miércoles, 17 de julio de 2019

LA BROMA PERFECTA Y EL SANTO INOCENTE (YO)

Tras tres años de inactividad, retomo este blog. Y lo hago, al menos en esta ocasión, saliendo totalmente de la línea habitual que mantenía. Dedico esta entrada al recuerdo de una de las mejores bromas de las que tengo noticia. Lo habitual es que quien cuenta la broma es quien la ha maquinado y perpetrado, pero esta vez quien la cuenta es la víctima, es decir, yo mismo. He de decir que le doy una vez más mi enhorabuena a mi amigo Gonzalo por lo bien que lo llevó a cabo, aunque aún recuerdo la secreción de adrenalina que sufrí al aclararse el tema, asociada a un deseo casi inconfesable de estrangularle.

Corría el año de nuestro señor de 1984 y yo contaba 19 años. Era diciembre. Sí, lo admito, era el mismo día 28, en que tradicionalmente se celebraba -no sé si aún se hace-, el día de los Santos Inocentes. Dado que tal día uno debería estar alerta ante posibles bromas, esta circunstancia añade cierto patetismo al hecho de haber picado en ella como lo hice, de forma absoluta y sin paliativos que valgan. Ese viernes 28 de diciembre de 1984, estoy en casa junto a mi hermano Álvaro y mi madre. A primera hora de la mañana, suena el timbre de la puerta. No se esperaba a nadie, por lo que la llamada supuso cierta intriga. Fue mi madre, aún con los rulos puestos de la noche anterior, la que se dirigió a la entrada. Inspecciona a través de la mirilla y abre la puerta. Yo, por si acaso, observo desde el otro extremo del largo pasillo. 


-Buenos días -dice mi madre con cara de sorpresa, imagino.

-Buenos días; ¿vive aquí Don Carlos Burguete Prieto? -pregunta un joven militar con traje mientras baraja unos sobres.
-Sí, aquí vive... ¿qué ocurre?
-Nada, tranquila señora. Es sólo para entregarle una citación. Por favor, asegúrese de entregársela hoy mismo, ¿es posible?
-Sí, ahora mismo se la doy, no se preocupe.

-Gracias señora -dice el militar despidiéndose y lanzando una mirada subrepticia y un atisbo de sonrisa al fondo del pasillo, donde yo permanecía pálido y con cara pasmada. 

En aquel entonces yo estudiaba 2º curso de Físicas y, como el año anterior, había pedido prorroga por estudios ante el servicio militar, que por aquel entonces era, para quien por edad no lo sepa, obligatorio. Por tanto, la presencia de aquel militar en casa, entregando un sobre, no podía significar nada bueno; más bien todo lo contrario. Durante los escasos segundos que tardó mi madre en desandar el pasillo y entregarme dicho sobre, los peores presagios se agolpaban en mi mente, si bien todos se centraban en una misma idea: "no me han concedido la prorroga y me reclutan". Dado que no había aparente razón para que me negasen dicha prorroga, pasó por mi cabeza la sospecha de un conflicto armado inminente y que, por ello, se estaría llamando a filas a todo el mundo. Cojo el sobre entre mis manos, me acercó a un balcón para leerlo con luz de día, saco el contenido del sobre y, con el pulso muy acelerado, comienzo a leer.


Este era el contenido. Efectivamente, y como auguraba, aquello era una citación para reclutamiento. Recuerdo perfectamente el sudor frío de mis manos al volver a guardar el papel en el sobre. Sí, era el día de los inocentes, pero aquello no constaba en mi mente, absolutamente en shock. Se me citaba al día siguiente, sábado 29, en el gobierno militar, a las 8:00 de la mañana. Por supuesto, el resto del día fue una pesadilla. Aquello suponía, además de abandonar los estudios durante al menos un curso, someterme a algo que temía y detestaba a partes iguales. No era cosa menor, además, que me raparan la cabeza, ya que en aquel entonces concedía mucha importancia al aspecto postpunk que lucía en aquellos tiempos de Rockola. Dormí poco y mal aquella noche y, probablemente, sufriera alguna pesadilla. Sonó el despertador a las 6:30, desayuné algo y me fui andando hasta allí, muy cerca de Atocha. Recuerdo que no había amanecido y que sentí un frío atroz. Llegué diez minutos antes de las 8. Había una pequeña cola de gente esperando a entrar y me llamó la atención que no hubiera gente de mi edad en ella; ¿era yo el único pobre desgraciado al que llamaban a filas ese día? Recuerdo temblar de frío y de pavor. Sabía que saldría de allí conocedor de una noticia pésima; ¿me mandarían a Ceuta?, ¿a Canarias?, ¿a Burgos? Daba lo mismo. Lo único que parecía absolutamente claro era que mi vida estaba a punto de dar un giro brusco y que me esperaba un año perdido e interminable, ajeno a mis deseos de una forma que apenas podía imaginar. Sentí necesidad de llorar y de maldecir mi suerte, pero conservé la compostura; quizás fuese un error y, tras resolverse, se me concediera la prorroga. 


Poco después de las 8, un par de soldados abren las puertas de hierro pintado de negro. Sobre en mano, entro en el recinto y me dirijo al primer soldado que veo. 

-Mira, por favor, he recibido esta carta, ¿dónde tengo que ir?
-Ve allí, a esa ventanilla -responde el soldado con frialdad mientras me devuelve el sobre y señala.
-Gracias.

Me acercó donde me habían indicado. Sin poder tragar saliva de forma normal, me acercó a un mostrador donde un par de militares, aún adormilados, me ignoran totalmente. 

-Por favor, ¿pueden atenderme? -pregunto nervioso.
-Sí, dime -responde uno de ellos.
-He recibido esta carta, ¿dónde tengo que ir? -repito lo único que soy capaz de decir.

El militar abre el sobre, saca el documento y lo lee con calma.

-¿Tú conoces al teniente Fermín Paz? -pregunta a su compañero.
-¿Fermín Paz? Ni idea.
-Mira, sube a la tercera planta y pregunta allí -me dice el militar según me devuelve el sobre. 
-Gracias.

Subo a la tercera planta, extrañado por la actitud de aquellos dos militares. Allí me acerco a la primera puerta que veo, llamo con los nudillos, entro, repito mi frase como una letanía, y obtengo la misma respuesta. Llamo a dos o tres puertas más y lo mismo, idéntica reacción de los militares que me atienden. Bajo de nuevo a recepción y expongo el tema. Tras una breve charla, me mandan a otro edificio. El resultado es exactamente el mismo; nadie conoce a ese teniente y nadie sabe dónde derivarme. Recuerdo incluso que alguno insinuó que yo estaba intentando tomarle el pelo, extremo que yo, obviamente negué de forma taxativa. Total, sumido en mi inocencia, voy por tercera vez a recepción y digo lo mismo, que nadie sabe donde enviarme y que nadie conoce al teniente Fermín Paz. El militar, visiblemente molesto con mi insistencia, abre el sobre de nuevo y saca el papelote. Esta vez lo lee y lo analiza con mucho más detenimiento. Tras tensos minutos, habla.

-¿Sabes que te digo?
-Dígame...  -respondo poseído por la intriga.
-Que me parece que te han gastado un bromazo de película, majete. Este Fermín Paz no existe, lo he comprobado -dijo con una media sonrisa socarrona.

Fue en ese instante, querido lector, cuando, por primera vez en mi entonces corta vida, sentí una pugna de emociones librando una batalla por prevalecer sobre la otra. Un alivio ilimitado se abría paso entre la rabia y la sensación de la propia estupidez, inocencia y candidez, por haber caído de la forma más palmaria ante una pérfida y maravillosamente planeada broma, pergeñada, presumiblemente, por alguien de mi entorno. 


