada se sabe por ahora de la autoría, creo, pero yo no puedo evitar albergar una sospecha; quizás alguien que conocía muy bien esos mosaicos haya encargado la tarea a un grupo de chorizos. No digo más. 

Y bueno, estas destrucciones del patrimonio histórico, por absoluta negligencia consciente y agresión (Soria) y por fines lucrativos (Burgos), vienen muy al caso a la vista del vídeo recientemente publicado sobre la destrucción con ensañamiento de múltiples esculturas (originales y copias) del museo de Mosul en Irak. Las motivaciones son aparentemente muy distintas; extremo ánimo de lucro y consecuente megachapuza en Burgos y Soria, y fundamentalismo religioso y propaganda en Mosul, pero el resultado es muy similar. No estoy seguro de cuál de las dos es más lamentable, si la motivada por el fanatismo y la ignorancia o aquella motivada por ahorrarse unos miles de pesetas por alguien que se supone un profesional de la materia que además cobra por ello en base a contratos adjudicados irregularmente por amiguismo y nepotismo. Somos lo que somos. Este Jesús Gil y Gil de la restauración emulaba a los aparejadores, arquitectos y presidentes de las empresas constructoras; cuando se reunía con ellos vestía la característica zamarra con múltiples bolsillos, el maletín, el casco y el chaleco reflectante, y adoptaba ese aire socarrón y de cierta prepotencia gremial que caracteriza a muchos de aquellos. Yo le observaba con curiosidad, sus ademanes, sus expresiones, su actitud. Quería medrar, ser uno de ellos. Se habría convertido en un "pocero" pero el hediondo rastro de chapuza que iba dejando allá por donde pisaba terminó cancelando su chollo de amiguismo.

Imagino las infancias de muchos de estos parásitos que, siguiendo las máximas de "llegar muy lejos" y de "tener ambición en la vida" inculcadas casi desde la cuna por papá y mamá, han llegado a ocupar altos cargos, resonando aún en sus oídos aquello de "este niño llegará a ministro". Muy poco o nada les debe importar su cometido y su responsabilidad; el objetivo es atesorar y ascender. Estos coleccionistas de billetes y de ceros a la derecha deben ser aquellos niños/as bien adoctrinados para los que todo se puede pisotear e ignorar en aras del logro del principal objetivo. Pobres diablos miopes que ni siquiera saben ni sabrán del escalofrío que generan la belleza y el amor.  Morirán con un sucedáneo de satisfacción por haber alcanzado en mayor o menor medida lo que se esperaba de ellos y transmitido a su primogénito ese contagioso vermes de codicia ilimitada, dañina e yerma. La bacteria legionella ataca mediante lo que se conoce como infección oportunista. Aguarda a que el sistema inmunitario esté débil y parasita causando serios daños en el organismo.

La hembra del cuco deposita un solo huevo en el nido de otras aves. Tras la eclosión, el cuco recién nacido se deshace de los pequeños polluelos de la especie parasitada tirándolos del nido. Antes, mamá cuco se habrá deshecho de aproximadamente la mitad de los huevos de la otra especie de ave y habrá completado el nido con los de su propio vientre. Si hay más de 2 crías de cuco, éstas pelean y la más fuerte expulsa y defenestra a la otra. Así sólo quedará un polluelo que alimentar. El polluelo de cuco será alimentado con insectos hasta que crezca hasta más del doble de la talla de sus inconscientes padres adoptivos. Finalmente se irá y, de ser una hembra, hará lo mismo que su madre. Esto se llama cleptoparasitismo o parasitismo por robo.

Las bacterias y cucos humanos son quizás más refinados pero en esencia hacen cosas muy similares. En cierto modo no cabe esperar algo distinto entre los hombres, a menos que nos consideremos algo fuera y por encima del reino animal. Pero no parece; mucho me temo que sólo somos simbiontes y parásitos con un cerebro hipertrofiado. El estado/organismo deberá defenderse de estos parásitos y será muy mal asunto si algunos de ellos logran alcanzar poder suficiente. Espero que esto no ocurra nunca, aunque me pregunto: ¿Es posible que ya haya algunos parásitos poderosos en nuestro país? (cáptese la ironía).

Quizás todo esto no sea más que la misma historia desde el mismo origen de la vida, el egoísmo ciego de los genes y su lucha sin cuartel por prosperar y perpetuarse. Si es así, brindemos por el darwinismo social y trepemos con codazos y zancadillas a lo más alto.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

EL SUEÑO DE LA EVOLUCIÓN GENERA MONSTRUOS

Allá por 2005 nos encargaron la creación de una maqueta de trilobites 1:200, es decir, convertir lo que fue un pequeño artrópodo marino (unos 5 centímetros) del Ordovícico (desde hace 505 hasta hace 440 millones de años) en un bicharraco de más de 2 metros de longitud. Eso sí, de poliester. El destino de la maqueta era el Museo de la Autovía del Cantábrico, en Ribadesella, Asturias, destinado a mostrar los hallazgos geológicos y paleontológicos realizados al excavarse un gran túnel en la roca para dicha autovía.

El reto resultaba emocionante y no exento de complicaciones. Partimos de observar al microscopio hasta los más mínimos detalles de un pequeño fósil perfectamente conservado y llevarlo todo a planos y dibujos. Después elegimos el material en que crearíamos el modelo a partir del cual obtendríamos una réplica a molde a la que añadiríamos todo tipo de detalles, pintaríamos, etc. Interesaba un material ligero y fácilmente trabajable, por lo que optamos por poliestireno extruido, el tipico "corcho blanco" de los embalajes. Así que fuimos a comprar un bloque de 2 x 1 x 1 metros.

