jueves, 3 de abril de 2014

DE FÓSILES, ANCESTROS Y LA LEY DE LOS 6 GRADOS DE SEPARACIÓN

Todos aquellos que me conocéis sabéis que, entre otras cosas, me caracterizo por mi escepticismo total ante esoterismos, astrologías, predestinaciones, etc. Pero eso no quita para que sienta un cosquilleo especial cuando salta una de esas coincidencias que a muchos hacen pensar en alguna suerte de conexión mágica. Estas coincidencias nos llaman la atención y las ornamos con un aura de misterio, pero no solemos ser conscientes de los miles o millones de situaciones en las que NO se produce la menor coincidencia; sencillamente las ignoramos y sólo nos saltan a la vista los escasos hechos coincidentes. Dicho esto como preámbulo, paso a contaros como allá por 1993 descubrí accidentalmente un objeto que materializaba una gran coincidencia, una que me llevó tres cuartos de siglo atrás.

El gereral Ricardo Burguete.
Primavera de 1917. Zaragoza.
Un general de brigada y escritor recibe en su domicilio un paquete por correo postal desde Barcelona. Es un ejemplar de imprenta de su propio libro, uno de los muchos que ha publicado. Este último ha sido la labor de cerca de dos años, desde el inicio de la Gran Guerra tres años atrás. Abre el paquete conociendo de antemano su contenido. Observa la encuadernación, la portada, su fotografía, el papel, etc. Todo está bien. Se sienta en su sillón y lo ojea más detenidamente. Se sirve una copa de licor y enciende un cigarro puro. Detiene un momento su mirada en alguno de los recuerdos que se trajo de su campaña en Melilla y que decoran su salón. Cierra el libro y también sus ojos. Está cansado. Deja su mente al libre albedrío y le viene la idea de que quizás alguno de los ejemplares de esa edición acabe muchos años después en alguna perdida biblioteca, y que quizás algún también lejano descendiente lo encuentre un día casualmente. Se pregunta: ¿Qué impacto tendrá en él? ¿Sabrá algo de mi existencia?. Deja la copa en la mesa y se rinde al sueño.

Yo, preparando uno de los cráneos de
 Anancus avernensis para fotografiarlo.

Verano de 1993 (76 años después). Alcolea de Calatrava, Ciudad Real.
Uno de mis primeros trabajos como restaurador. Me llama alguien relacionado con el Museo de Ciencias Naturales para ofrecerme la posibilidad de trabajar los meses de verano en dicho pueblo manchego, restaurando unos imponentes fósiles de varios ejemplares de Anancus avernensis, un "elefante" de hace unos 3,5 millones de años. Indudablemente accedo, maravillado y emocionado. Total, que al día siguiente ya estamos trabajando. Las defensas (colmillos) de estos proboscídeos eran desmesuradamente grandes, alcanzando holgadamente los cuatro metros de longitud. Se trabta de retirar la matriz silícea que les rodeaba parcialmente, consolidarlos y unir los fragmentos. A lo largo del desarrollo del trabajo, numerosos vecinos vienen a curiosear y a preguntar. Yo les respondo amablemente pero me encuentro con caras de incredulidad, como si pensasen que les estaba tomando el pelo.


Todos los huesos y colmillos que restauramos se emplearon para recomponer el esqueleto que se exhibe en el Museo de Ciudad Real, compuesto por piezas de diferentes individuos. El tamaño de los colmillos es impresionante. 

Una de los colmillos, aún en su matriz de espuma de poliuretano.
Pero bueno, voy a lo que voy. El local donde están depositados los fósiles es lo que se conocía como "teleclub", una especie de anodino salón abandonado donde la gente se reunía a "ver la tele", los jovenes a bailar o quizás a leer algún libro de los que albergaba una pequeña biblioteca. La "tele" yace desvencijada e inoperativa mientras que el tocadiscos luce el polvo de años. Unas cajas de cartón albergan los pocos libros que se ofrecían para su libre lectura. Somos cuatro los que allí trabajamos, tres chicas y yo. Es frecuente que a media tarde nos tomemos algunos chupitos de un licor de café que quedaba por allí.

Leyenda de la portada del libro hallado en una polvorienta
caja de cartón.
Una de esas tardes al dejar de trabajar y de tomar chupitos, me entretengo vaciando las cajas de libros para ver su contenido. Al poco rato me quedo petrificado y absorto con un par de libros en la mano. Son dos ejemplares de una edición de 1917. Se conservan bastante bien. El  título -La ciencia militar ante la guerra europea- no me llama la atención apenas pero resulta que el autor del libro es mi tatarabuelo. Yo había escuchado a mi padre hablar de él alguna vez, pero no sabía absolutamente nada de su vida y milagros; tan sólo que fue un militar de alta graduación.

Ricardo Burguete.
Cuatro cosas sobre él: Ricardo Burguete Lana, (1871-1937). fue un militar y filósofo nacido en Zaragoza y fallecido en Valencia. Combatió en las campañas de África, Cuba y Filipinas, fue alto comisario de España en Marrruecos y director general de la Guardia Civil; recibió la Cruz Laureada de San Fernando en 1894. Aunque fue duro contra los obreros insurrectos en la rebelión asturiana de 1917, osciló hacia posturas claramente progresistas y, de hecho, cerró filas con la República en 1936; con todo, al hallarse en la reserva, sólo tuvo un alto cargo en la Cruz Roja Española. Sus ideas, influidas por la filosofía de Nietzsche, se pueden catalogar de regeneracionistas. Entre sus obras pueden mencionarse: Así hablaba Zorrapastro (1899) y Morbo nacional (1906). Dos de sus hijos, Luis y Manuel Burguete, también militares condecorados, morirían fusilados por orden de Queipo de Llano poco después del golpe de estado que inició la Guerra Civil Española. Mi tatarabuelo y padre de los fusilados tildaría poco antes de morir al ejecutor de "doblemente traidor y asesino".

Hugo Obermaier en alguna cueva asturiana.
Aquel verano de 1993 en que yo trabajaba con esos fósiles, acababa de terminar mis estudios de Prehistoria. Me fascinaba la combinación de esta carrera con la otra que terminé simultáneamente, la de Restauración y Conservación de Bienes Culturales, especialidad de Arqueología. Bien, pues una compañera de facultad me comentaba en los días finales de curso que tenía intención de hacer una Tesis Doctoral sobre la figura de Hugo Obermaier  (1877 - 1946), arqueólogo y paleontólogo alemán (con boina en la fotografía). Obermaier se hace sacerdote en 1900. En 1908 llega a España junto al también clérigo abate Henri Breuil donde visitan varias cuevas. Su trabajo más importante en ese momento es la excavación de la cueva de El Castillo en Cantabria pero hubo de ser suspendida debido al inicio de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo Obemaier permanece en España estudiando el arte prehistórico de las cuevas de Cantabria y Asturias. El Conde de la Vega del Sella le acoge en su palacio en Llanes y le integra dentro de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, por lo que más tarde se trasladará al Museo de Ciencias Naturales de Madrid. En 1916 publica en Madrid "El hombre fósil" y en 1924 recibe la nacionalidad española.

Hugo Obermaier, mi tatarabuelo el General
Burguete y el Marqués de la Vega del Sella.
En aquellos tiempos sin internet me encantaba hojear aquellas revistas con fotografías de las primeras etapas de la excavación paleolítica en España. Dos curas, uno francés y otro alemán, dirigían aquellas casi decimonónicas excavaciones. En alguna de las fotografías de campo aparecía junto a Obermaier un señor con bigote a lo Bismark de cuya identidad no tenía la menor idea y que me pasó completamente desapercibido.