Avergonzado, miré al militar, recogí el sobre y salí de allí como atontado, presa de un cúmulo de pensamientos. El alivio indescriptible se impuso definitivamente, aunque la intriga por la identidad del perpetrador de la broma crecía sin parar. Durante el trayecto en metro, pensé y pensé en ello hasta caer en que lo más probable es que se tratara de Gonzalo. Nada más llegar a casa, marque su número fijo -claro está, entonces no existían los móviles -. 

-Dígame.
-Hola, buenos días, ¿se puede poner Gonzalo? 

-Sí, un momento, ¿de parte de quién? -responde su hermano
-Soy Carlos.

-Vale, espera.
-Gonzalo, es Carlos -escucho entre risas.
-Gonzalo, vengo del gobierno militar... ¿no habrás sido tú el que me mandó a un militar a casa con un ....

Una carcajada incontenible me interrumpe.
Omito el resto de la conversación dado que es fácil de imaginar y no la recuerdo bien.

Hoy me río y cuento esta historia con una sonrisa, pero en aquel momento fue una pesadilla de 24 horas con final agridulce. Es curioso como te puede cambiar la vida en unos minutos. En realidad no cambió nada, pero la falsa certeza de una distorsión inesperada y abrupta hacia un destino inmediato por el que se siente pavor, dejó un poso que hoy me hace rememorar aquellos temblores 25 años después. Claro está que hay cambios reales y de consecuencias infinitamente más graves, que dejan a la que aquí narro como una mera anécdota divertida. 

En fin, ya recuperado del susto, esa misma noche, tal y como tenía pensado, fui a Rockola. Tocaban Desechables, que grabarían allí en directo su LP "Buen ser-vicio". 


Irónicamente, lo que pudo ser la inminencia de un "Mal, pésimo y angustioso, servicio militar", se convirtió en una noche intensa e inolvidable, marcada por la euforia debida a que aquella pesadilla fuese sólo eso, el resultado de una broma perfectamente tramada y ejecutada. 

El apellido del falso teniente "Fermín Paz" también tiene su gracia. Exactamente paz fue lo que sentí cuando supe que aquello no era real y que mi vida seguiría con normalidad. Ocho años más tarde me enfrentaría a la prestación social sustitutoria de la "mili", capítulo de mi vida repleto de disparates y sinsentidos que otro día contaré.

El domingo siguiente fuimos a La Bobia (para quien no lo sepa, lugar de reunión de tribus y famosos de la "movida", especialmente los domingos). Allí moríamos de risa al contar lo ocurrido. 



En conclusión, me pregunto si merece la pena pasar por la angustia de una pésima noticia falsa para después sentir el alivio y la alegría al desvanecerse ésta. No sé qué responder. Quizás sí; al menos me sirve ahora para contarla e intentar hacer sonreír a aquellos/as que lean esto. Parece que sentimos, tanto el sufrimiento como la alegría, de forma proporcional al estado previo en que se dan los hechos y las situaciones. Parece, pues, que es el contraste lo que nos hace valorar, quizás exageradamente, lo bueno y lo malo. Hay sucesos que son, objetivamente y a todas luces, nefastos, pero muchos otros son valorados desde la ceguera que impone la ruptura, supuestamente traumática, de un determinado estado o la pérdida de lo que tenemos o creemos tener. Como decía Javier Corcobado, lo que nos mueve es el hambre, no el alimento y, parafraseándole, diría que nos mueve la paz y no el fin de la guerra. 

Ahora me digo a mí mismo: "Sí, todo esto está muy bien, pero aplícate el cuento, que seguro volverás a picar en nuevas bromas y, sobre todo, en la trampa que tu mente te tienda cuando tu vida, tus deseos y tus miedos, se agiten trastocándolo todo, o al menos así lo sientas".

domingo, 24 de julio de 2016

LA ÚLTIMA POSADA


Allá por 2005 me encargaron la dirección de una campaña de verano de la escuela de restauración donde estudié a principios de los 90, con los alumnos que terminaban ese año. Se trataba de la restauración de una serie de elementos recuperados en las excavaciones arqueológicas de una mansio (posada) romana en un pueblo de la Sierra de Madrid. También de la extracción de algunos otros a medio excavar, entre los que se encontraban los restos humanos de un varón adulto que reposaban decúbito supino (tumbado boca arriba). Decidí que extraeríamos el esqueleto en su posición exacta, en bloque, sin desmembrar, conservando todas sus conexiones anatómicas, con la intención de poder exhibirlo en la futura exposición tal y como se halló. 

A los 4 alumnos/as les encantó la idea; no todos los días se sacan a la luz esqueletos de seres humanos que murieron hace más de 2.000 años. Llegado el momento, nos pusimos a retirar sedimento, limpiar los huesos, consolidarlos, engasarlos y protegerlos, para después verter espuma de poliuretano que atrapase el esqueleto y lo convirtiera en un conjunto unitario. Después lo llevamos al taller, que no era otra cosa que una villa señorial abandonada en cuyo salón principal habíamos dispuesto mesas, sillas y un improvisado laboratorio. Restauramos cerámicas, objetos de hierro y bronce, tejas, objetos de culto, etc. 

Y, cómo no, también el esqueleto, cuyo cráneo y mandíbula teníamos aparte para su limpieza más pormenorizada. La osamenta de aquel hombre, un varón joven, rondando los 1,80 m. de estatura, yacía ahora decúbito prono (tumbado boca abajo) y encapsulado en una estructura de poliuretano, papel de aluminio, gasa y tierra a modo de mortaja contemporánea, que poco a poco íbamos retirando a la vez que limpiábamos y consolidábamos. Una vez documentado y restaurado, volveríamos a cubrir su espalda para voltearlo y que quedase a la vista de frente, tal y como fue enterrado por, suponemos, sus familiares dueños de la posada.


Como en otras ocasiones, no pude ni quise evitar imaginar la vida y contexto de aquel hombre. Le bauticé como Pamphilus (hoy Pánfilo, que usamos como adjetivo sinónimo de bobo o lerdo, cuando en realidad significa bondadoso). Le supuse el hijo mayor del posadero. La posada era, a juzgar por los hallazgos, muy modesta y carente de lujos. Sólo unas termas darían descanso a los viajeros que llegarían por una calzada que aún se conserva, pese a haber sido usada como pista para carreras de motocicletas. Imagino al joven Pamphilus profundamente enamorado de una de las muchachas que trabajarían en la posada, una joven carpetana de pelo negro y ojos claros que evidenciarían su ascendencia celta. Un mal día, un conflicto con un viajero que se negó a pagar por el alojamiento acabaría con la vida del joven. Su cuerpo sería enterrado por su padre que poco después abandonaría la posada. 

El establecimiento quedaría abandonado y poco a poco sepultado hasta que en 2003 se sacase a la luz. Pamphilus fue enterrado sin el menor lujo, ni ritual u ofrendas funerarias, desnudo o con escasa ropa en una fosa junto al muro exterior de la posada. Su muerte sería literalmente inadvertida; era el hijo de un posadero en un lugar de paso perdido en la sierra. Quizás la joven carpetana llorase su muerte.

Pese a que los huesos de Pamphilus son sólo huesos, las ruinas inertes de un ser vivo, lo cierto es que manejarlos no me dejó impasible. Cada vez que miraba a las cuencas de sus ojos, vacías como cuevas horadadas por el agua, no podía evitar llenarlas con la imaginación y reconstruir una mirada muerta hacía dos milenios. ¿Qué podría contarme de su mundo? Escucharía perplejo sus historias, quizás banales, pero embellecidas por la profundidad del tiempo y el viaje hacia atrás sobre sus lomos. Y yo, mientras, inyectando resina en su descarnada osamenta para garantizar su conservación y que pudiese ser exhibida, quizás como elemento de misterio o detonante del regusto morboso que todos llevamos dentro. Así, además de conservar su carcasa, me apetece ahora este ejercicio de recuperación, imaginativa e indudablemente errónea, de aquello que no perduró de Pamphilus, su vida, su historia. Paradójicamente, algo de las instrucciones de fabricación de aquel ser humano persiste en esos sucios huesos en forma de ácido desoxiribonucléico. Quizás algo de su mente también pudiera recuperarse, pero nos quedamos con los huesos pelados de un sujeto anónimo que los cedió involuntaria a inconscientemente a la Arqueología.