Lo llevamos a mano hasta el taller en una especie de procesión funeraria con un extraño ataúd blanco a hombros, despertando la intriga de los viandantes. A mí se me ocurrió hacer un paso solemne y ceremonioso para acentuar lo teatral, como si llevásemos en procesión al "Cristo embalado". En fin, una vez llegados al taller dibujamos los perfiles y alzados sobre el bloque y comenzamos a desbastar y lijar. Enormes cantidades de "bolitas blancas" se esparcían por el taller. Una vez tallada la forma general pasamos a aplicar barro sobre ella para modelar después los diminutos detalles. La textura granulada del exoesqueleto del animalillo la imitamos pegando miles de bolitas de arcilla expandida y los cientos de celdas de sus ojos compuestos, con medicamentos de homeopatía en forma de microesferas. Después llegó el molde en silicona y carcasa de poliester y fibra de vidrio y finalmente la réplica en el mismo material, teñido de verde.





Al retirar el molde de silicona dimos por parida a la criatura. Finalmente llegó el proceso de pintarla, añadirle las incontables patitas, las antenas, y todo tipo de detalles accesorios. Los cilios de las patas fueron imitados con sendas plumas de buitre que alguien trajo de la sierra. Les dimos laca "Nelly" a todas para fijarlas. Una vez acabada, la maqueta partió a Ribadesella. El día de la inauguración de la exposición, la maqueta era, lógicamente, la estrella. Los niños querían tocarla y la gente se hacía fotos con ella. En un momento determinado se escucha el sonido de varios coches llegando, seguido de un cierto revuelo protagonizado por asistentes, periodistas, fotógrafos y seguridad. Se establece un pasillo para que por él acceda Álvarez Cascos. El presidente entra, es profusamente fotografiado junto a la maqueta, dice unas palabras y se va por donde ha venido al poco rato. Se supo después que existía la intención de bautizar a algunas de las nuevas especies halladas en el túnel con los apellidos de los entonces peces gordos del partido; los apellidos latinizados de esas especies serían "casquensis", "ratensis" o "acebensis". Afortunadamente creo que no llegó esto a consolidarse.

Ha pasado más de una década de aquello y el modelo que tallamos permanece en la terraza de casa como un invitado de piedra para curiosidad y extrañeza de vecinos y visitas. El trilobites de dos metros "decora" una esquina de la terraza y se ha convertido en una especie de absurdo photocall casero junto al que han sido retratados numerosos e insignes personajes de la vida madrileña "underground". También es la atalaya desde la que otea "Pedro".

El planeta en que vivimos ha cambiado radicalmente desde que estos pequeños artrópodos poblaban los fondos marinos junto a nautilus, peces sin mandíbulas, los primeros tiburones, escorpiones de hasta dos metros de largo y demás fauna que hoy nos parecería de otro mundo. En cierto modo era otro mundo. No existía fauna en la superficie firme por los bajisimos niveles de oxígeno; tan sólo algunas plantas elementales comenzaban a asomar. El clima era muy caluroso, tropical, con medias de 40 y 50 ºC. El nivel del mar nunca ha estado ni estuvo tan alto como entonces y los continentes mostraban una configuración absolutamente distinta a la actual.

Las entonces cuatro grandes masas de tierra emergida ocupaban casi exclusivamente el hemisferio sur; Gondwana, Laurentia, Báltica y Siberia eran continentes de caliza pelados y yermos sin apenas signos de vida. Ésta, oculta bajo los inmensos océanos, bullía en miles de formas fantasmagóricas que hoy día protagonizarían una película de ciencia ficción de serie B. Una Tierra irreconocible.

Pero no hace falta retroceder en el tiempo para encontrar seres extraños. Hoy existen especies cuyos aspectos y formas de vida son misteriosas, incluso inexplicables. Quizás una hipotética cultura extraterrestre que visitase mañana la Tierra quedaría tan sorprendida como si lo hubiese hecho en el Ordovícico. No hablo de los demenciales peces abisales que parecen producto de una pesadilla, ni de los grotescos microorganismos como el gorgojo del polvo, ni del equidna, el kiwi o el ornitorrinco, sino de seres mucho más complejos, evolucionados a partir de algún "sencillo" ser que compartió el fondo de los océanos con los trilobites.

Hoy, 400 millones de años después, miles de millones de estos disparatados seres, esencialmente distintos, dominan todo el orbe, lo modifican a su antojo y causan lo que algunos de ellos llaman la séptima gran extinción, la primera vez que una de estas hecatombes biológicas es producida, no por factores geológicos, climáticos o del espacio exterior, sino por la presencia y actividad de una sola especie. Pero esta especie, dotada de una poderosa inteligencia y autoconsciencia, es, hasta la fecha, la más rara de todas. Ríanse ustedes de los "bichos" del Ordovícico. Capaces de crear maravillas y atrocidades extremas, son seres absolutamente únicos. A modo de ejemplo; ¿Como serán estos seres de raros y misteriosos que han desarrollado consciencia y se preguntan cosas a las que se atreven a responder; muchos de ellos tienen la extraña creencia de que son el final de la evolución o, incluso, tras el abrir y cerrar de ojos que llevan en el planeta, creen ser la creación de un ser intangible que les ama, juzga y castiga. Incluso llegan a imaginar una segunda vida en su compañía y en la de otros congéneres muertos. Desde el punto de vista de la evolución de la vida en la Tierra, estos seres son, sin lugar a dudas, los más extraños habidos y que puedan imaginarse. Y curiosamente, son estos seres los únicos capaces de imaginar.