Anteayer curioseaba en internet mientras me tomaba el café del desayuno. Buscaba datos y fotografías de mi tatarabuelo. De repente google me ofrece unas fotos de él que reconozco haber visto hace mucho. En ella aparece Hugo Obermaier. Me quedo patidifuso. Me entero de repente de que aquel tipo de bigote, aquel desconocido que posaba junto a mi admirado Obermaier no era otro que mi tatarabuelo, el militar/escritor/filósofo General Ricardo Burguete.




Desconozco completamente el vínculo entre el General Burguete y Hugo Obermaier. Quizás fuese amigo del Marqués de la Vega del Sella, quien había alojado a Obermaier en su palacio. Me llama la atención que en ambas fotografías el general aparece en el centro de la escena. Más aún cuando se encuentra fuera de su entorno natural, en las cercanías de cuevas con arte paleolítico y no entre tropas. Quizás el aura de poder hacía que los demás ocupasen lugares secundarios pese a tener más protagonismo en ese lugar concreto.

Mi tío abuelo Gregorio Prieto en una de 
las fotografías surrealista que se hizo 
tomar.
Volviendo a Alcolea de Calatrava y a ese verano de 1993, ocurrió después una cosa que ya me hizo sentir que algo raro estaba pasando en ese pueblo. Nada raro en realidad, sólo mero azar.

Paseo por una de sus calles y me detengo en el escaparate de una de las escasísimas tiendas a mirar cualquier cosa. Y delante de mis narices aparece un cartel pegado al cristal con cinta adhesiva. Dicho cartel anuncia una visita en autocar al cercano pueblo de Valdepeñas. El corto viaje incluye la visita al Museo de la Fundación Gregorio Prieto, mi tío abuelo por línea materna. Gregorio Prieto pintor de la generación del 27 y amigo íntimo de Alberti, Cernuda, Lorca y Dalí, acababa de fallecer al año anterior.

A quien interese, hasta el 20 de abril hay una curiosa exposición de sus fotografías y collages en el Museo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando.




Resumo: Alguien del Museo de Ciencias Naturales me llama para restaurar fósiles en un pueblo de Ciudad Real donde accidentalmente encuentro dos libros escritos por mi tatarabuelo por línea paterna y un cartel que anuncia la visita al museo de mi tío abuelo por la materna, recién fallecido. Muchos pensaran que no es casual que yo fuese a trabajar a ese pueblo ese año, que el destino me ponía allí para que yo me encontrase de algún modo con mis orígenes recientes.

Hace unos diez años, mi amiga Montse, matemática, me habló por primera vez de la Ley de los seis grados de separación. Me fascinó. Por si alguien no sabe qué es esto, diré que es una especulación que afirma que es muy probable o seguro que todos los habitantes humanos del planeta puedan estar "conectados" por un máximo de seis pasos o grados, entendiendo como paso el vínculo de conocimiento. Si Fulanito Pérez conoce a 100 personas y cada una de esas 100 conoce a otras 100, la red se abre a 10.000, después a un millón y al acabar los 6 pasos llegamos a un millón de millones, lo que supera con creces la población humana global del planeta. Es decir, si la ley es cierta, tú podrías, técnicamente, dar un recado a un niño esquimal, a la concuñada de Rapel, o al mismísimo sursumcorda con tan sólo seis pasos como máximo.

Esta ley parece estar formulada para un momento en el tiempo. Pero ¿Y si incluimos la distancia temporal? Podríamos llegar a seis generaciones atrás, aunque lo más probable es que el destinatario del recado en el sexto paso llevase ya unas décadas criando malvas. Me pregunto por los miles de caminos desconocidos que hay entre tú y yo siguiendo esta cadena de conocidos. Y si viajáramos atrás en el tiempo, tarde o temprano encontraríamos a un ancestro común, quizás un tatarabuelo en coche de caballos, o un campesino en la Europa feudal, o un agricultor neolítico, o uno de los primeros humanos modernos saliendo de África hace 100.000 años. También encontraría ancestros compartidos incluso con mis gatos, con el jilguero que canturrea  tras la ventana o con la hormiga que deambula por la terraza. Incluso con las bacterias de tu intestino con las que vives en simbiosis.

Y bueno, si como parece probable según plantea la Panespermia, la Tierra fue "fecundada" por microorganismos llegados del espacio exterior a bordo de asteroides en la primeras fases de su formación hace 4.500 millones de años, podríamos tener ancestros comunes con seres inimaginables viviendo en planetas extrasolares separados de nosotros por miles de años luz y miles de grados en el tiempo. Y sí, también tengo ancestros comunes con los imponentes proboscídeos cuyos huesos fosilizados yo rescataba en aquel pueblo manchego; quizás ese ancestro común fuese un diminuto mamífero que sobreviviera hace 65 millones de años al evento de extinción que acabó con casi todos los dinosaurios (salvo algunos que empezaron a volar).

En fin, el árbol de la vida es un desmesurado fractal con casi infinitas ramificaciones. Nuestro entorno de familiares y amigos es un diminuto rincón de la estructura, una estructura dendrítica cuyo patrón se reproduce y se reproducirá a todas las escalas. Curiosamente el mismo patrón que vemos en las neuronas o en la superestructura del cosmos a máxima escala.  

lunes, 17 de marzo de 2014

DE MONJES Y PSICOLOGÍAS

      Me apetece contar algunas cosas de todas las que viví trabajando en el Monasterio de El Paular, en Rascafría, Madrid. Eran los años 1994-96 y fue en este lugar donde hallamos el barroco mensaje del carpintero Zeledonio Marín, aquel relacionado con el clavo en el nudo de la madera. Para quien no sepa de que hablo, le remito a mi entrada "Alguien publicó en mi muro hace 257 años" en este mismo blog.

       Un monasterio es un lugar especial por muchas razones. Para un agnóstico anticlerical como yo que se ve circunstancialmente abocado a permanecer allí, ese carácter especial es percibido de forma muy distinta a la de los propios monjes o visitantes.

      En aquel período habitaban la cartuja unos 15 o 16 monjes de los cuales conocí más estrechamente a 7. Se me ocurrió la gracia de, dado que mi socia se llama Bianca, decir que eran "Biancanieves y los 7 monjitos". Yo no sabía nada de estas cosas pero a la fuerza me enteré, por ejemplo, de que ellos eran “cartujos” y que su indumentaria era un hábito color pardo oscuro. Supe que desde temprano se reunían para sus ceremonias y cantaban maitines o lo que fuese. El silencio, la fría piedra, los cantos de las aves en primavera y aquel otro reverberante y sobrio de los monjes componían un ambiente muy especial que incluso a mí me sobrecogía. 

      Trabajábamos en la biblioteca. 

     El primer año nos ocupamos de restaurar las pinturas murales de la bóveda; lo habitual de inicios del siglo XVIII; santos, vírgenes, angelotes y guirnaldas. 

     Aupado a la bóveda sobre el andamio que yo mismo había montado entraba en un estado de aislamiento delicioso mientras consolidaba aquellas pinturas. 

      El olor a madera de pino y nogal de la enorme librería que restauraríamos unos años después colaboraba a esa sensación embriagadora. El paisaje es de una belleza seductora. La nevada sierra de Madrid de fondo, las verdes praderas y los famosos pinares del Paular. 

      Y para embellecer más la experiencia dos años después, la historia del clavo de Zeledonio tan especial y estimulante.