¿Qué será de nuestros huesos si no nos incineran? ¿Qué contarían de nosotros? ¿Será lo único que quede además de un puñado de escritos y de fotografías? Quizás en un futuro nuestras consciencias y recuerdos puedan guardarse en soportes informáticos y ser en cierto modo inmortales. Yo "inmortalizo" ahora a "Pamphilus" como hace 11 años lo hice con lo tangible que quedaba de su ser.

Aquello a lo que llamamos nuestra vida no es más que un destello casi ridiculamente efímero en la eterna noche cósmica. Nuestros cuerpos, envoltorios desechables y reciclables. Quizás, sólo quizás, nuestra mente trascienda de algún modo hoy incognoscible. Moraleja: Dejemos algo más que huesos anónimos. Dejemos algo también de nuestras mentes. Por si acaso.

Ashes to ashes, dust to dust... and bones to exhibitions.

jueves, 26 de noviembre de 2015

PALEODRAMA 2: Dolni Vestonice (Tragedia fosilizada)


Laeka despertó pensando en el retraso de su menstruación. Era algo extraño. Todas las noches hacía una marca en un hueso de ciervo y cuando sangraba las marcas eran distintas, dobles. Ese hueso era su calendario, un registro de su estado. Contó varias veces las muescas para cerciorarse de que algo anormal estaba ocurriendo; demasiadas marcas sencillas seguidas. Dada su deformidad, su madre nunca pensó que concebiría por lo que no le habló de las consecuencias del embarazo. Laeka padecía una enfermedad congénita (condrodisplasia calcificans punctata) que se evidenciaba en una ostentosa cojera debida a la atrofia de uno de sus fémures. Su brazo izquierdo también era menor de lo normal. Sufría de dolores crónicos, de ictericia y cierta alopecia. Contaba 17 años pero pudo haber muerto a los 9 cuando una caída desde un pequeño barranco le causó varias fracturas óseas que soldaron de forma aleatoria.

Sacó su cojera de la choza y se dirigió hasta el tenderete donde pernoctaba el chamán. Necesitaba más del brebaje que le preparaba para paliar su dolor. El interior estaba repleto de figuras de barro cocido que representaban animales y rostros humanos. Su clan era, obviamente, totalmente ajeno a ello, pero se estaban adelantando en más de 10.000 años al descubrimiento y expansión de la tecnología cerámica. El chamán detectó inmediatamente que algo le ocurría a Laeka. Tras varias preguntas obtuvo la verdad de los temblorosos labios de la joven. Había sido forzada dos meses antes por Felek fuera del poblado. Felek era conocido por su carácter hosco y violento y se había granjeado el rechazo de buena parte del clan. Era la primera vez en muchos años que acaecía algo similar en el grupo, pero un acto así había de ser castigado, por lo que el chamán hizo conocer el testimonio de Laeka al jefe, un hombre casi anciano que vivía en la choza central del poblado, mayor y algo más lujosa que el resto. 

Laeka era de carácter introvertido y solitario; sólo tenía un amigo, algo mayor que ella. Yurn era un niño adulto con un retraso evidente. Sus condiciones especiales les unieron desde la niñez con un fuerte vínculo. Como cada mañana, ambos subirían a la colina para sentarse en una roca y contemplar el valle nevado. Pero alguien estaba decidido a concluir su trabajo. Felek les siguió y esperó oculto hasta que ambos se sentaran en su lugar favorito. Entonces ocurrió; en un acto que apenas duró unos segundos Felek acabó con la vida de ambos a golpe de piedra. A su regreso al poblado fue detectado por un puñado de hombres presidido por el jefe del clan. Le estaban buscando. Fue apresado e inmovilizado para ser interrogado por el jefe. Pasaron largas horas hasta que se hizo patente la ausencia de Laeka y de Yurn, pero nada se haría hasta el día siguiente. 

Esa mañana, un niño hallaría los cadáveres ensangrentados de ambos y correría al poblado a dar noticia. Todo fue rápido. La sospecha sobre Felek era más que una certidumbre. Cuatro hombres buscarían los cuerpos de los tullidos según las indicaciones del niño y los traerían al centro del poblado. La agitación reunió a casi todo el clan en torno a la escena, compuesta por los dos cadáveres tendidos, el agresor inmovilizado, y el jefe y varios hombres en derredor . La decisión del jefe no se hizo esperar. Felek sería ejecutado y enterrado junto a sus víctimas. Una mujer se acercó y lanzó una piedra a la cabeza del doble asesino, profiriendo gritos e insultos. Ese acto catalizó la reacción contenida de algunos de los reunidos que imitaron a la mujer. Entre ellos estaba el hermano mayor de Yurn. Sin dudarlo un instante se acercó al asesino y hundió su fina lanza en los genitales de Felek para inmediatamente después romperla dejando la punta insertada en el cuerpo de éste. Tras un largo silencio se produjeron exclamaciones de aprobación mientras Felek gritaba y agonizaba. Uno de los hombres le remató. Sin demora alguna se procedió a la inhumación de los cadáveres. Se haría según el ritual habitual, pero en la mente del jefe estaba la idea de llevarlo a cabo de un modo especialmente simbólico para que el acto quedara en el recuerdo de generaciones. Varios hombres llevaron los tres cuerpos a las afueras del poblado, seguidos de una comitiva bulliciosa presidida por el jefe. Una vez allí, dos hombres cavaron una amplia fosa en el duro suelo semicongelado. En primer lugar se depositó el cuerpo extendido de Laeka. A continuación el de Yurn a la derecha del de la mujer. El jefe recolocó el inerte brazo derecho de éste de forma que su mano quedase a la altura del sexo de Laeka. Finalmente se depositó el cuerpo de Felek, desnudo y boca abajo, como si se le condenase a la oscuridad eterna. Acto seguido, el chamán espolvoreo pigmento rojo sobre las cabezas de los tres, para después hacerlo también sobre el pubis de la joven. Tras unos conjuros, los hombres cubrieron los cadáveres con la tierra y colocaron ramas sobre el conjunto. El chamán las hizo arder mientras pronunciaba nuevas palabras que cortaban el silencio. Todo volvió a la normalidad, pero la narración del luctuoso suceso se filtraría en el tiempo por varias generaciones.



27.000 años después. 
1986, Excavación arqueológica cercana a Brno, República checa.


Es una calurosa mañana de primavera. El yacimiento de Dolni Vestonice es ya conocido por sorprendentes hallazgos previos desde 1924. Corresponde al período conocido como gravetiense (Paleolítico superior). Los humanos modernos, cromañones, sapiens o como prefiramos llamarlos, llevaban ya más de 10.000 en Europa tras la extinción definitiva de los neanderthales. Un especialista de Brno es llamado para serle notificado el sorprendente hallazgo de un enterramiento triple. Cuando llega al yacimiento queda impactado por lo que se muestra ante sus ojos. Tres esqueletos perfectamente conservados pero en una disposición tan atípica como caprichosa, haciéndole reconstruir la escena de forma casi inconsciente. Observa y documenta la posición de los restos. Se percata de que hay pigmento rojo sobre los cráneos de los tres individuos y también sobre los huesos del pubis del individuo central. Le inquieta que uno de los esqueletos yace boca abajo y que el otro lleva su mano al sexo del central. 

Durante el levantamiento de los restos, descubre trazas de un elemento de madera, probablemente la punta de una lanza, inserta en la pelvis de uno de los individuos. Posteriores estudios sobre los huesos permiten determinar el sexo de los tres jóvenes y la dolorosa enfermedad del que fue situado en el centro, probablemente una mujer, dado que un varón no habría sobrevivido a dicha dolencia. También se hallan vestigios de lo que pudo ser un feto entre los huesos pélvicos del individuo central.