Quizás algún día, algunos seres cuya naturaleza hoy ni barruntamos, exhiban en sus terrazas o vaya usted a saber donde, recreaciones de estos especímenes, aquellos que vivieron al final del Pleistoceno y en el Holoceno, aquellos que causaron la séptima gran extinción. Serían para ellos una enorme rareza, unos verdaderos monstruos del pasado, un capricho de la evolución, quizás otro experimento fallido, quizás sólo el devenir del azar que "rigió" todo desde que una cadena de ácido ribonucleico se replicó a sí misma.

La buena noticia es que tenemos el privilegio de contemplar en acción a estos seres impensables. Somos testigos de excepción de su vida en este planeta y dejaremos huella y registro de casi todo, poniéndoselo fácil a hipotéticos paleontólogos del futuro, sea cual sea su especie o incluso su planeta. Para observar a estos seres nos basta mirar alrededor o incluso colocarnos frente a un espejo. Incluso podemos indagar en sus mentes con sólo cerrar los ojos.

En fin, a veces visualizo nuestro entorno planetario cercano como un enorme conjunto de naranjas desparramadas siendo nosotros un conjunto de hormigas que recorren una sola de ellas. Esto podría parecer denigrante, pero no nos consta otra cosa; somos una especie en pañales que ocupa un diminuto planeta que orbita en torno a una estrella vulgar de entre los cientos de miles que componen una sola de las incontables galaxias que pueblan lo observable de uno de los posibles múltiples universos. Nuestra situación es terrible; por un lado somos únicos (aunque a su modo también lo es la avispa alfarera, por ejemplo), lo que hace que muchos de nosotros se consideren el objetivo final de la creación/evolución, pero por otro lado nos sentimos profundamente solos en la inconmensurable inmensidad del espacio-tiempo. 

Una cálida noche de este verano (2014) tuve la ocasión y el inmenso placer de tumbarme en el campo junto a un amigo en medio de la nada en un paraje de la despoblada provincia de Teruél y contemplar como nunca lo había hecho y con una cerveza en la mano, el majestuoso espectáculo que ofrece uno de los brazos de la galaxia (la Vía Láctea, lógicamente). La lección de humildad (más bien de realidad) que ofrece su mera observación debería ser prioritaria y regalada a todo ser humano. Quién sabe, quizás los delfines sientan curiosidad por esa guirnalda de luces que se les ofrece cada noche cuando salen a flote para respirar. 

La luz, si bien tenue y lejana, procede de allí arriba, y hay que recibirla libre de la contaminación de farolas, de miedos y de arrogancia. Pese a ser excesivamente abundantes, somos unos bichos muy muy raros.
¿O no?

Os dejo un bonito vídeo de todo el proceso.



viernes, 9 de mayo de 2014

NOTICIARIO DOCUMENTAL

Asistentes al acto. En círculo rojo, un servidor tratando sin éxito de escapar
de las cámaras. 
Toledo, 2014. Tras varias semanas terminamos el trabajo en el convento de las monjas de los huevos -las citadas en la entrada anterior-  y, como colofón, me sugiere mi socia Bianca la posibilidad de asistir a un concierto de música sacra, concretamente el Requiem de Cristobal de Morales, en la catedral de Toledo por el funeral del  pintor cretense de nombre Doménikos Theotokópoulos. Accedo gustoso y vamos para allá. Aquello está de bote en bote, predominando el característico rubio popular.  Se ve mucha policía alrededor, tanto agentes como secreta. Nos sentamos donde podemos y empieza el acto. Miro a mi alrededor y detecto una cara conocida. Es la de Loquillo que por ahí anda sentado con sus gafas de sol.

Pero aquello resulta no ser un concierto como yo tenía entendido, sino una misa cantada y el resto hablado en latín, sin que la inmensa mayoría entienda una palabra de lo que se está diciendo en dicha lengua muerta. Eso sí, cuando se detecta el castellano la gente se levanta y dice aquello de "te alabamos, señor". Luego dice el cura lo de "daos fraternalmente la paz", justo antes de que una señora con el pelo a lo Aguirre y mirada fría me extienda su mano enjoyada, cuando fuera del templo, intuyo, me ignoraría en casi cualquier circunstancia. Yo la miro inexpresivo y me impaciento por salir de allí, pero no puedo. Policías secretas y guardaespaldas se despliegan por los pasillos. Alguien importante va a entrar. Efectivamente, seguida por una comitiva aparece la presidenta de la comunidad. Eso sí, sin toquilla ni peineta, vestida de litúrgico morado, como bien se dispuso en el concilio vaticano II. Se produce un murmullo de voces de señoras que comentan su llegada. Una de ellas manifiesta a otra su intención de intentar saludarla al final del acto. El caso es que todas las "personalidades" que la acompañan, militares, gente muy trajeada y ella misma, se adentran hasta llegar a la primera fila ante el cura (u obispo, cardenal o lo que fuese). Hay monitores de plasma por todas partes que permiten seguir sus evoluciones con cierto detalle. El cura prosigue su homilía o como quiera que se llame su discurso. Ya me quedo allí por mera curiosidad antropológica y observo el semblante de la presidenta, altivo y aparentemente grave y severo. Admito que por un momento me llegó a convencer, incluso de que sentía "hondo pesar" por la muerte del pintor cretense. No sé como va esto, pero parece ser que el cura dice una cosas y la gente las repite. Entonces hay un primer plano en los monitores. La presidenta es enfocada.

-Mea culpa, mea culpa, mea culpa... -dice en perfecto latín según mira al suelo y se da leves golpecitos en el pecho con la mano derecha.