      Sí, todo esto es muy bonito, muy bucólico y muy todo. Pero la condición humana es la que es y el tríptico de psicologías de estos monjes cartujos me hacía descender de ese limbo a la realidad más humana, a veces cómica, otras ruin y otras casi indescriptible. La casi convivencia con los monjes durante un dilatado período me permitió conocerles un poco a fondo y examinar al ser humano debajo de ese hábito que les barniza de un ápice de supuesta espiritualidad y pretende esconder las miserias propias entre sus pliegues. Una de los primeros días de trabajo ocurrió algo que me permitió conocer sin margen de error la catadura de dos de ellos. Una enorme lámpara de madera pendía del centro de la bóveda de la biblioteca. Sujeta con una cadena que perforaba la pintura mural, había sido instalada en tiempo reciente. Se hacía imprescindible retirarla para acceder a todas los rincones y para que el andamio con ruedas no topase con ella continuamente.  Decidimos comentar a uno de los monjes nuestra necesidad de retirar la lámpara. Se trataba del “padre” Agustín. Resultó ser el mejor de todos, un buen hombre de (entonces) 83 años, de trato encantador y una candidez casi infantil, atento y servicial. 

      Total, que nos subimos Agustín y yo al andamio para observar el enganche de la lámpara. Estamos a unos 7 metros de altura. La forma de la bóveda no permite elevar con más alturas el andamio, por lo que para llegar al punto más alto nos vemos obligados a colocar tablones en último módulo y subirnos a ellos, sin protección alguna. El andamio no es muy bueno y lleva ruedas. No es estable; se mueve y se tambalea sensiblemente a cada movimiento nuestro. La idea es desenganchar la pesadísima lámpara de la cadena y bajarla. Con el interruptor apagado, corto el cable de luz y me dedico a levantar en vilo la lámpara mientras Agustín maniobra para liberarla de la cadena. La labor se hace más complicada de lo que parecía en principio. Repetidos intentos del anciano no logran desengancharla. Pesa mucho y yo empiezo a agotarme de tenerla en vilo. El andamio se mueve mucho y temo la posibilidad de que nos vayamos al suelo. Decidimos descansar unos minutos. Miro para abajo y observó que otro de los monjes nos mira en silencio sepulcral, muy pendiente de nuestras evoluciones. Le ignoro y vuelvo a la tarea. Levanto la lámpara de nuevo y Agustín vuelve a intentar soltarla.

      -Vamos, Agustín... a ver si hay suerte ahora -digo yo.
      -A ver, a ver si estoy mañoso. Creo que ya sé como ¿Aguantas? -responde el pequeño monje.
      -Tranquilo, si veo que no puedo se lo digo y paramos otra vez.

     De repente Agustín logra soltar el gancho. Estaba haciendo fuerza y el impulso le desequilibró. Se tambaleó y se me agarró a la manga del jersey para no caerse, con lo que me desequilibró a mí. Pudimos habernos caído muy fácilmente pero no fue así. Até la lámpara a una cuerda y la fui dejando caer poco a poco hasta llegar al suelo. Agustín y yo nos felicitamos, pero yo estaba lívido del susto. Una vez abajo, interviene el monje que miraba, el “padre” Luis. Electricista de profesión, ingresaba en la cartuja cuando le iban mal las cosas y la abandonaba cuando le salía trabajo. Así se ahorraba una pasta gansa.

      -Pues yo sé como bajar la lampara sin hacer lo que habéis hecho -dice el monje electricista con aire de suficiencia.

      Yo le miro estupefacto y le preguntó.

      -¿Cómo?
      -Subiendo por encima de la bóveda, debajo de la cubierta. Allí está sujeta la cadena. Se suelta de allí, la vas bajando y ya está.

      Me le quedo mirando atónito y pensando: “¿Y este cabrón ha sido capaz de estar callado cerca de media hora viendo como nos jugábamos el tipo en el andamio? Creo que no pude evitar mirarle con cara de asco.

      Como diría un argentino y nunca mejor dicho, el “padre” Luis era un reverendo hijo de la grandísima puta. No me gusta usar este insulto, pero admito que su significado social tiene mucha carga y se ajusta perfectamente a la bajeza de este sujeto. Otro día se acerca a ver el desmontaje de la librería, una labor ardua y complicada y enormemente laboriosa. Detecta que no es en absoluto bien recibido. Se queda un rato en silencio observando y habla.

      -Esto lo hago yo con cuatro tablas y un martillo.

      Le miramos con semblante inexpresivo en silencio total. Mantiene la mirada unos segundos y se va.

     El “padre” Mateo es vascofrancés y cleptómano. Ronda los ochenta y es aficionado a la jardinería. Era un tanto pícaro, lo que constatamos continuamente al escucharle piropos dirigidos a mi socia Bianca, algo subidos de tono. Entre nuestro material de trabajo hay un aspersor de gran tamaño que íbamos a emplear para aplicar determinados productos a la madera antigua. Un día ha desaparecido, junto con piquetas y demás útiles. A la fuerza tenía que haber sido un monje. Pero ¿Cuál de ellos? Después de mucho indagar, sorprendemos al “padre” Mateo escondiendo nuestras cosas en un cuchitril. No hubo más remedio que ponerle en evidencia.

      El “padre” Eulogio era un circunspecto señor granadino, muy serio y bien hablado. Alto y espigado, luce siempre una coloración roja intensa en su prominente nariz. Suele enzarzarse en largas charlas sobre la historia del monasterio con las que nos deleita mientras trabajábamos. No casualmente, él es quien se encarga de mostrar y explicar las particularidades de la cartuja a los visitantes. Su permanente nariz roja y un leve matiz en su voz nos hace pensar desde el principio que es un gran aficionado a la ingesta de licores. Un día nos colamos en el refectorio (comedor) para curiosear. Detectamos varias botellas vacías y una empezada de brandy “Napoleón” escondidas detrás de esculturas. Probablemente propiedad del “padre” Eulogio. Admito que me serví un copazo.

      Mucho más joven que el resto, el “padre” Mario es, muy probablemente, homosexual. De pelo rubio y acaracolado como un querubín, abunda en ademanes femeninos exagerados y volanderos. Su habito es, con diferencia, el más limpio y mejor cuidado de todos. Es aficionado a la pintura y desarrolla su actividad en una pequeña casa de madera sita en el huerto. Un día nos invita a ver su colección de cuadros. Bueno, no hacía falta ser un gran experto para percatarse de que aquello no hay por donde cogerlo. Con evasivas y medias verdades salimos del paso sin herirle gratuitamente.

      Era muy amigo del “padre” Bernardo. Éste, de mediana edad, era aficionado a las manualidades y había tenido a bien ocuparse de la “restauración” de algunas esculturas del monasterio. Educadamente nos pide un día opinión sobre sus intervenciones. Nos comenta que nos va a mostrar como ha reconstruido los dedos de un San Miguel. En cuanto lo veo apenas pude contener la risa. Escondo los labios hacia atrás mordiéndolos para esquivar la carcajada. Asiento para no tener que hablar y dejar salir la risotada. Aquello es de juzgado de guardia. Al aludido San Miguel le faltaban cuatro dedos de su mano izquierda. El buen hombre había “rehecho” los dedos de tal modo que aquello parecía un manojo de salchichas tiesas, rosas como la salsa y ofreciendo abiertamente un aspecto grotesco. Me resulta imposible comprender como él mismo no se daba cuenta de lo estrepitoso de su fracaso. Me maldigo por no haberme decidido a fotografiarlo, ya que cosas así no se ven todos los años.

      Tampoco pareció aquel manojo llamar la atención del “padre” Ildefonso. Es el padre prior, el que manda allí. Parece buena gente, aunque no tanto como Agustín. Aficionado a la horticultura, es fácil verle a ciertas horas dándole a la azada pese a su avanzada edad. Muy interesado por el progreso de nuestro trabajo, viene a vernos con frecuencia. Es navidad y, como es de esperar, se ha montado un belén en el deambulatorio del claustro. Ildefonso parece estar muy orgulloso del belén de este año al que califica de “muy realista”. Un día a la hora de comer nos dice:

     -Venid si queréis a ver el belén. Ya veréis que es muy realista y nos ha quedado fenomenal este año.