Hoy día se acumulan las especulaciones sobre lo que ocurrió antes y durante el ritual de enterramiento de aquellos cuerpos, de las cuales ésta es una más. Podemos estar casi seguros de que jamás conoceremos la verdad, pero hay algo de lo que sí podemos tener certeza; la historia (y prehistoria) de la humanidad está plagada de sucesos de todo tipo que ilustran la condición humana y que algunos de ellos dejan alguna pista, algunos indicios de la "escena del crimen". Y sólo algunos de ellos son detectados en nuestro insaciable deseo de conocimiento. El triple enterramiento de Dolni Vestonice parece un rompecabezas, un acertijo inconsciente planteado hace 27.000 años. Un cruel acertijo cargado de pistas tan impactantes como ambiguas que pueden encender nuestra imaginación para elucubrar con la certeza de que nadie desvelará jamás la solución correcta.


Somos seres complejisimos, quizás víctimas de una trampa de los genes para involucrarnos en una espiral descontrolada y espoleada por un éxito evolutivo sin precedentes y una mente capaz incluso de investigarse a sí misma, favoreciendo la eclosión de incontables fenómenos emergentes que se imbrican en un tejido multidimensional que nos lleva a huir hacia delante como único camino posible. Quizás sea un inevitable y tortusoso sendero cuya finalidad sea la expansión de la consciencia. Y quizás sea algo que haya ocurrido, ocurre y vaya a ocurrir en innumerables rincones de este universo. El enterramiento de Dolni Vestonice es, desde esta perspectiva, uno de los miles de indicios de la etapa embrionaria de esa complejidad social, cultural, biológica y cognitiva de la que no podemos escapar como especie.

La próxima entrada tocará otro aspecto de esa complejidad, otro mucho más agradable y bello, también registrado de forma arqueológica. No todo va a ser sombrío.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

PALEODRAMA 1: GROTTA DI LAMALUNGA (Prisión eterna)


Inicio hoy una nueva sección en este blog a la que llamo PALEODRAMAS. El nombre parece muy dramático, pero sólo alude a su acepción original como representación teatral, si bien forzosamente literaria en un blog. Ahora que, 20 años después de abandonarla, retomo mi Tesis Doctoral en Prehistoria, me ha parecido buena idea "novelar" las interpretaciones de ciertos hallazgos paleoantropológicos inusuales o excepcionales; aquellos que pinchan desde la noche de los tiempos para que imagines su origen, sus circunstancias y te preguntes ¿Qué pasó allí?

Así que os brindo una serie de microhistorias de la Prehistoria. Son obviamente imaginadas pero con base y rigor científico, ciñéndome a los hallazgos y los datos extraídos de ellos. Lo inauguro con el "hombre de Altamura" (no confundir con Altamira). Es un caso dramático realmente, pero los siguientes no tendrán porque serlo, o no tanto. No obstante hoy tenemos la subsistencia como algo casi resuelto, pero hace miles o cientos de miles de años cada día era un durisimo reto. Espero que os guste y os dé que pensar.

PALEODRAMA 1: Grotta di Lamalunga.

Es una fría mañana de otoño. Llueve profusamente en el valle y el clan desea llegar a la nueva cueva que ha sido divisada en lontananza tras varios días de errante caminar. El colapso repentino de su anterior refugio mató a dos de los suyos y dejó el abrigo rocoso casi inhabitable, por lo que es imprescindible hallar y ocupar otro cuanto antes, hacer varios fuegos, calentarse, comer y descansar. Al llegar a la angosta entrada de la nueva gruta, dos de los veteranos, Lamal y Unga, son designados por el jefe del clan para inspeccionarla y comprobar que está libre de osos, hienas u otros humanos. Ambos hombres se adentran con cautela, portando sendas antorchas. El suelo está alfombrado por huesos de animales, entre los que Unga distingue algún cráneo de oso. 



La humedad se respira en cada bocanada y la oscuridad creciente hace brillar cada vez más el fuego de las antorchas. Cientos de estalactitas adornan el estrecho pasadizo que lleva hasta una enorme sala presidida por un lago cristalino. El lugar parece más que apto para asentarse, o al menos para hacer una parada estratégica. Unga gestualiza mientras dice a su compañero que deben volver y hacer entrar al resto del clan, pero Lamal insiste en continuar explorando un poco más y cerciorarse de que no hay osos u otros humanos más adentro. Unga consiente. Ambos continúan camino por un muy estrecho y casi inundado canal que les lleva hasta una sala menor. Para llegar finalmente hasta ella, deben pasar por un saliente rocoso que salva una altura de varios metros. Tras dudar unos segundos, Lamal reanuda la marcha. Coloca su pie izquierdo sobre el saliente a la vez que aferra sus fuertes manos a las protuberancias rocosas de la pared. Pero en ese instante, el rugido cercano de un oso le sobresalta y le hace perder la concentración. Resbala y cae. Trata en vano de agarrarse a su compañero y su cuerpo golpea la pared opuesta antes de topar finalmente con el suelo del canal horadado por el agua. Grita su dolor y sangra. Sin embargo, no parece haberse lesionado gravemente. Puede andar en aquel reducido espacio. Su antorcha se ha apagado al caer en el suelo empapado y desde allí sólo puede ver la tenue luz de la antorcha de Unga que le grita. Lamal intenta trepar en vano por la resbaladiza pared. Lo hace una y otra vez pero sólo logra herir sus dedos y entrar en pánico. Unga decide volver a la entrada y pedir ayuda. Cuando vuelve con el jefe del clan y dos hombres más, Lamal parece no estar allí; no responde a los gritos de aquellos. Valiéndose del tacto, ha encontrado una abertura en la roca y la ha cruzado en busca de alguna salida al exterior o una forma de regresar al nivel superior de la gruta. Los hombres aguardan y se impacientan, pero el jefe les ordena permanecer allí y esperar; no pueden permitirse más pérdidas en aquella peligrosa cueva que habrían de compartir con osos. Lamal prosigue su camino en la más absoluta oscuridad y total silencio, sólo roto por su propia hiperventilación. De repente una luz inunda su visión, tras lo cual cae inconsciente al tropezar y golpear su cabeza fuertemente contra algún saliente invisible. Dos días pasarían hasta que el resto del clan decidiera dejar de llamarle y abandonar el lugar. El destino de Lamal estaba sellado. Moriría de hambre, que no de sed, en aquella noche perpetua. Al recuperar la consciencia deambularía a ciegas hasta que tras varios días sus fuerzas decayeran. Sólo podía esperar y morir. Cientos de recuerdos le acompañarían en su oscuridad; es un hombre casi anciano que ha alcanzado los 35 años. El tiempo pasa muy despacio y su estómago ruge como el oso que le sobresaltó. Lamal piensa y recuerda, recuerda y piensa. Y llora su desdicha. Sus huesos quedarán allí junto a los de todos aquellos animales. Finalmente muere en su prisión de roca calcárea empapada, ajeno a toda luz salvo la de su mente. En la entrada de la cueva, un cuervo grazna al ver a la comitiva alejarse.

128.000 AÑOS DESPUÉS
Octubre de 1993, Grotta di Lamalunga, Altamura, Italia.


Un grupo de espeleólogos del Centro de Investigación de Cuevas de Altamura ha decidido tratar de entrar en una gruta cuya nueva entrada expira aire en forma de una intensa corriente que anuncia la presencia de un gran espacio en el interior. La labor es enormemente complicada y requiere el uso de cuerdas y luz artificial. Tras descender por una chimenea vertical de 15 metros se topan con tres pasillos, de los cuales toman el central, de unos 20 metros de largo. Lo que sus lámparas de carburo les permiten ver es la pared cubierta de huesos de animales atrapados entre estalactitas y estalagmitas. Al final del pasillo detectan una pequeña cámara donde descubren, impactados, huesos humanos presididos por un cráneo invertido y embutidos en una masa caliza impenetrable.