Poco después acaba el acto y un aluvión de señoras se arremolina para estrechar la mano de la dirigente, una mujer muy popular
.
El caso es que yo iba a escuchar música sacra -me encanta pese a todas sus connotaciones y contexto- y me encontré con un espectáculo que podría haber sido especular de cualquier otro filmado por NO-DO.  Busqué a Loquillo con la mirada pero no le hallé. Salí de allí confuso, con la noción de haber asistido a una escena de otro tiempo, una escena del pasado, como una representación teatral de otra época, pero tan real y vigente como antaño.

Recapitulando, resulta que un pintor de iconos de la milenaria Creta, quizás conocedor del libre y naturalista arte minoico, decide marchar a Italia donde aprende la técnica y se deja influir por las tendencias pictóricas del momento. Después continúa hasta España instado por un amigo que le promete encargos; se asienta en Toledo y se convierte en un afamado pintor marcado claramente por la contrareforma, de férreo catolicismo frente a la reforma protestante cuyos tímidos brotes en España son perseguidos por herejía, siendo llevadas a la hoguera y al tormento cientos de personas por orden del inquisidor Niño de Guevara a quien retrató Doménikos magistralmente. Incluso él mismo es interrogado por los inquisidores por un asunto tan baladí como el tamaño de las alas que pinta a los ángeles, cuyo envergadura por lo visto excedía de la que se describía en la biblia. Pinta santos por todas partes. Tiene litigios económicos con monjas, con párrocos y hasta con el nuncio por el precio de sus obras. Vamos, un muy buen pintor que se busca la vida e intenta ganar todos los ducados que puede pintando básicamente lo que se le encarga. Acaba en Toledo circunstancialmente porque un amigo suyo le encarga pintar un convento allí y porque sabe que Felipe II busca pintores para el Monasterio de El Escorial. Salvo los retratos y alguna escena mitológica, toda su obra es de carácter religioso, por encargo y exaltando los valores del ultracatolicismo contrareformista. Le pagan por ello, razón más que suficiente, aunque casi llega a las manos con el mismo nuncio por desacuerdos económicos. Quizás, una tarde de domingo cualquiera, mientras el inquisidor posaba inmóvil al ser retratado por Doménikos, no muy lejos de allí algunos hombres y mujeres eran torturados y muertos por orden de aquel, dado que no creían en los santos ni en los templos ni en los iconos de madera y yeso.  

Total, que este señor termina muriendo y la Tierra, obstinada, da 400 vueltas al sol. La ciudad donde falleció se ha convertido en la capital de una región española. El gobierno de esta región decide conmemorar la muerte de aquel devoto pintor de iconos y santos -si bien un soberbio retratista- y celebra una misa por su alma. Se adorna el evento con músicos tocando el sacabuche y un coro cantando el Requiem de Cristobal de Morales. La gente se agolpa para asistir al evento y, en teoría, muy muy en teoría, pedir por el alma de este señor de Creta, difunto hace 4 siglos. Intuyo que la mayoría, independientemente de sus conocimientos sobre técnica pictórica, tiene palabras de elogio y alabanza hacia su figura. Imagino que esa mayoría, además, desconoce profundamente la obra de Cristóbal de Morales aunque comenta lo bonita que es la música y lo bonitos que son los santos. Todo les parece bonito. Asisten a la ceremonia y repiten lo que dice el sacerdote y, al acabar, algunos desean estrechar la mano de la devota presidenta, independientemente de los turbios asuntos que rodean su gestión.

En fin, cuando escucho eso de que "viajar está muy bien porque así conoces otras culturas", que es muy cierto, pienso en que no es imprescindible viajar para ello. Dentro de lo que conocemos como "nuestra cultura" hay actitudes y formas de vida tan diametralmente opuestas que podría decirse que son varias culturas independientes coexistiendo al límite del equilibrio. Me siento culturalmente más cercano a un lejano masai dando saltos durante horas que a estas devotas señoras que escuchan una misa por el "alma" de un pintor griego que se ganó la vida en Toledo pintando, igual que lo haría un herrero, un alfarero o un panadero desconocido. Personas que opinan que todo ha sido, es y será siempre así, como debe ser, como dios manda. Dóciles humanos con piel de borrego, carne de populismo o de doctrina.


Curiosamente Doménikos Theotokópoulos apenas fue valorado hasta fines del siglo XIX, fecha en que los modernistas y la generación del 98 y la Institución Libre de Enseñanza se interesaron por él y por su obra, entre ellos mi tío abuelo Gregorio Prieto. 

Sin querer quitar valor técnico y expresivo al pintor cretense -aunque sinceramente no me apasiona-, quizás la ciudad de Toledo podía, puestos a homenajear, hacer lo propio con respecto a alguno de los artistas nacidos allí, a un toledano, que es lo suyo.

Por ejemplo, Alberto Sánchez  (Toledo,1895 - Moscú, 1962), influido por el cubismo y el surrealismo, impulsor de la Escuela de Vallecas, amigo de Federico García Lorca y de mi tío abuelo Gregorio Prieto -que parece omnipresente, admito- y que acabo en el exilio, en Moscú, como profesor de dibujo de niños españoles también exiliados. Una de sus obras más significativas es la gran escultura de más de doce metros de altura titulada "El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella", expuesta junto al "Guernica" de Picasso en el Pabellón de la República Española de la Exposición Internacional de París de 1937. Quizás confiaba Sánchez en la derrota del fascismo en la recién iniciada Guerra Civil Española tras el golpe de estado. De esta obra hay una copia en el exterior de la entrada principal del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid.


Durante su estancia en Rusia creó muchas esculturas que ahora forman parte de las mejores colecciones de los museos españoles de arte contemporáneo.

En 2010 se proyectó instalar en el cerro Almodóvar de Vallecas la reconstrucción de una obra enorme llamada "El Monumento a los pájaros". Él deseaba que su obra fuera, además, un refugio para las aves. En la fotografía veis una maqueta de la obra.