     Por no desairarle le acompañamos para verlo. Era, como no podía ser de otro modo, el típico y archirepetido montaje de figuritas sobre una tabla. Lo “realista” era el decorado. El río era un original papel de aluminio arrugado; los árboles, ramas pegadas; las rocas, piedrecillas del río; la estrella, una de cartón y papel charol. En suma, nada que lo distinguiese del belén que habría en un colegio. Sin embargo hay algunas cosas que no pegan. Entre ellas, unas piñas muy grandes que cuadruplican el tamaño de las figuras (¿árboles?), pero lo que más me llama la atención es una serie de “peces” colocados en tierra a ambas orillas del “río”. Empujado por la curiosidad termino preguntando.

      -Ildefonso ¿Qué hacen los peces fuera del agua a la orilla? ¿Se supone que los han pescado?
     -Ah, no. No es eso. Ha sido una idea del padre Miguel. Ha querido poner a los peces bebiendo en el río, ya sabes, como en el villancico.
      -... -le miro en silencio a los ojos con cara de tonto y titubeando la palabra “pero”.
      -... -mantiene Ildefonso la mirada esperando algún comentario mío.
      -Pero... los peces viven en el río, no se acercan al río a beber como los caballos.
      -Ah, bueno, da lo mismo. ¿No ves que es un belén? Es alegórico.
      -Ah, en ese caso... -digo yo perplejo- ¿Y las piñas? -añado.
      -Las piñas, piñas son.
      -Ah.

Fotografía reciente. Ninguno de los monjes aludidos aparece
en esta fotografía. Intuyo que la mayoría habrá fallecido ya.
       Un perfecto corolario a esta narración sería la manida frase “el hábito no hace al monje”. No sé si hay algo que “haga al monje”, pero desde luego el hábito no. O sí, según lo que entendamos por monje. Allí lo que había era un reducido grupo de seres humanos, de edad avanzada casi todos, que, por una razón o por otra, habían optado o no les quedaba otra que meterse a monje. Algunos quizás por vocación (sea eso lo que sea), otros por soledad, por desamparo, por aburrimiento, por necesidad, por falta de recursos, por miedo, por inadaptación, por tendencia sexual no declarada, por curiosidad, por presión familiar, etc. A saber. Quizás los muros de cal y canto y los hábitos de grueso lino sean buenos parapetos, lugares o envolturas donde ocultar los secretos ante los demás y puede que ante ellos mismos.

       A veces pienso en la idea de, a la vejez, juntarnos en una especie de comuna senil con gente de gustos y sensibilidades afines. Algo a lo que hemos bautizado Cocoon, como la película. Y ahora pienso que quizás lo que hagan estas monacales personas sea algo parecido, con la gran ventaja de que les sale todo gratis y están en un lugar privilegiado. A cambio sólo tienen que rezar un poco y dejarse ver con sus hábitos por turistas y visitantes como parte del atrezzo.

      Y es que los humanos somos, con nuestras virtudes y miserias que tarde o temprano afloran, seres individualistas en el fondo y para nada gregarios, adaptados culturalmente y de forma imperfecta a vivir en comunidad. Me pregunto por los secretos íntimos y las historias vitales de estos siete enanitos, autorecluidos tras los muros de esa prisión abierta, supuestamente dedicados a la introspección, al rezo y al estudio de las escrituras como leitmotiv de su aislada existencia. Y ya se sabe, la vejez nos hace y nos hará niños, inocentes y candorosos como el "padre" Agustín o miserables como el "padre" Luis. Otro día les tocará a las monjas, que también tienen lo suyo.






viernes, 31 de enero de 2014

CANTOS RODADOS Y MULAS

Es el año 2006. Mansilla de las Mulas, provincia de León. Pueblo de la meseta perdido en la extensa planicie, casi únicamente popular por la presencia de una prisión en sus afueras que acoge a más de 1.500 reclusos. Curioso y jeroglífico es su escudo, que muestra una mano algo ortopédica y una silla de montar.

La villa es también relativamente popular por una gran discoteca llamada "La Estrella", hoy cerrada y a la venta y dónde, según me contaron, tocaron algunos de los más afamados grupos españoles. Un peculiar y casi psicodélico cartel anuncia la venta de todo o de parte del suelo.

Curioso cartel que anuncia la venta del suelo de la macrodiscoteca rural "La Estrella".


Un antiguo monasterio de la localidad va a ser rehabilitado como Museo Etnográfico. Conserva casi intactos ocho pavimentos medievales realizados con cantos y guijarros de río de color oscuro que componen el fondo sobre el que destacan dibujos geométricos para los que se emplearon cantos de color blanco y vértebras humanas (creo) y de ovicápridos.





Se nos llama para la recuperación de dichos pavimentos. Hacía un par de años, otra empresa había extraído algunos de ellos para su posterior restauración y montaje, quedando almacenados en unas antiguas escuelas cedidas por el ayuntamiento de la localidad. Como es habitual, se entelaron los pavimentos para después cortarse en unidades manejables. Finalmente se almacenaron en cajoneras de madera hasta que llegase el momento de ponerles un nuevo soporte e instalarse otra vez in situ.




Estado en que nos encontramos algunos de
los fragmentos de pavimento.
Lamentablemente, dichas cajoneras llenas de porciones de pavimento fueron dejadas a la intemperie durante dos años en un patio de las citadas escuelas, por lo que el adhesivo de los entelados había perdido toda función quedando algunos convertidos en un amasijo de la propia tela, de piedras y de tierra. Tierra que, con la lluvia, permitió germinar infinidad de vegetación que se unía al revoltijo, salteado con caparazones de caracoles, colillas y envoltorios de chicle. La labor de recuperación se nos antojaba ingente. Necesitábamos suelos lisos y planos donde trabajar, por lo que nos vimos obligados a enrasar, tapar y nivelar todos los boquetes y desniveles con una aplicación de hormigón. Después extendimos sobre el suelo y boca abajo todos los cuadrantes de los pavimentos en su posición correcta. Labor tediosa la de ir recuperando y lavando miles de cantos de los amasijos y colocarlas en su posición.

Como era de esperar faltaban cientos de ellos, por lo que sólo había una solución: ir a la cercana orilla del río Esla y llenar carretillas de guijarros que después se seleccionarían por tamaño y color para reconstruir todas las zonas perdidas. Y allí me tenéis, queridos lectores, recorriendo kilómetros de orilla de río cogiendo piedras embarradas como quien coge setas. Como curiosidad diré que durante la recolección hallé una bala, probablemente de la Guerra Civil, que no llegó a matar a nadie. También un antiquísimo cochecito de juguete, monedas de antes de Franco y una cajita metálica dentro de la cual había un corazón tallado en madera con unas iniciales, quizás la historia de un amor perdido o jamás alcanzado. Como una banalidad romántica, dejé todo en su sitio para que, quizás algún día, alguien excavase en la zona y tratase de reconstruir el pasado en la zona. Niños, juguetes, secretos, corazones y balas; la vida misma.

Seleccionados los miles de pequeños cantos por tamaño, forma y color, procedió reconstruir todas las zonas perdidas siguiendo los calcos que se habían hecho antes de extraerse los pavimentos del suelo. Admito que fue divertido pero al acostarme por la noche sólo veía piedras y más piedras.