Unos años después, en 2000, una cámara instalada junto a los restos permite a los visitantes del Centro de Interpretación ver en vivo el hallazgo. Gruesos haces de cables llevan la imagen hasta allí. Un vídeo en 3D acompaña la experiencia. Una década más tarde, en 2009, un brazo robótico lucha por extraer algún hueso o fragmento del conglomerado para de él extraer igualmente alguna traza de ADN. Finalmente y tras largas horas de esfuerzos se logra una vértebra. El esqueleto está tan completo que conserva hasta los diminutos huesos de la nariz. 

El "hombre de Altamura" se convierte en un “monumento intocable”. Las autoridades locales y regionales deciden restringir la entrada a la cueva de Lamalunga y el excepcional hallazgo cae en un injusto olvido.

En este mismo año, 2015, los investigadores vuelven a bajar a la cueva y, con la ayuda del brazo robótico, extraen un pequeño fragmento del omóplato. Un paleoantropólogo español intenta extraer algo de ADN. Otro equipo de Australia analiza una de las formaciones calcáreas que casi ocultan la osamenta para intentar datarla.

La resurrección científica de Lamal plantea un debate; los científicos creen que si se sacan los restos podrían responder a muchas más preguntas sobre los neandertales, pero para hacerlo deben destruir parte del conjunto. Políticos regionales y locales, y también parte de la sociedad, quieren dejarlo tal y como está. A los científicos les interesa el cráneo de forma especial, pero para estudiarlo habría que extraerlo penosamente de la gran columna de calcita en la que está sepultado.

La osamenta de Lamal, convertida en un grotesco testimonio, parece representar una prisión eterna, una prisión telúrica que no le dejó escapar de aquella trampa y que 128.000 años después sigue reteniendo tercamente lo que resta de él, sus huesos, casi convertidos en una cubista estalactita antropomorfa. 

Me gusta imaginar como habría reaccionado aquel neandertal si cuando desesperaba en aquella mazmorra natural, alguien le hubiera dicho que más de 10.000 generaciones después, otros humanos de un linaje distinto pugnarían en vano por sacarle de allí y por descubrir todo lo posible sobre él. Y que sería conocido por todo el orbe y que una cámara le espiaría permanentemente en su estática y pétrea realidad. Pero nadie conocería su verdadera historia ni la eternidad que le supuso la espera a la muerte en la negrura extrema. Lamal donó incosncientemente sus huesos a la ciencia. Y lo hizo de una forma ambigua: por un lado dejó su legado óseo íntegro y en un estado de conservación óptimo, pero a la vez inaccesible, fusionado con la roca caliza que gota a gota rodeó sus huesos durante milenios. Parece como si la Tierra le hubiese raptado con sus garfios de agua y carbonato cálcico y aún hoy le impidiese salir de aquella sima subterránea.
Aquellos que quieren estudiar sus restos, entre los que me encuentro, quieren datos y valiosa información para conocer un poco mejor el remoto pasado o, por qué no, ganar notoriedad y prestigio. Pero muchos lo hacen desde una perspectiva aséptica y fría, viendo los restos de Lamal como mera fuente de preciosa información. Valga así este relato ficticio como un homenaje postumo a uno de los cientos de millones de humanos que nos han precedido, uno que lucho día a día por sobrevivir entre sueños y recuerdos. Uno que murió de forma horrible y lenta en la soledad y oscuridad absolutas. Le debemos gratitud y respeto aunque sea con un retraso que apenas logramos imaginar.




domingo, 26 de julio de 2015

HISTORIAS DE BICICLETA 2: CICLANTE NO HAY CAMINO, SE HACE CAMINO AL PEDALEAR.

Lo que sigue es el relato de 11 días de mi vida plagados de dolor físico, plenitud, euforia y experiencias absurdas y demenciales que me ilustraron sobre la compleja condición humana y expandieron mis miras.

Año del Señor de 1999. Mi hermano Álvaro acaba de morir tras 12 años con un tumor cerebral. Suena mi arcaico teléfono móvil.


-Hombre, Manolín ¿Cómo estás? -contesto.
-Bien. Oye. ¿te apetece hacer el camino de santiago en bici ahora a primeros de julio?
-Sí, hecho -confirmo sin dudar.
-Pues mañana a las 8 de la mañana en el portal de tu casa. Metemos tu bicicleta en la furgoneta y salimos hacia Pamplona. Bueno, hasta Roncesvalles. 
-¿Tenemos algún límite de tiempo? -pregunto.
-Sí, tenemos que hacerlo en 10 días. Ni uno más.
-Pero desde Roncesvalles hasta Santiago hay más de 1.000 kilómetros, ¿podremos?
-Tenemos que poder.
-Vale, pues podremos.


Al día siguiente estábamos en el bello Roncesvalles. Hicimos noche allí y según amanecía partimos. Éramos cinco; Manolín, sus tres sobrinos adultos y el que escribe. Desde la primera pedalada supe a ciencia cierta que iba a sufrir, pero que también disfrutaría y que aquello me vendría muy bien para despejar y aliviar mi mente entonces atormentada. Cargado con una mochila en la que llevaba lo esencial, es decir, una muda, una cantimplora, una cámara de fotográfica analógica y pesada, un cepillo de dientes, un bañador, una toalla, una navaja, un libro y, por extraño que parezca, un cubo de Rubik. El primer pueblo que cruzamos no fue otro que Auritz (Burguete). 

No resistí la tentación de hacerme una foto junto a la señal de entrada en la bella población. Pero no podíamos entretenernos demasiado; teníamos que hacer más de 100 kilómetros diarios si queríamos llegar a Santiago en 10 días y esos suponía pedalear de sol a sol, de 08:00 a 20:00 más o menos, parando para comer, claro. La primera incidencia ocurrió a 5 kilómetros de Nájera, aún en Navarra. La rueda delantera de mi bicicleta se coló en un profundo surco seco dejado por el agua de lluvia. El resultado fue una estrepitosa caída a casi el máximo de velocidad posible pedaleando en llano con una bicicleta de montaña. 


La bicicleta se frenó casi en seco haciendo que yo volase varios metros por encima de ella para caer rodando en una pirueta. No sé si sería un milagro del apostol, pero el caso es que apenas me hice nada salvo alguna leve magulladura y una herida en el brazo. La rueda delantera quedó en el estado que muestra la foto, por lo que tuve que cargar con ella a cuestas los 5 kilómetros que restaban hasta Nájera. Un par de jóvenes peregrinas francesas se ofrecieron a ayudarme; ayuda que decliné a cambio de conversación hasta mi destino. Mis compañeros me esperaban en el pueblo. Reparada allí la rueda, proseguimos. 

Ya en La Rioja, entre dos pueblos cuyo nombre no recuerdo ni recordaré, atravesando un desierto páramo bajo un sol inclemente, me topo con una curiosa pareja de peregrinos formada por una mujer madura y un asno. La mujer, de nacionalidad belga, había decidido peregrinar acompañada de un burro, pero cometió en error de no consultar al équido si le apetecía acompañarla. El asno se había detenido en seco y la mujer, de nombre Brigitte, se afanaba en vano en convencer a "Eddie" -así le llamaba- de que continuase andando. Justo antes de emprender de nuevo la marcha, vi como Brigitte se libraba por los pelos de una coz de Eddie. Quizás el problema estuviese en que "Eddie" era riojano y ella le hablaba en francés. Poco podíamos hacer por ella, así que seguimos sin más. Lamento no haber fotografiado aquello. Iniciábamos la travesía de la meseta. Nos esperaban cientos de kilómetros de planicie total y escasa vegetación. Palencia se me hizo muy pesada, con salpicados instantes de ruptura de la monotonía al pasar por San Martín de Frómista y algún que otro enclave románico. 