Este hombre, de nombre y apellidos tan comunes e hijo de un panadero desconocido, podría haber sido con todo derecho uno de los iconos de la ultracatólica Toledo, pero claro, era republicano y rojo y, en vez de pintar santos esculpía y pintaba monigotes y cosas raras.

Mejor un pintor como dios manda.




jueves, 24 de abril de 2014

MANDA HUEVOS (A LAS MONJAS PARA QUE NO LLUEVA EL DÍA DE TU BODA)

2014, Toledo, Convento de clausura.

Trabajo en diversas restauraciones que se acometen en cierto convento de la capital castellanomanchega, coincidiendo con todos los eventos relacionados con el aniversario de la muerte del cretense Doménikos Theotokópoulos, el Greco. Son varias cosas sobre las que intervenimos mi socia y yo; unas columnas, unas puertas, la espadaña con sus campanas y unos artesonados en los patios interiores. Impera el silencio. El convento está habitado por tres monjas de avanzada edad de las cuales sólo una se deja ver con frecuencia. Se deja ver y oír porque habla por los codos. Las tres mujeres son muy pequeñas, pero la parlanchina lo es especialmente. No creo que llegue al metro treinta.

Una mañana estamos en el zaguán, reconstruyendo unas columnas. Es una especie de hall de entrada al convento. Al estar el edificio en obras, nadie de fuera puede entrar sin autorización previa y sin casco y botas de seguridad. Hay silencio casi total sólo interrumpido por algún pajarillo.

Una mujer de mediana edad se acerca a la entrada del zaguán. Porta una bolsa que trata con delicadeza. Al ver que no hay nadie más y que las puertas están cerradas se dirige a nosotros, concretamente a mi socia.

-Por favor ¿Para entregar unos huevos? -pregunta la mujer sin preámbulo ni saludo alguno.
-... ¿Cómo dice? -responde extrañada mi socia.
-Sí, para darle huevos a las monjitas.
-¿Pasan hambre acaso? No lo parece -intervengo yo.
-No, es que es tradición.
-¿Es tradición darle huevos a las monjas?
-Sí, es para que no llueva en la boda de una amiga.
-.......... -Nos miramos en silencio intentando entender.
-Pues es que esto está cerrado por obras. Venga en unas semanas a ver -responde mi socia.
-Es que mi amiga se casa en unos días y sería una pena que le lloviese con el peinado que se va a hacer.
-.......... -nuevo silencio
-¿Y qué quiere que yo le diga? Pues que lleve un paraguas. Bueno, espere que aviso a alguna de ellas -dice Bianca.

Total, que va a avisar a alguna de las tres monjas. Da con la parlanchina que sale al zaguán a atender a la mujer de los huevos.

-Pediremos. Pediremos para que no llueva, vaya tranquila -concluye la sor sin poder disimular cierto hartazgo mientras coge la bolsa con los huevos.

Si alguien tiene curiosidad por esta tradición, tiene aquí un detallado artículo.

Ya que había salido de su clausura, la diminuta religiosa aprovecha para ponerse de charla. Tras un rato acaba diciéndonos que tiene por ahí guardadas unas tablas del artesonado con unos dibujos a lápiz preciosos.


-Pasad, pasad que os lo enseño y me decís qué os parece. Es como un moro y unos niños. Y un animal.
-Bueno, vamos a verlo -digo yo con cierta curiosidad e intuyendo algo cómico.

Esperamos un rato en el patio antes de que aparezca la mujer con una tabla que conservaba restos de pintura y, efectivamente, unos dibujos a lápiz de buena factura.

-¿Lo veis? ¿Veis al moro? ¿Y esto que parece un perro? ¿ Y los niños? Yo creo que esto lo hizo un moro ¿Verdad? -pregunta algo excitada.
-Pues sí, eso parece... supongo que sí -respondemos por decir algo.

Pero en ese momento, mirando de cerca el dibujo, observamos que uno de los dos "niños" dibujados exhibe un enorme pene erecto que aparentemente pasó desapercibido a la sor. Yo, sin mediar palabra, cojo la tabla de sus manos y la apoyo en una pared para fotografiar el detalle. Bianca empieza a contener la risa mientras la mujer insiste en sus preguntas.

-¿Serán angelitos? Claro que un moro dibujando ángeles raro me parece.
-A mí también. No sé yo si van a ser angelitos, eh... -respondo yo mientras fotografío.

Me percato casi de inmediato de que no son angelitos, ni siquiera niños. Es claramente una dibujo de marcado carácter sexual en el que una figura masculina parece querer llevar la mano de otra, femenina y con velo, a su prominente miembro enhiesto.


-Pero sí, un moro sí que parece ser el autor, fíjese -digo yo.

Después me detengo en el dibujo de un ave y en el de una cabeza de caballo, y el de lo que parece ser un cordero degollado. Y después poso mis ojos en una mano que parece estar asiendo algo cilíndrico. Y sí, amigos, es lo que estáis pensado, otra pene, si bien fláccido en esta ocasión.

-Y esta mano ¿Qué le parece? -pregunto a la hermana.
-Muy bonita. Se nota que el moro dibujaba muy bien. Y parece que la mano sujeta algo...
-Parece un capullo -digo yo al borde de la carcajada.
-Pues sí, eso va a ser, un capullo -concluye la religiosa.