Volviendo a la historia, una vez reconstruidos penosamente los pavimentos y aplicado un nuevo soporte, necesitamos acarrearlos hasta el monasterio para volverlos a instalar. Son cientos de cuadrantes que en total pesan más de treinta toneladas. Nos disponemos a hacerlo contratando a algunos mozos del pueblo cuando una llamada del ayuntamiento nos hace detenernos. Resulta que, merced a un convenio entre la prisión y el ayuntamiento, existe un programa de trabajos para los presos con el fin de tenerles ocupados, de que ellos hagan méritos por buena conducta y, de paso, se conviertan en mano de obra gratis para determinados trabajos no especializados. Total, que nos ofrecen la posibilidad de que un nutrido grupo de reos nos ayude en la dura labor de cargar y descargar todas aquellas "losetas" de guijarro. Al escuchar aquella voz al teléfono, mis pensamientos son casi bipolares; por un lado siento alivio al saber que puedo contar con la ayuda de un montón de hombres, pero por otro me quedo perplejo y algo inquieto ante lo inesperado de la situación y el desconocimiento total sobre el tipo de personas que nos iban a enviar y sobre las razones por las que habían sido privados de libertad; hablando claro, los delitos o crímenes que pudieran haber cometido. Era de suponer que serían personas privadas de libertad por delitos menores, pero en el momento imaginé de todo.

La sugerencia del ayuntamiento va cargada de una cierta presión en el sentido de que aceptemos la oferta, por lo que finalmente accedo. Llega el día. El autocar que transporta a los presos del penal está a punto de llegar. Es primera hora de la mañana y esperamos su llegada. Como medida de precaución y ante el desconocimiento del tipo de personas que están al caer, escondo toda la maquinaria y útiles de trabajo, así como objetos que puedan ser usados como arma. Luego me di cuenta de que aquello fue una tontería, pero en el momento me pareció prudente. Estoy algo inquieto y pienso en qué actitud tomar a la hora de ser presentado. Decido que lo mejor es ignorar su procedencia, ser educado y cordial e incluso simpático y bromista. Siempre sin exagerar, claro. Y así es, llega el autocar y baja del mismo un funcionario de prisiones, enclenque y poca cosa pero dotado de fuerza mental y dotes de mando. Va seguido de un grupo de unas quince personas, evidentemente los presos. Van todos callados o hablando en voz baja, mirando con curiosidad la infinidad de "losetas" de guijarros que esperan a ser transportadas.

-Hola, buenos días. Soy fulano de tal, del penal de Mansilla. Y estas son las personas que van a echaros un cable con esto -dice el funcionario ofreciéndome su mano.

-Buenos días, encantado -respondo yo antes de mirar a los ojos a algunos de los presos y hacer un saludo general con la mano-. Muchas gracias a todos. Como veis vuestra ayuda es casi imprescindible.

Entonces el pequeño funcionario se da media vuelta y se dirige al conjunto de presos.

-Bueno, os repito lo mismo. Estáis a las instrucciones de este señor y por favor hacer lo que os diga sin alborotar.

Se escuchan comentarios afirmativos y asentimientos. Entonces me dirijo a ellos de nuevo.

-Pues como veis la cosa es sencilla. Es cargar en el camión estos bloques. Lo único importante es no mezclar los de un suelo con los de otro. Y llevarlos como mínimo entre dos personas porque pesan como un muerto.

Unas horas antes había llegado un equipo de la televisión regional para hacer un reportaje sobre los trabajos. Y ahí me tenéis, fingiendo que coloco unas piedras mientras me graban. Bueno, el caso es que empezamos a cargar los bloques, yo el primero por supuesto. Según me voy "emparejando" con cada uno de ellos a la hora de cargarlos me percato que hay varios sudamericanos. Intuyo que están ahí por tráfico de drogas o hurtos menores. Me viene a la cabeza la coincidencia entre el apelativo que reciben los que se exponen a pasar las aduanas con estupefacientes en su recto -mulas-, y el nombre del pueblo. Más tarde, uno de ellos me contaría brevemente su historia y sí, era una "mula". De entre todos me llama especialmente la atención uno de ellos. Es indiscutiblemente andaluz. Tatuado con amor de madre y con ademanes y virilidad de legionario. Es bajito y fornido. Pelo negro e hirsuto. Su mirada es fría y penetrante y su voz es inusualmente grave. Sus facciones parecen talladas a hachazos y su silencio es helador. Sin embargo es el que con más ahínco carga los bloques y quien da instrucciones a los demás. Es evidente que tiene personalidad de líder. Seguro que lo fue en su etapa precarcelaria también. Y ahí me tenéis, recorriendo el pueblo en la caja de un camión cargado de trozos de suelo medieval y de reos. La situación alimenta el jolgorio y los presos van saludando a todos los vecinos como si fuesen un equipo de futbol ovacionado por forofos. Llegamos al monasterio, sumido en una obra de rehabilitación integral. Hay cuadrillas de pintores, electricistas, decoradores, instaladores de pladur, herreros, etc. Y todos bajo la supervisión de un jefe de obra un tanto malencarado cuyo nombre voy a omitir. Nada más llegar y comenzar los presos a entrar en el monasterio, el jefe de obra empieza a dar voces.

-¡Mucho ojito, eh! ¡Mucho ojito! Como vea yo a alguno tocar algo se las va a ver conmigo -dice a gritos y en tono amenazante.
-A éste le metía yo en la tercera galería para que le pongan el culo como un bebedero de patos -me comenta el andaluz tras darme con el codo.
-No es un tipo que se haga querer, desde luego -respondo yo.
-Verás si todavía no se va caliente a casa.
-Nada, no le hagas ni caso, que se le va la fuerza por la boca.
-Por la boca le metía yo...
-Anda, no la liemos y vamos a empezar a descargar.

Total, que empezamos la dura tarea. Se realiza de forma ordenada y sin incidentes. Las "parejas" de carga se van alternando según avanza la tediosa labor. Tras múltiples viajes del camión al monasterio, comparto bloque con un brasileño de nombre Fabián. Está muy callado y aparentemente triste. Yo comento algo intranscendente, no recuerdo qué. Entonces habla con inconfundible acento portugués y un tono resignado y furioso a la vez, aparentemente cercano al llanto.

-Yo no debería estar aquí. ¡Qué demonio hago llevando de un lado a otro estas piedras?
-¿Por qué estás aquí? -le pregunto yo entendiendo que quería hablar de ello.
-Por una grande estupidez que cometí. Nada grave.
-Espero que te quede poco.
-Sí, me queda poco pero es eterna la espera -concluye Fabián.
-No lo pienses.

Al cabo de unas horas el trabajo está terminado y cientos de bloques repletos de guijarros se apilan en lo que serían las salas del museo esperando a ser colocados como las piezas de un puzzle gigantesco y pesado para componer de nuevo aquellos pavimentos que fueron pisados desde el año 1500 por las suelas de las sandalias de aquellos monjes agustinos, tan favorecidos por los reyes católicos por ser acérrimos defensores de la pureza de la fe católica. También serían pisados por las calzas del almirante de Castilla, Fadrique Enríquez, fundador del convento. Volviendo a la historia, a mi historia, diré que se me ocurre la peregrina idea de ofrecer a los presos una invitación a tomar algo en uno de los pocos bares del pueblo. Ellos reaccionan agradeciéndomelo pero declinando la oferta porque no les está permitido. Y recibo una pequeña reprimenda del funcionario por mi metedura de pata. Luego lo entendí perfectamente, claro, pero lo cierto es que me sentí muy agradecido y quise mostrarlo. Tras varios choques de manos y agradecimientos, los presos vuelven al autocar que les conduciría de nuevo al penal. Yo comenzaría a reconstruir los puzzles pensando en lo que acababa de vivir.