En Burgos tomé la decisión de separarme temporalmente de mis compañeros para desviarme un poco hasta Ibeas de Juarros, pueblo más cercano a las excavaciones arqueológicas/paleontológicas de la entonces no demasiado famosa Atapuerca. Quería visitar el  pequeño museo que sobre el yacimiento albergaba el pueblecillo y acercarme a la enorme trinchera del ferrocarril que permitió los hoy mundialmente conocidos hallazgos. Y eso hice. Recuerdo la sensación de libertad, de autosuficiencia, de tono muscular y de euforia que me acompañó después de ver aquello, tumbado a la sombra con una cerveza en la mano y elucubrando sobre las vidas de aquellos homínidos. Fue una media hora de felicidad pura en la que olvidé al 100 % lo sufrido durante 12 años. 


Me reuní ya de noche con mis compañeros en un albergue campestre de la ciudad de Burgos donde me tocó compartir cama con una peregrina holandesa -era año jacobeo y había muchísima gente allí-. El caso es que la chica resultó ser sonámbula y se despertó a media noche farfullando no sé que en holandés. Se levantó del camastro y comenzó a rascarse la planta de los pies, tras lo cual orinó en el suelo. Cosas de la mente. 

La siguiente incidencia tuvo lugar en la ciudad de León. Sentados frente a la catedral cundió la queja. Todos sufríamos de una fuerte irritación del escroto y zonas aledañas. Ni la acolchada protección propia de los culottes servía ya de mucho alivio tras 6 ó 7 días de pedaleo continuo. Total, decidimos tomar alguna medida y a alguien se le ocurrió la idea de interponer bajo dichos culottes unas compresas. Entramos los cinco en una farmacia, sudados, sucios y sin afeitar y pedimos una caja de diez unidades de compresas con "alitas" para que se adhiriesen y aguantasen más en su sitio. Jamás olvidaré la expresión de asombro e incredulidad de la farmacéutica cuando nos oía comentar completamente serios si uno u otro modelo era el apropiado, escena que llegó a su momento álgido cuando allí, ante la perpleja farmacéutica y algún cliente que esperaba turno, Manolín extrajo una compresa de la caja, se bajó el culotte y se la puso entre las piernas.



- Es que vamos muy escocidos ya, ¿sabe?
- Lo que me faltaba por ver e imaginar -comenta la mujer.
- Si viera como tengo los cojones me entendería -respondió Manolín haciendo ademán de mostrárselos.
- No! Déjelo. Llévese la caja y que les sirvan de algo -dijo la mujer antes de murmurar un "qué barbaridad".

Y allí, junto a las bicicletas candadas al lado de la catedral, los cinco individuos nos pusimos sendas compresas en un breve acto que pudo tacharse de irreverente. Lamentablemente no conservo fotografía de aquello. 


Mas adelante, subiendo los montes de León por un terreno casi imposible y una pendiente pronunciada, adelantamos a un peregrino francés en bicicleta. Lo llamativo es que llevaba, sujeto detrás de su bicicleta, una especie de pequeño remolque cubierto donde llevaba a su hijo de unos 3 años. El niño lloraba y no era para menos. Lo accidentado del firme hacía que el remolque se agitase como unas maracas, haciendo que el niño rebotase incesantemente contra las paredes y capota del remolque como si de un hielo en una coctelera se tratase. El padre le increpaba en francés y el niño respondía con gritos y sollozos que de poco le servían. Tampoco podíamos socorrer al niño, así que le adelantamos sin más. 

Poco después decidí hacer otro desvío de la ruta para ver un dolmen que estaba indicado a unos 10 kilómetros.en un desvío.Vi el dolmen, algo maltrecho y abandonado, y volví a la ruta ya en solitario. El hambre empezó a hacer estragos en mi estómago, situación que se vio agravada con el inicio de una extenuante subida hasta la Cruz de Fierro. Agotados todos mis frutos secos y plátanos proseguí el ascenso dispuesto a lo que fuera por un trozo de pan. Alcancé a unos peregrinos a pie que resultaron ser de los cuidadores de un grupo de jóvenes con síndrome de Down. Venciendo la vergüenza que me daba, les pedí algo de comer, lo que fuese, pero me dijeron que no llevaban nada. 

Seguí subiendo bajo el sol imaginando manjares hasta que horas después, un aroma de parrillada de verdura hizo que acelerase de forma irreflexiva. El olor, cada vez más intenso, me alimentaba de algún modo. Y de repente, al doblar una curva, aparecen ante mí unas chozas o "tipis" como las de los indios y la cabaña en la que se cocinaba. Resultó ser Manjarín, un pueblo abandonado y convertido en comuna. De forma automática me bajé de la bicicleta y me adentré en la cabaña. Aquella gente me dio de comer todo lo que quise sin pedir nada a cambio. Yo, infinitamente agradecido, les regalé un termo y unas gafas de sol. 


Para entrar en Galicia había que subir el puerto de O cebreiro, unos 14 kilómetros de subida constante. Al terminar me tumbé junto a un joven mastín de pelo blanco y me abracé a él. Sin saber bien la razón me puse a llorar, como si acabase de realizar una penitencia. Me acordé de Robert de Niro en La Misión, cuando después de arrastrar un enorme peso por la selva llega a un lugar donde los niños indígenas le tiran de la barba y no puede contener el llanto.



Ya en Galicia comenzamos a contar los kilómetros restantes. Mojones kilométricos y el logotipo del camino por doquier. A unos 60 kilómetros de la meta, una seria avería de mi bicicleta me obliga a parar. El manillar se ha aflojado mucho y no responde. Tras varias horas de intentar repararla con palos y lo que tenía a mano, desespero, le doy una patada a mi velocípedo y me siento en una piedra a esperar a que pase algún ciclista que me preste una llave "Allen". Nada, los pocos que pasan por allí no llevan una. Abatido, decido continuar a pie, empujando la bicicleta. 

De repente, algo brilla en el terroso suelo algunos metros delante de mí. Como quien no quiere la cosa, sigo observando aquel brillo según me acerco. Al estar a unos pasos descubro atónito que es una llave Allen. Tiro la bicicleta al suelo y corro hasta ella. Sólo falta que sea de la medida que necesito. La cojo y corro de nuevo hasta la bicicleta. Encaja a la perfección y puedo apretar el manillar. Pese a mi ateísmo, miro al cielo y doy gracias a una nube. 

Finalmente llegamos a Santiago. Como es costumbre, se puede ir a la oficina del peregrino a que, previa presentación de la cartilla que se sella en cada pueblo y que te avala como peregrino, te es entregada la compostelana, un documento que otorga el título de peregrino y firmado por el mismo arzobispo. Yo no tenía el menor interés en aquel documento, pero pese a ello me puse a la cola por curiosidad. Después me enteré de que con él puedes entrar gratis a todos los museos de Santiago, conseguir descuentos en albergues y refugios y comer gratis en un hotel por tres días, pero ya era tarde. Cuando llega mi turno, una mujer con marcado acento me habla.

- Quieres la compostela, ¿verdad?  
- Pues vale -respondo yo.
- Pero antes dime, ¿que motivos tuviste para hacer el camino? -me pregunta mirándome a los ojos.
- Pues deportivos, culturales... la aventura, ya sabe -respondo intuyendo la siguiente pregunta.
- ¿Y espirituales?
- Bueno... creo que se puede considerar espiritual el querer recuperarme de una tragedia.
- Pero ¿no tienen que ver tus motivos con el apostol? -pregunta la funcionaria.
- Pues no. Nada que ver, la verdad -respondo categóricamente.
- Ay filliño! Entonces no podré darte la compostelana (lease con acento gallego cerrado).
- Ah, pues vale, gracias -digo yo según me doy la vuelta.. 
- Pero te puedo dar un justificante si lo quieres -me dice mientras saca un papelote reciclado con algo escrito.
-Ah...
-¿Cómo te llamas?
- Carlos Burguete.
- Pues aquí tienes. Ahora puedes ir a besar al apostol.
- ¿Cómo dice?
- Sí, en la catedral. Es costumbre darle tres cabezazos y después besarle y abrazarle.
- ... -la miro atónito-.
- Anda ve, que habrá cola. Ya verás que sentirás mejor después.
- Pero si ya le he dicho que lo del apostol me trae al fresco, oiga -respondo yo de forma algo seca.
- ¡No mereces ni el papel que te he dado! -me dice soliviantada.
- Pues toma -digo yo según hago una pelota con él y se lo tiro al mostrador.