Esa misma tarde volvemos al zaguán. Resulta que otros albañiles han picado el muro y en un orificio han encontrado un cráneo humano. Nos le enseñan. Por la morfología general y por la arcada cigomática supongo que se trata del de una mujer. Además es muy pequeño, como el equivalente a un varón de unos 10 años. Sólo conserva un par de dientes desgastados por lo que infiero de que esa persona falleció a una edad avanzada. Casi seguro que se trata de los restos de alguna monja que por alguna razón fueron emparedados hace quizás un par de siglos. El cráneo pasa de mano en mano. Algunos se niegan a tocarlo pese a llevar guantes. Finalmente lo dejamos donde estaba, aunque a mí me queda la idea de llevármelo a casa. Sin saber la razón, lo bautizo como sor Gertrudis. Imagino la posibilidad de meterlo en la mochila, pero claro, el scaner del control de acceso al tren a Madrid lo detectaría y me metería en un lío. Posiblemente el de seguridad lo vería en su pantalla, llamaría a la policía y me vería en la tesitura de explicar a los agentes la procedencia del hueso.

-¿Qué hace usted en posesión de restos humanos? ¿De dónde proceden? -me preguntarían.
-Es el cráneo de sor Gertrudis -diría yo.
-Vamos a ver; dígame ahora mismo como está usted en posesión de este cráneo.
-Verá usted, agente. Me lo he traído de un convento de clausura. Ha aparecido emparedado en un muro y me lo llevo a casa como decoración.
-Le insto a que abandone esa actitud y esas bromas. Explíquese y no me cuente historias.
-No le miento, es la cabeza de sor Gertrudis, muerta hace siglos. Es casi una pieza arqueológica.
-Entréguemelo ahora mismo. Va a venir con nosotros a comisaria hasta que se aclare esto. Su DNI por favor.

Después pensé disimularlo en la capucha de mi chaquetón, pero finalmente desistí.

En fin, ya en serio, parece ser que eso de "meterse monja" está en declive en España. En la mayoría de los conventos apenas van quedando unas ancianas acompañadas de sores sudamericanas o filipinas. En cuanto a las razones por las que una mujer ingresaba -o ingresa- en un convento de clausura, una mayoría de creyentes dirá -supongo- que siguen su vocación y se casan con dios, y que llenan de gozo su contemplativa vida. Otros, también algo simplistas, dirán que se "meten a monjas" porque son muy feas y nadie las quiere. Intuyo que, al menos hasta hace unas décadas, los conventos estarían poblados por agregados de mujeres con motivaciones o presiones heterogéneas. Junto a algunas que, engañadas, creyesen realmente que estarían más cerca de un ser creador enclaustrándose y dedicándose a rezar, habría otras "metidas" por sus familias ante comportamientos disolutos evitando que la niña pecase; otras, poco agraciadas físicamente y con escasas posibilidades de casarse, encontrarían un sustento entre los muros conventuales, quizás otras con problemas psiquiátricos, y otras tantas abducidas por alguna secta poderosa.

Me detengo a observar a la monja parlanchina. Es minúscula, con voz y ademanes de niña. Se la ve aparentemente feliz, pero no puedo evitar sentir algo extraño y triste a la vez. Una anciana que cubre su pelo sin conocer bien la razón o razones, quizás sin intuir que más allá de su observancia y obediencia de las normas, hay una voluntad ajena y atávica de sumisión y de negación total de su propia feminidad y sexualidad que, desvanecidas a sus edad, seguro trataron de aflorar en su juventud como en la de casi cualquier ser humano. 

La Biología -en concreto lo sexual y reproductivo- sentó las bases de unos comportamientos sociales determinados que, fusionados con las particularidades de la psyche humana en cuanto a creencias y dominio, mutaron en normas y reglas cuyo sentido -si alguna vez lo tuvieron- se perdió con el paso de los siglos hasta quedar como una conducta fosilizada e inamovible. Sexos negados, mentes obturadas, cuerpos que languidecen y vidas enteras entregadas a un ser bondadoso imaginario y a sus imaginados intercesores con los humanos.

A la entrada del convento hay un jilguero enjaulado. Cuando te acercas a él y le hablas canta y salta de un palito a otro en su angosto cautiverio. No sabe que sus alas le permitieron volar y ver la tierra desde una distancia. Y morirá sin saberlo mientras contempla por última vez los muros de su claustro.  

jueves, 3 de abril de 2014

DE FÓSILES, ANCESTROS Y LA LEY DE LOS 6 GRADOS DE SEPARACIÓN

Todos aquellos que me conocéis sabéis que, entre otras cosas, me caracterizo por mi escepticismo total ante esoterismos, astrologías, predestinaciones, etc. Pero eso no quita para que sienta un cosquilleo especial cuando salta una de esas coincidencias que a muchos hacen pensar en alguna suerte de conexión mágica. Estas coincidencias nos llaman la atención y las ornamos con un aura de misterio, pero no solemos ser conscientes de los miles o millones de situaciones en las que NO se produce la menor coincidencia; sencillamente las ignoramos y sólo nos saltan a la vista los escasos hechos coincidentes. Dicho esto como preámbulo, paso a contaros como allá por 1993 descubrí accidentalmente un objeto que materializaba una gran coincidencia, una que me llevó tres cuartos de siglo atrás.

El gereral Ricardo Burguete.
Primavera de 1917. Zaragoza.
Un general de brigada y escritor recibe en su domicilio un paquete por correo postal desde Barcelona. Es un ejemplar de imprenta de su propio libro, uno de los muchos que ha publicado. Este último ha sido la labor de cerca de dos años, desde el inicio de la Gran Guerra tres años atrás. Abre el paquete conociendo de antemano su contenido. Observa la encuadernación, la portada, su fotografía, el papel, etc. Todo está bien. Se sienta en su sillón y lo ojea más detenidamente. Se sirve una copa de licor y enciende un cigarro puro. Detiene un momento su mirada en alguno de los recuerdos que se trajo de su campaña en Melilla y que decoran su salón. Cierra el libro y también sus ojos. Está cansado. Deja su mente al libre albedrío y le viene la idea de que quizás alguno de los ejemplares de esa edición acabe muchos años después en alguna perdida biblioteca, y que quizás algún también lejano descendiente lo encuentre un día casualmente. Se pregunta: ¿Qué impacto tendrá en él? ¿Sabrá algo de mi existencia?. Deja la copa en la mesa y se rinde al sueño.