En aquel entonces, año 2006 creo, no había explotado aún la burbuja de la corrupción y salvo algunos casos aislados no tenía yo mucha idea de lo que se estaba cociendo. Hoy no puedo evitar pensar en lo absolutamente contradictorio de lo que se conoce como justicia. Sonriendo me imagino siendo ayudado a cargar suelos de piedra por los grandes delincuentes actuales, esos de azul hemoglobina, los procedentes de la usura y los democráticamente elegidos, encorbatados ellos y salidas ellas de la peluquería, rodeados de escoltas y policía. Y pienso también en algunos de estos pobres diablos (no todos, claro) que un día caen en la tentación de ganar un dinero sucio para dar un giro a sus vidas y que acaban unos años muy lejos de su tierra y de su gente, por ejemplo en el páramo leonés. Lejos de querer entrar en el debate de si merecen o no reclusión, lo que sí resulta tristemente palmario es que hay muchos/as que la merecen más que nadie pero la esquivarán merced a favores, fianzas e influencias de otros que, por ende, la merecen también, cerrando el círculo defensivo. Esos muchos que no necesitan ya nada y que, cegados por la ambición que medró en su cuna, defecaron sus escasos escrúpulos para adueñarse de lo ajeno, amparados tras sus escudos de sangre, poder y coacción. Adictos a los ceros a la derecha de sus cuentas bancarias, al "prestigio" y al no ser menos. Si uno roba, roba el otro y la otra, así que yo también. Y mi amiguete y mi sobrino.

Indagando, descubro ahora que el programa "Callejeros" realizó un documental dentro de una cárcel y que fue precisamente en la de Mansilla de las Mulas. He reconocido un par de caras en el reportaje. La vida allí seguirá transcurriendo intra y extramuros de la prisión, lenta y plana como la tierra que se pisa, salpicada por el continuo pasar de peregrinos en dirección a Santiago de Compostela. Un lugar de paso, voluntario para estos y forzoso para los presos, pero todos haciendo de algún modo un sacrificio expiatorio.

En fin, por acabar con una sonrisa hablaré de un curioso personaje de la villa. Un compañero y yo le llamábamos "el hortera amnésico". Hortera porque tenía una tienda de ultramarinos. Para quien no lo sepa, un hortera era un tendero en el Madrid antiguo. (ej.: "en la mercería de mi bisabuelo enviaban al hortera a entregar los pedidos"). Y amnésico por lo siguiente. Uno de los primeros días de trabajo entramos a su tienda a comprar verdura. El hombre, muy amable, nos hizo algunas preguntas.

-Y bueno, contadme ¿Sois peregrinos? ¿Desde dónde venís?
-No, no somos peregrinos. Estamos trabajando aquí -respondo yo extrañado dado que nuestra ropa de trabajo nos distinguía claramente de los peregrinos, lógicamente con indumentaria muy distinta.
-Ah -responde escuetamente el hortera.

Al día siguiente, o dos días después, volvemos a la tienda a comprar para el desayuno. Tras pagar se inicia de nuevo el particular interrogatorio.

-Así que sois peregrinos, ¿no? -vuelve a preguntar casi dando por segura la respuesta afirmativa.
-¿Eh? No, ya le dije ayer que no, que estamos trabajando aquí, en el convento.
-Ah -responde de nuevo lacónicamente.

Al salir, mi compañero y yo comentamos lo atontado que estaba este hombre. Era más que evidente que no éramos peregrinos por nuestra guisa, pero él insistía en su pregunta ya casi ritualizada. Al enésimo día de comprar allí y obteniendo siempre la misma pregunta por su parte, decidimos someterle a prueba y acentuar más aún nuestro aspecto de no-peregrinos. Se nos ocurrió entrar en su tienda con el casco puesto (imprescindible para el acceso a cualquier obra). Si aún así el hortera nos volvía a preguntar si éramos peregrinos, daríamos por sentado que el tipo estaba algo transtornado. Así que entramos cascos en testa, cogemos la compra y nos disponemos a pasar por caja. El hortera guarda silencio. Mi compañero y yo nos miramos con complicidad.

-Una botella de vino, otra de leche, una caja de galletas, café.... total 15 con 80 (o lo que fuese)
-Aquí tiene.
-Pues nada, buenas tardes -dice el hortera.
-Adiós, buenas tardes.

Salíamos por la puerta algo decepcionados. Nos habríamos partido de risa si nos lo hubiera vuelto a preguntar pese a llevar el casco puesto. Pero no, contra todo pronóstico no lo hizo esta vez. Pero en ese instante, coincidiendo con el chirrido de la puerta de la tienda al cerrarse...

-Oye, esperad. Tengo en oferta unas botas de buen vino de la tierra. Eso sí, es sólo para peregrinos, ¡Así que aprovechad!

No pudimos contener la carcajada delante de sus narices, claro está. Le compramos una bota y nos bebimos aquel vinacho a la salud del "hortera amnésico" y lo que nos había hecho reír sin pretenderlo.



Básicamente esto es lo que dio de sí este trabajo. Aprendí que no se debe juzgar demasiado pronto a las personas y supe que Themis padece ya de vista cansada o presbicia. Las "mulas" pastan mansas esperando a que acabe su castigo, el precio de su imprudencia. El arado del que tiran surca el terreno de sus propias vidas. Otros son potentes e insaciables cosechadoras de millon€s de mentiras; máquinas tan bien fabricadas que ni abdican ni dimiten ni cesan aunque la tierra que explotan esté ya casi esquilmada.      



Texto revisado por el gran Pepe El Víbora.













 




martes, 24 de diciembre de 2013

HACIA JAPÓN VA UN CRÁNEO, RIN RIN

Recreación de Gomphoterium angustidens
Marchando otra historia sobre mi trabajo. Como viene siendo habitual, primero una introducción y después lo anecdótico, lo berlanguiano, lo absurdo. Éste es de los primeros que realice después de terminar Conservación y Restauración de Bienes Culturales. Es el año 1995. Recibo una llamada del Museo de Ciencias Naturales durante la cuál se me dice que unos japoneses están muy interesados en obtener una réplica (copia) de un cráneo de mastodonte (Gomphoterium angustidens, un proboscídeo... un elefante, vamos) del Mioceno, de hace unos 18 millones de años, conservado entonces en el Museo Municipal de Madrid, en la calle Fuencarral.

Trabajos de extracción en 1959
El cráneo y la mandíbula inferior de este magnífico mamífero fueron hallados en 1959 en Tetuán de las Victorias, concretamente junto a lo que se llamaba la "cerámica Mirasierra", una fabrica de útiles de ese material. Hoy día es una poblada zona de viviendas del barrio de Tetuán pero entonces era un gran descampado. Como podéis ver en la fotografía, portada del periódico "Arriba" (Falange y después Prensa del Movimiento) el cráneo fue hallado en conexión con la mandíbula. Del resto del esqueleto nada se supo, pero posiblemente esté hoy día por la zona, sepultado por los cimiemtos de algún edificio Debido a que se halló el cráneo con varias fracturas y, lógicamente muy deteriorado, el arqueólogo al cargo decidió no arriesgarse a que se hiciese añicos al sacarlo. Así, optaron por envolver ambos cráneo y mandíbula en una especie de "camisa" de poliester y fibra de vidrio antes siquiera de moverlo del suelo.