Acto seguido me di cuenta de que había sido una estupidez todo aquello. ¿A santo de qué quería yo la compostelana esa? Fue una idea un tanto peregrina.


En fin, al final uno de los sobrinos de Manolín hizo una llamada al maitre de un hotel, que resultó ser amigo de su padre. El caso es que nos concedieron a los 5 dos noches de estancia gratis con comida y cena en aquel hotel de 4 estrellas. Pensé que más vale estar bien relacionado con humanos que con santos o apóstoles de madera, por mucho que les beses y abraces.




La vida puede verse como una peregrinación forzosa hacia un destino incierto. Algunos esperan otra vida, terrenal o celestial; otros la salvación y otros la mera inexistencia. Algunos la hacen en jet privado y otros de rodillas, algunos dejan su huella y otros, lo más, son olvidados. Pero sea cual sea ese destino, será el mismo para todos. Eso sí, mejor ir ligero de equipaje e ir dejando cosas por el camino para que el peso de lo "necesario" no nos haga necesitar más. Al final, de mi peregrina peregrinación sólo han quedado mis recuerdos, un puñado de fotografías y este blog. Más adelante no quedará nada, absolutamente nada. O sí. De momento sigamos pedaleando con las piernas y la mente mientras tengamos fuerza, ya que es lo único que podemos hacer salvo abandonar atajando. Cada día es un sello en la cartilla de la vida, pero nadie te dará una compostelana al final y sólo uno mismo sabrá si ha vivido o no y por dónde ha pasado. Quizás, al final del camino, vaya, agradecido, a besar a la muerte por darle algo de sentido a todo.



miércoles, 1 de julio de 2015

HISTORIAS DE BICICLETA 1: PERDIDO ENTRE DINOSAURIOS

En la anterior entrada contaba que al acabar la restauración de unos mosaicos en un pueblo cercano a Aranda de Duero, Burgos, partí con un amigo a Soria en biciclieta para restaurar otros. Ese viaje, que duró una tarde, una noche y una mañana de hace unos 20 años, estuvo salpicado de incidentes que paso a contaros para risión y escarnio si procede. 




Provistos de un mapa de carreteras, mochilas, sacos de dormir y poco más, salimos de la población burgalesa de cuyo nombre me acuerdo, Baños de Valdearados. La planicie del páramo permitía un rodar veloz y uniforme. Nuestro objetivo era hacer noche en San Leonardo de Yagüe, un pueblecillo a medio camino. Cumplimos el plan tras recorrer unos 100 kilómetros. Comimos como limas, dimos una vuelta por el pueblo, ya en perfecto silencio y a la débil luz de las escasas farolas, y buscamos un lugar donde extender nuestros sacos de dormir. Finalmente optamos por una pradera que apenas intuíamos en la oscura noche. Con una linterna elegimos un lugar, retiramos ramas y piedras y nos tumbamos al raso, mirando al cielo algo encapotado. Poco tardamos en quedarnos fritos, pero al rato algo nos despertó en plena madrugada. Unas pisadas lentas y unos resoplidos no dejaban lugar a dudas; un caballo negro se nos acercaba con curiosidad. Para el equino seríamos dos montículos alargados que la noche anterior no estaban ahí. El caso es que se acercó a mi amigo (Ángel en adelante) y comenzó a olfatear su cabeza. Yo observaba la escena con risa contenida y no sin cierto temor por si el animal la emprendía a coces con aquellas cosas extrañas.

-Fruzzz ... -resopló el caballo antes de volver a hundir su cabeza en el saco de Ángel, olfateando.

-Nchts! Nchts! -respondió Ángel chascando la lengua y tratando de alejar al curioso caballo.

-Fruzzz... -insistió el corcel ignorando por completo a Ángel.


Más "Nchts" y más "Fruzz" en un absurdo y estéril diálogo onomatopéytico.
Viendo que aquello no se resolvía, opté por tirar una rama para que cayera unos metros a la espalda del caballo, consiguiendo llamar la atención del animal, momento que aporvechó Ángel para incorporarse y continuar con sus inútiles "Nchts". Una vez vio el caballo que no había nada de su interés a sus espaldas, volvió a su tarea de olfatear el cabello de Ángel, pero esta vez, al verle incorporado se asustó y se alejó unos metros. Decidimos volver a intentar dormir pero fue en vano. A los pocos minutos estaba allí de nuevo el equino, acompañado esta vez de un compañero de pelaje algo más claro, o eso intuí bajo el levisimo resplandor lunar. Visto lo visto, más bien oído lo oído, decidimos irnos de allí y buscar otro lugar.
Adormecidos y cargando con mochilas y bicicletas, optamos por acampar bajo los soportales de la iglesia del pueblo.Allí tendríamos un suelo más duro y frío pero al menos estaríamos a salvo de la curiosidad de los caballos. Debió pasar una hora cuando otro sonido nos despertó. Efectivamente, el sonido de cascos andando sobre el empedrado nos reveló la realidad. El negro caballo nos había seguido con nocturnidad para continuar, obstinado, en su empeño de no dejarnos dormir. Esta vez fue a mí a quién se acercó. Le dejé hacer y lentamente saqué un brazo del saco y acaricié su cabeza que en esa situación me pareció descomunal. Al rato se fue de allí, resonando el hueco sonido de su andar sobre el frío granito. 

Ya de mañana reiniciamos el viaje hacia Soria tras un buen desayuno. Tiramos por atajos, caminos, sendas, carreteras secundarias, tratando en lo posible de pasar por lugares bellos. Todo iba perfectamente hasta que un problema con mi bicicleta lo cambió todo. El pedal derecho se desprendió. Era imposible repararlo sin medios. Tardé unos minutos en asumir que no me quedaba otra opción que continuar pedaleando con lo único que quedaba del pedal, es decir, el vástago metálico que lo sujetaba. Aparentemente no era tan terrible, pero nada más continuar camino constaté que cada pedalada suponía que el pie se desplazase hacia adelante, lo que me obligaba a levantar el pie cada vez y volverlo a posar sobre el eje. Este sencillo movimiento no suponía apenas esfuerzo de forma aislada, pero multiplicado por decenas de miles de veces, terminó a la larga haciéndose insoportable, además de forzarme a ir más lento. Así las cosas continué haciendo frecuentes paradas, pero no demasiadas si no quería llegar a Soria de madrugada. Mi cabeza me pedía pararme y llorar de dolor y de impotencia, pero no me lo permití; sólo había un objetivo: llegar. Ángel me ofreció cambiar a ratos las bicicletas pero me negué, aún no sé bien porqué. 

Por fin llegamos a Soria y paramos en el primer hostal que vimos. Daba todo lo mismo, lo único en nuestras mentes era descansar, cenar y ducharnos, no sé en qué orden. Fuimos a caer en una casa de habitaciones regentada por una mujer rusa. Tras aceptar las habitaciones, dejar datos, etc., la mujer, llamada Olga nos dice:

-¿Tú quieres chica esta noche? Muy guapas son.
-¿Cómo? -responde Ángel tras mirarme durante una elocuente décima de segundo.
-Compañía para unos chicos deportistas -explica Olga.
-No, gracias. Si cambiamos de opinión ya le decimos algo.
-Muy bien.

Huelga comentar que no le dijimos nada al respecto, tanto por el estado en que estábamos como por nuestras convicciones, las mías al menos. 