Yo, preparando uno de los cráneos de
 Anancus avernensis para fotografiarlo.

Verano de 1993 (76 años después). Alcolea de Calatrava, Ciudad Real.
Uno de mis primeros trabajos como restaurador. Me llama alguien relacionado con el Museo de Ciencias Naturales para ofrecerme la posibilidad de trabajar los meses de verano en dicho pueblo manchego, restaurando unos imponentes fósiles de varios ejemplares de Anancus avernensis, un "elefante" de hace unos 3,5 millones de años. Indudablemente accedo, maravillado y emocionado. Total, que al día siguiente ya estamos trabajando. Las defensas (colmillos) de estos proboscídeos eran desmesuradamente grandes, alcanzando holgadamente los cuatro metros de longitud. Se trabta de retirar la matriz silícea que les rodeaba parcialmente, consolidarlos y unir los fragmentos. A lo largo del desarrollo del trabajo, numerosos vecinos vienen a curiosear y a preguntar. Yo les respondo amablemente pero me encuentro con caras de incredulidad, como si pensasen que les estaba tomando el pelo.


Todos los huesos y colmillos que restauramos se emplearon para recomponer el esqueleto que se exhibe en el Museo de Ciudad Real, compuesto por piezas de diferentes individuos. El tamaño de los colmillos es impresionante. 

Una de los colmillos, aún en su matriz de espuma de poliuretano.
Pero bueno, voy a lo que voy. El local donde están depositados los fósiles es lo que se conocía como "teleclub", una especie de anodino salón abandonado donde la gente se reunía a "ver la tele", los jovenes a bailar o quizás a leer algún libro de los que albergaba una pequeña biblioteca. La "tele" yace desvencijada e inoperativa mientras que el tocadiscos luce el polvo de años. Unas cajas de cartón albergan los pocos libros que se ofrecían para su libre lectura. Somos cuatro los que allí trabajamos, tres chicas y yo. Es frecuente que a media tarde nos tomemos algunos chupitos de un licor de café que quedaba por allí.

Leyenda de la portada del libro hallado en una polvorienta
caja de cartón.
Una de esas tardes al dejar de trabajar y de tomar chupitos, me entretengo vaciando las cajas de libros para ver su contenido. Al poco rato me quedo petrificado y absorto con un par de libros en la mano. Son dos ejemplares de una edición de 1917. Se conservan bastante bien. El  título -La ciencia militar ante la guerra europea- no me llama la atención apenas pero resulta que el autor del libro es mi tatarabuelo. Yo había escuchado a mi padre hablar de él alguna vez, pero no sabía absolutamente nada de su vida y milagros; tan sólo que fue un militar de alta graduación.

Ricardo Burguete.
Cuatro cosas sobre él: Ricardo Burguete Lana, (1871-1937). fue un militar y filósofo nacido en Zaragoza y fallecido en Valencia. Combatió en las campañas de África, Cuba y Filipinas, fue alto comisario de España en Marrruecos y director general de la Guardia Civil; recibió la Cruz Laureada de San Fernando en 1894. Aunque fue duro contra los obreros insurrectos en la rebelión asturiana de 1917, osciló hacia posturas claramente progresistas y, de hecho, cerró filas con la República en 1936; con todo, al hallarse en la reserva, sólo tuvo un alto cargo en la Cruz Roja Española. Sus ideas, influidas por la filosofía de Nietzsche, se pueden catalogar de regeneracionistas. Entre sus obras pueden mencionarse: Así hablaba Zorrapastro (1899) y Morbo nacional (1906). Dos de sus hijos, Luis y Manuel Burguete, también militares condecorados, morirían fusilados por orden de Queipo de Llano poco después del golpe de estado que inició la Guerra Civil Española. Mi tatarabuelo y padre de los fusilados tildaría poco antes de morir al ejecutor de "doblemente traidor y asesino".

Hugo Obermaier en alguna cueva asturiana.
Aquel verano de 1993 en que yo trabajaba con esos fósiles, acababa de terminar mis estudios de Prehistoria. Me fascinaba la combinación de esta carrera con la otra que terminé simultáneamente, la de Restauración y Conservación de Bienes Culturales, especialidad de Arqueología. Bien, pues una compañera de facultad me comentaba en los días finales de curso que tenía intención de hacer una Tesis Doctoral sobre la figura de Hugo Obermaier  (1877 - 1946), arqueólogo y paleontólogo alemán (con boina en la fotografía). Obermaier se hace sacerdote en 1900. En 1908 llega a España junto al también clérigo abate Henri Breuil donde visitan varias cuevas. Su trabajo más importante en ese momento es la excavación de la cueva de El Castillo en Cantabria pero hubo de ser suspendida debido al inicio de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo Obemaier permanece en España estudiando el arte prehistórico de las cuevas de Cantabria y Asturias. El Conde de la Vega del Sella le acoge en su palacio en Llanes y le integra dentro de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, por lo que más tarde se trasladará al Museo de Ciencias Naturales de Madrid. En 1916 publica en Madrid "El hombre fósil" y en 1924 recibe la nacionalidad española.