Debo decir que, dados los medios de la época, fue una decisión muy acertada. En la fotografía de Europa Press vemos al arqueólogo trabajando de una guisa hoy impensable, impoluto y rodeado de niños y de curiosos. Por lo que veo en las fotografías, no hay nada que reprochar al trabajo realizado. Habría gozado estando allí en aquel momento pero aún faltaban seis años para que naciese. Aunque no puedo quejarme; treinta y siete años después de ser tomadas estas instantáneas tuve el privilegio de trabajar con este formidable fósil.  El caso es que las piezas se trasladaron al Museo Municipal y se expusieron en sendas vitrinas tal y como fueron entregadas, es decir, con el particular envoltorio plástico que le confería un tono verdoso que le daba un cinematográfico aire extraterrestre.

El cráneo mientras se le realizaban unas placas radiográficas
Por su propia forma y fragilidad, el cráneo hubo de ser exhibido en posición invertida, es decir, como veis en la fotografía, descansando sobre el frontal y mostrando los molares. Por si alguien tiene curiosidad, la palabra mastodonte, usualmente aplicada a animales o personas muy corpulentas, significa en realidad "dientes en forma de mama". En suma, entre el aspecto verdoso que le daba la "camisa" de poliester y su posición invertida, semejaba más una maqueta para la película Alien que un cráneo de un elefante extinto. Y bien, aquí comienza la historia.


Inspección con un detector de metales.















Una vez llegados a un acuerdo económico con los japoneses -se permitía hacer dicha réplica a cambio de que en el precio de la copia se incluyese su necesaria restauración- comenzamos a trabajar en la misma sala del museo donde se exhibía. Lo primero fue hacer unas radiografías y una pasada con un detector de metales para asegurarnos de que no se metieron vástagos metálicos en el interior de las defensas (colmillos) para darles solidez. Me puse en contacto con el veterinario a quien solía llevar a Pirracas, mi gata, para que llevase al museo su equipo portátil de rayos X y hacer unas placas. El hombre, que en su vida habría imaginado que le encargasen algo así, accedió encantado e incluso ilusionado. La exploración no detectó ningún elemento extraño, y tampoco el detector de metales, por lo que pasamos ya a intervenir.

Lo primero era, lógicamente, retirar la funda de poliester y fibra de vidrio que como un sudario envolvía las piezas desde 1959. Labor lenta y cuidadosa ya que bajo dicha funda aparecía el hueso muy deteriorado y exfoliado, por lo que había que ir consolidando e inyectando resina de forma paralela. Una vez "descamisados" y consolidados el cráneo y la mandíbula procedimos a hacer el molde a partir del cual obtendríamos la copia que viajaría a Japón.
Sería un molde de silicona, especialmente complejo por las dimensiones de las piezas y por lo intrincado de sus orificios y recovecos. Como es de imaginar, para completar los moldes hubo que voltear en varias ocasiones las delicadas piezas, lo que requirió no sólo entablillarlas y acolcharlas muchísimo sino también la colaboración de un montón de brazos, no ya por el peso sino por la fragilidad del mismo pese a la consolidación.

Así que decidí llamar a diez amigos para pedirles el favor de echar una mano (nunca mejor dicho) a levantar el cráneo en vilo mientras se deslizaba por debajo una tabla que sería parte de la caja que nos permitiría voltearlo. Se trataba de que el peso se repartiese entre veinte manos y que el cráneo literalmente levitase. Les di una breve charla de como hacerlo e hicimos una prueba para sopesar la fuerza a emplear. Por fin y a la de tres se izó el cráneo lo suficiente y se metió la tabla. Lo cierto es que a todos les gustó la idea de colaborar en algo tan inusual.

El trabajo proseguía, cubriendo poco a poco las superficie de los fósiles con la silicona que registraría su forma. Después vendría el relleno de dicho molde con un mortero sintético. Todo se desarrolló perfectamente. Por fin sacamos las piezas de los moldes y finalmente nos dedicamos al coloreado y patinado de las copias.

Modestia aparte, era casi imposible distinguir el original de la copia.

Sometimos al personal del museo a la prueba de adivinar cuál era cuál y todos dudaron muchísimo, errando la mayoría, lo cual era un evidente síntoma de que el trabajo era muy bueno. Yo mismo dude en alguna ocasión y tuve que hacer "toc toc" con los dedos sobre ambas para distinguirlas por el sonido.

Cuidamos cada detalle, pintando cada pequeña variación de color y dando el brillo adecuado al esmalte perfectamente conservado.
Otra réplica del mismo ejemplar puede verse en el
Museo Geominero de Madrid.



Un día un visitante del museo me preguntó:

- Estos colmillos tan grandes los usarían para cazar a sus presas ¿verdad?
- No, no! Eran herbívoros, igual que los elefantes actuales.
- Ah, ¿Es que cree usted que  los elefantes no comen carne?
- No, jamás -respondo yo muy serio.
- Pues está usted en un error, joven (entonces yo era joven). Yo he visto una película en la que un elefante luchaba contra un dinosaurio enorme y al final ganaba el elefante y se comía al dinosaurio.
- Ah, si lo ha visto usted en una película ya me callo.
- Es que tiene usted que documentarse más, hombre!
Creo recordar que le miré perdonándole la vida pero logré mantener la boca cerrada.

Colocando las réplicas en conexión anatómica.

Dado que las réplicas eran huecas y podían manejarse con cierta facilidad, decidí hacer esta fotografía para dar una idea de como era la conexión entre cráneo y mandíbula ya que desde que fue desenterrado el fósil jamás había vuelto a su posición correcta. Siempre habían estado por separado quedando el cráneo boca abajo. Por si a alguien le interesa, es extraño que el pariente vivo más cercano a los elefantes es el damán, un pequeño animalillo del tamaño de un gato.



Cámara de Telemadrid.
Vino un equipo de Telemadrid a hacer un reportaje y una periodista de El País a hacer lo propio. El hecho de que un museo japonés se hubiese interesado en obtener una réplica de este hasta entonces casi desconocido fósil resultó llamativo. Nos grabaron trabajando y fuimos entrevistados. Recuerdo que algunos vecinos que jamás me habían dirigido ni un saludo, comenzaron a hacerlo a raíz de la emisión del reportaje; incluso hubo alguno que me paró por la escalera para preguntarme por el asunto. Es lo que tiene salir hablando en televisión, aunque hubiese sido diciendo memeces.



Publicaciones en EL PAÍS, sección de FUTURO


Y bien, aquí comienza la parte cómica y anecdótica del relato, donde lo absurdo y lo demencial se dan la mano para hacer esta experiencia aún más inolvidable.

Quisimos conocer cual era el peso de nuestras réplicas para facilitar ese dato a la empresa de transporte que habría de llevarlas hasta Japón. Sabíamos que, pese a su considerable tamaño, no eran muy pesadas debido a que las hicimos huecas y que el material empleado era un mortero liviano. La dificultad radicaba en su tamaño y dificultad para colocarlo en una báscula de baño. Así que decidimos pedir permiso para pesarlas a algún empleado del cercano mercado de Barceló.  Y así fue, un atónito carnicero nos escuchó y finalmente accedió a permitirnos pesar las réplicas en una báscula. El espectáculo estaba servido; imaginad las caras de las señoras haciendo cola en los puestos del mercado al ver a dos personas entrando con un cráneo de "algo parecido a un elefante" y llevándolo para pesar. Las pesamos, anotamos los pesos y nos dispusimos a volver a llevar la réplica al museo. Habíamos dejado la caja en la puerta del mercado y hacia ella nos encaminábamos cuando, aún dentro del mercado, fuimos interrumpidos por una señora de pelo entrecano portando varias bolsas.

-Perdóneme, quería preguntarle, ¿Qué es eso que llevan ahí?
-Pues es una cabeza de elefante... -respondo yo sin especificar más, asumiendo que la señora no me entendería si le digo qué era realmente.
-Ah, y ahora se llevan el hueso. Pues me gustaría llevar un poco para que lo pruebe mi marido ¿Sabe usted a cuanto está el kilo?
- .....
-Ah, que ustedes son los repartidores. Perdone, ya pregunto en la carnicería.
-No, oiga, mire. Esto es una pieza de museo y la hemos traído aquí para que nos la pesen. Esto no se come.
- ....