A la mañana siguiente Ángel volvió a Madrid y yo comencé a trabajar en el museo numántino. Tenía las tardes libres, así que no dudé en planificar salidas en bicicleta por las tardes. La que más me tentaba era la ruta soriana de los dinosaurios. Por los folletos que manejé, vi que se trataba de un recorrido por una serie de pueblos en cuyas inmediaciones se habían hallado icnitas (huellas, pisadas fosilizadas) de dinosaurios y que junto a ellas se había colocado una réplica a tamaño real del dinosaurio correspondiente. Así que al segundo o tercer día me decidí a ir hacia allá nada más salir del museo. Hice un cálculo de horas y kilómetros y, si no había percances, podría estar a cosa de las 10 de vuelta en el hostal -ya era otro, no el de Olga-. Así que a las 3 comí algo rápido y me puse en marcha con un exiguo equipaje; un chubasquero, unos frutos secos, agua, un mapa y, por supuesto, mi cámara fotográfica, una Minolta normalita, claro está, analógica. 

El primer pueblo de la ruta, Garray, exhibía las huellas y la recreación de un parasaurolophus. Paré, contemplé las huellas y proseguí. El siguiente pueblo sería Villar del Río, ya bastante alejado. Prometía ser el más espectacular, dado que allí se conservaban las icnitas de un enorme braquiosaurus y, previsiblemente, la recreación a tamaño real. Sin perder tiempo seguí pedaleando a buen ritmo. Pero he aquí mi suma estupidez; no advertí en el plano que tendría que atravesar un puerto, el puerto de Oncala (nunca olvidaré ese nombre). 

Lo subí, claro está, pero esto me retraso al menos dos horas con respecto a mi estimación. "Tendré que aumentar el ritmo y no detenerme apenas en los pueblos", pensé. El caso es que, pasado el puerto y algunos kilómetros más, distingo en lontananza el perfil de la enorme recreación del braquiosaurio en lo alto de una loma. Eso me espoleó para acelerar. He de admitir que dicha recreación me decepcionó bastante.Era de tamaño natural, quizás algo menor, pero muy mala, no tenía movimiento ni realismo y parecía un enorme estafermo, casi hierático y falto de vida. Pero bueno, hice mis fotografías y seguí camino hacia Bretún rápidamente dado que comenzaba a oscurecer. Y según llegaba allí fui temiendo lo peor; se me haría de noche al llegar y tendría que volver a Soria en total oscuridad. Por supuesto, no llevaba foco en la bicicleta. Pero no había elección, así que, asumiendo las circunstancias, seguí hasta Bretún. 



Cuando por fin llegué, efectivamente, era noche cerrada y empezaba a sentir un frío preocupante. Me maldije a mí mismo por no haber tenido en cuenta el puerto y por no haber cogido algo más de abrigo; una camiseta sin mangas y un fino chubasquero auguraban una noche toledana. El diminuto pueblo soriano, sumido en la fría noche, no mostraba signos de vida aparte de alguna tenue luz eléctrica que asomaba por la ventana de un par de casas. El único bar del pueblo, cerrado. El alojamiento, utópico. Como es de suponer, se me planteaban dos opciones, ninguna de ellas atractiva: emprender camino a Soria en la oscuridad absoluta o dormir al raso, pero esta vez sin saco de dormir y con un ridículo chubasquero azul. Finalmente, el cansancio y el miedo a accidentarme en el largo y negro camino de vuelta me hicieron optar por quedarme allí.

 
Y de nuevo sería el soportal de la iglesia el lugar elegido. Al menos allí estaría a salvo de la lluvia si arreciaba. Así que me acurruqué lo mejor que pude en el frío suelo a la débil luz de una farola lejana. El frío comenzaba a meterse en mis huesos. No en vano era noviembre. Me imaginé a la mañana siguiente estornudando como un poseso y maldiciendo mi necedad. Al poco rato comienzo a oír algo por allí cerca. Abro los ojos y al rato observo a dos perros; uno adulto de pelo blanco y negro -un perdiguero- y otro jovencillo, color canela. Este no paraba de intentar jugar con el otro, que le ignoraba. "Algo de compañía", pensé. Me incorporé y empecé a lanzarles los pocos frutos secos que me quedaban. Poco a poco fueron acercándose. El cachorro no dudo en venir junto a mí, pero el adulto se mostraba receloso. Al final se acercaron los dos, jugamos a la persecución del cacahuete y finalmente me recosté otra vez. Al poco rato tenía a los dos perros acurrucados sobre mí, literalmente subidos encima mía tratando de aprovechar mi calor, cosa que, obviamente, agradecí. 

Y así fue, me desperté con la primera luz de la mañana y ambos canes completamente dormidos sobre mi costado. Dolorido y atontado me puse en pie y los tres acabamos con los frutos secos que quedaban. Salí del soportal y ante mí, a unos metros, estaba la recreación de un triceratops junto a unas enormes huellas. Hice mis fotos e  intenté en vano encontrar un lugar donde desayunar. El frío me hizo ponerme en marcha lo antes posible para entrar en calor. Pero en ayunas, habiendo dormido poco y mal, y dolorido y entumecido, aquello se me hizo muy cuesta arriba, pero no había otra. Además tenía que estar a las 9 en Soria para trabajar. Durante el espantoso viaje de vuelta mi mente debió entrar en standby, como una máquina de pedalear que ni siente ni padece. No recuerdo nada de esas tres horas largas, salvo una sensación de sufrimiento asumido.

Es curioso como la mente tiende a filtrar los recuerdos conservando los mejores. Pesé a lo mal que lo pasé, recuerdo aquella historia como algo maravilloso. En realidad adoro esa sensación de estar con la bicicleta casi perdido en tierra desconocida, esa sensación de aventura e incertidumbre sobre dónde, cuándo y cómo vas a parar. El despertarme abrazado a aquellos dos perrillos fue un momento muy especial. Me sentí más animal. Percibí un tímido atisbo de la lucha por la supervivencia, en este caso mediante la simbiosis efímera con mis dos compañeros nocturnos. Es en esas ocasiones, cuando falta lo que consideramos esencial (una cena y un desayuno, una cama, una ducha caliente, un techo) cuando realmente lo valoras y te haces una somera idea de lo ultradomesticados que estamos, lo alejados que nos encontramos de los tiempos en los que cada día y cada noche eran una aventura incierta, aunque hoy día para muchísima gente sigue siendo así.
Y es que estas experiencias te modelan, te ofrecen perspectivas desconocidas que te permiten contemplar tu existencia de un modo distinto. Hay gente a la que se le viene el mundo encima cuando le faltan cosas nimias, cuando no han podido ir a la peluquería, cuando tienen que coger el metro o andar por estar sin coche, o cuando se quedan unas horas sin luz o agua. Hay gente ultradependiente, gente que ni se plantea siquiera  que las cosas pueden ir peor, mucho pero, infinitamente peor. Gente sin ningún tipo de preparación ni entrenamiento físico o mental para sobrellevar situaciones adversas, gente que se ahoga en un vaso de agua por haber pasado su vida entre algodones. El agua potable, ilimitada, surge con hacer un sencillo movimiento de muñeca; la luz y la energía, también ilimitadas, se obtienen presionando un interruptor; las distancias se cubren pagando a un taxista y el alimento es servido listo para ingerirse con sólo entregar una tarjeta de plástico. Escribo estás líneas desde una silla de ruedas tras haber sido operado por ruptura del tendón de Aquiles. Sólo darme una ducha me supone una aventura que me lleva un tiempo triple y montones de lentos preparativos.

En fin, que a veces la vida ofrece estímulos maravillosos cuando se ve uno en situaciones adversas o incluso críticas. Si todo está siempre resuelto, todo está fácil y al alcance, es posible que tendamos a buscar la aventura en asuntos turbios, aventura que, como seres exploradores que somos, nos es innata.