Hugo Obermaier, mi tatarabuelo el General
Burguete y el Marqués de la Vega del Sella.
En aquellos tiempos sin internet me encantaba hojear aquellas revistas con fotografías de las primeras etapas de la excavación paleolítica en España. Dos curas, uno francés y otro alemán, dirigían aquellas casi decimonónicas excavaciones. En alguna de las fotografías de campo aparecía junto a Obermaier un señor con bigote a lo Bismark de cuya identidad no tenía la menor idea y que me pasó completamente desapercibido.

Anteayer curioseaba en internet mientras me tomaba el café del desayuno. Buscaba datos y fotografías de mi tatarabuelo. De repente google me ofrece unas fotos de él que reconozco haber visto hace mucho. En ella aparece Hugo Obermaier. Me quedo patidifuso. Me entero de repente de que aquel tipo de bigote, aquel desconocido que posaba junto a mi admirado Obermaier no era otro que mi tatarabuelo, el militar/escritor/filósofo General Ricardo Burguete.




Desconozco completamente el vínculo entre el General Burguete y Hugo Obermaier. Quizás fuese amigo del Marqués de la Vega del Sella, quien había alojado a Obermaier en su palacio. Me llama la atención que en ambas fotografías el general aparece en el centro de la escena. Más aún cuando se encuentra fuera de su entorno natural, en las cercanías de cuevas con arte paleolítico y no entre tropas. Quizás el aura de poder hacía que los demás ocupasen lugares secundarios pese a tener más protagonismo en ese lugar concreto.

Mi tío abuelo Gregorio Prieto en una de 
las fotografías surrealista que se hizo 
tomar.
Volviendo a Alcolea de Calatrava y a ese verano de 1993, ocurrió después una cosa que ya me hizo sentir que algo raro estaba pasando en ese pueblo. Nada raro en realidad, sólo mero azar.

Paseo por una de sus calles y me detengo en el escaparate de una de las escasísimas tiendas a mirar cualquier cosa. Y delante de mis narices aparece un cartel pegado al cristal con cinta adhesiva. Dicho cartel anuncia una visita en autocar al cercano pueblo de Valdepeñas. El corto viaje incluye la visita al Museo de la Fundación Gregorio Prieto, mi tío abuelo por línea materna. Gregorio Prieto pintor de la generación del 27 y amigo íntimo de Alberti, Cernuda, Lorca y Dalí, acababa de fallecer al año anterior.

A quien interese, hasta el 20 de abril hay una curiosa exposición de sus fotografías y collages en el Museo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando.




Resumo: Alguien del Museo de Ciencias Naturales me llama para restaurar fósiles en un pueblo de Ciudad Real donde accidentalmente encuentro dos libros escritos por mi tatarabuelo por línea paterna y un cartel que anuncia la visita al museo de mi tío abuelo por la materna, recién fallecido. Muchos pensaran que no es casual que yo fuese a trabajar a ese pueblo ese año, que el destino me ponía allí para que yo me encontrase de algún modo con mis orígenes recientes.

Hace unos diez años, mi amiga Montse, matemática, me habló por primera vez de la Ley de los seis grados de separación. Me fascinó. Por si alguien no sabe qué es esto, diré que es una especulación que afirma que es muy probable o seguro que todos los habitantes humanos del planeta puedan estar "conectados" por un máximo de seis pasos o grados, entendiendo como paso el vínculo de conocimiento. Si Fulanito Pérez conoce a 100 personas y cada una de esas 100 conoce a otras 100, la red se abre a 10.000, después a un millón y al acabar los 6 pasos llegamos a un millón de millones, lo que supera con creces la población humana global del planeta. Es decir, si la ley es cierta, tú podrías, técnicamente, dar un recado a un niño esquimal, a la concuñada de Rapel, o al mismísimo sursumcorda con tan sólo seis pasos como máximo.

Esta ley parece estar formulada para un momento en el tiempo. Pero ¿Y si incluimos la distancia temporal? Podríamos llegar a seis generaciones atrás, aunque lo más probable es que el destinatario del recado en el sexto paso llevase ya unas décadas criando malvas. Me pregunto por los miles de caminos desconocidos que hay entre tú y yo siguiendo esta cadena de conocidos. Y si viajáramos atrás en el tiempo, tarde o temprano encontraríamos a un ancestro común, quizás un tatarabuelo en coche de caballos, o un campesino en la Europa feudal, o un agricultor neolítico, o uno de los primeros humanos modernos saliendo de África hace 100.000 años. También encontraría ancestros compartidos incluso con mis gatos, con el jilguero que canturrea  tras la ventana o con la hormiga que deambula por la terraza. Incluso con las bacterias de tu intestino con las que vives en simbiosis.

Y bueno, si como parece probable según plantea la Panespermia, la Tierra fue "fecundada" por microorganismos llegados del espacio exterior a bordo de asteroides en la primeras fases de su formación hace 4.500 millones de años, podríamos tener ancestros comunes con seres inimaginables viviendo en planetas extrasolares separados de nosotros por miles de años luz y miles de grados en el tiempo. Y sí, también tengo ancestros comunes con los imponentes proboscídeos cuyos huesos fosilizados yo rescataba en aquel pueblo manchego; quizás ese ancestro común fuese un diminuto mamífero que sobreviviera hace 65 millones de años al evento de extinción que acabó con casi todos los dinosaurios (salvo algunos que empezaron a volar).

En fin, el árbol de la vida es un desmesurado fractal con casi infinitas ramificaciones. Nuestro entorno de familiares y amigos es un diminuto rincón de la estructura, una estructura dendrítica cuyo patrón se reproduce y se reproducirá a todas las escalas. Curiosamente el mismo patrón que vemos en las neuronas o en la superestructura del cosmos a máxima escala.