Tanto aquella mujer como nosotros permanecimos unos segundos inexpresivos mirándonos fijamente a los ojos y tratando de entender lo estúpido de la situación, hasta que finalmente la mujer se dio media vuelta tras dibujarse en su cara un claro gesto de incomprensión.

-Ah, pues perdonen ustedes.
-Nada, nada.

Excuso decir que la risa estuvo a punto de estallar.

Al día siguiente enviamos un fax a Japón, concretamente al Mizunami Fosil Museum, en la ciudad de Gifu, para comunicarles que las réplicas estaban terminadas. Recibimos una escueta respuesta en la que se nos comunica que alguien del museo vendrá tal día a Madrid para dar el visto bueno y pagar, firmada por alguien cuyo nombre no recuerdo, algo parecido a Kobayhasi. Llega el día. Nuestra flamante réplica había sido llevada al Instituto Arqueológico Municipal, una bello lugar hoy día transformado en un centro cultural, pero que entonces era un palacete situado en el parque de la Fuente del Berro y rodeado de esplendidos pavos reales. Allí esperábamos a Kobayhasi.

Imaginábamos a un japonés vestido con traje, occidentalizado y con pelo corto pero para nuestra sorpresa, el nipón era un tipo bajito, y con una cabellera y barba larguísimas. Con un inglés apenas inteligible alabó la calidad de la réplica y después extendió un cheque. La cotización de la peseta con respecto al dolar acababa de cambiar favoreciéndonos. Hablando de favores, Kobayashi nos pidió uno. Tenía mucho interés en presenciar un espectáculo de cante y baile flamenco por lo que sugirió que esa misma noche le llevásemos a algún tablao. Y así fue. Hubo que llevarle a La Soleá donde nos tomamos unas cervezas, tras lo cual el oriental comenzó a dar palmas con poco acierto llamando la atención de los asistentes cercanos a nuestra mesa. Antes de eso hubo que acompañarle a la plaza mayor donde adquirió un horroroso belén para llevárselo a sus niños. Evidentemente era final de diciembre. Total que el hombre volvió a Japón tan contento a la espera de que llegase la réplica por barco unos días después. Habíamos contratado el porte con una empresa alemana con sede en Madrid. Mi socia hizo una llamada a dicha empresa para facilitar los datos de la mercancía, el destino, las dimensiones y peso de la misma, etc. Yo pegué el oído al auricular también. Todo iba perfectamente normal en la conversación hasta que las cosas empezaron a liarse. Fue algo así:

- Bien, y dígame ¿Qué es exactamente lo que van ustedes a enviar? - pregunta la empleada de la naviera.
- Pues mire, es una réplica de un cráneo de mastodonte -responde mi socia.
... Se produce un silencio.
-Ah.
... Otro silencio.
- Un mastodonte dice ¿no? Ya, algo muy grande, ¿Pero exactamente qué es lo que van a transportar?
- Pues eso, lo que le estoy diciendo, una copia de un cráneo de un animal prehistórico.
- Ah! Perdone, no le había entendido bien -responde entre risas la administrativo - Y lo llevan ustedes en una caja de 2 x 0'80 x 0'90 metros ¿No es así?
- Exacto, eso es.
- Y en total el peso es de 80 kilos, ¿Verdad?
- Eso es, casi 80 kilos. 
Se produce un nuevo silencio escuchándose sólamente el sonido de las teclas del ordenador de la mujer.
- Y dígame, por razones de seguridad ¿Llevarán ustedes al dinosaurio bien enjaulado, verdad? (literal)
- ......!!¿?¿?¿?¿?!!

Veo a mi socia levantar las cejas, atónita, y mirarme con cara de incredulidad y de risa contenida.

- ¿Pero qué dinosaurio ni que niño muerto, oiga? -responde cambiando su cara de estupor por la de cierta indignación.
- ¿No me ha dicho que...?
- Es un cráneo, una calavera, un hueso, y además es de escayola (para que la avispada empleada le entendiera). El mastodonte murió hace 18 millones de años, así que pueden estar ustedes tranquilos que no les va a atacar. ¡Y además es sólo una copia de la cabeza!
- Ah! Oiga, pues haberlo dicho antes! -responde airada aquella mujer.

La risa era ya incontenible, al menos para mí que empecé a carcajear mientras mi socia se enzarzó en una discusión acalorada.

- Pero vamos a ver ¿Cómo vamos a llevar un dinosaurio vivo en una caja? ¿Estamos locos?
- Oiga, yo tengo que asegurarme de que la mercancía no es peligrosa.
- ¡Pero vamos a ver, si los dinosaurios se extinguieron hace mucho y le estoy diciendo que es una pieza de museo!
- ¡Oiga, que yo no tengo porque saber de bichos, que no me pagan por eso! Sólo le digo que la empresa no se responsabiliza de los daños que pudiera causar el animal ese que transportan ustedes. 

La tipa seguía sin entender nada por lo que dejamos de intentarlo. Aún hoy me quedo pensativo al recordar lo cerril y obtuso de aquella señorita.

El "elefante" de Orcasitas con sus defensas cortadas.
Toda esta historia me hace recordar otros dos casos un tanto peculiares también relacionados con paquidermos en Madrid. Una es el llamado "elefante de Orcasitas", que no es otra cosa que el cráneo de un ejemplar de otra especie dotada de unas defensas (colmillos) gigantescos. Fue también llevado al Instituto Arqueológico Municipal en los años 50 del pasado siglo. Esos enormes colmillos hacían que el cráneo no entrase por las puertas del inmueble, por lo que se tomó una decisión drástica; se cortaron los colmillos y listo, "niquelao". Hoy día dicho cráneo permanece mutilado.

Y el otro caso es el de un elefante actual disecado en el Museo de Ciencias Naturales. Fue disparado y muerto por "placer" por el padre de la duquesa de Alba en 1913.  Dado que tampoco cabe por las puertas actuales, se convirtió en un invitado de piedra en la sala principal de museo. La última vez que estuve allí fue para ver una exposición sobre reptiles marinos y allí estaba, fuera de lugar y de tiempo. Triste y absurdo final para este grandullón, que aún reposa sobre la estructura de madera que se construyo en 1932 para pasearle por la Castellana hasta el museo.

En fin, por alusión y aunque no venga mucho a cuento, me gustaría concluir este relato con mi deseo expreso de que no vuelvan a verse elefantes (ni ningún otro animal) en circos o espectáculos similares.

Y por suepuesto el de no tener que contener la indignación cuando, por ejemplo, un ocioso y decadente jefe del estado satisfaga oscuras pulsiones disparando con cobardía a estos pacíficos e inteligentes mamíferos. Y, claro está, espero y deseo que los elefantes sigan existiendo (vivos) muchísimos milenios más y que jamás cobre sentido la obra de este taxidermista como reconstrucción de una especie extinta y que en un futuro cercano no se les diga a los niños algo como esto: "Mirad, éste es un elefante africano. Se extinguió en 2050 más o menos".  

Para mí, hoy día no tiene sentido su presencia en el museo más allá de su valor como testigo histórico e historiográfico. Testimonio magníficamente naturalizado de la carencia de sensibilidad de la que hacían y siguen haciendo gala un determinado tipo de personajes, aquel que fue tan certeramente retratado por L.G. Berlanga (sí, otra vez el gran Berlanga) en "La escopeta nacional".

Os dejo un vídeo del trabajo.